Los cazafantasmas del altiplano

[y otras aventuras de ultratumba]

Escribe (desde la Paz, Bolivia): José Luis Pardo / Ilustración: Felipe Esparza
La familia Armas es una típica familia de cazafantasmas: conversan con presidentes fallecidos, juegan al fútbol con espíritus, y cuando el deber llama, suben a la furgoneta y se van a atrapar a aquellos que deberían estar en el más allá. ¿Acaso ahuyentar malos espíritus puede ser un negocio familiar?

Cada vez que los Armas pasan un día en familia fuera de su casa de La Paz, Bolivia, siempre los acompañan personajes extraordinarios. Como esa ocasión, cuando Leao Jr, de trece años, jugó a la pelota con un niño que había muerto aplastado por la campana de una iglesia. O cuando Leao padre, conversó con un ex presidente que, décadas después de su fallecimiento, todavía vive un su castillo. O cuando a Topacio, la esposa, la empujó el espíritu maligno de una mujer que murió apuñalada en la cárcel. Gajes del oficio, dicen los Armas, cuando eres un cazafantasmas.

Este negocio familiar surgió el 31 de julio de 1992. Era el cumpleaños de Leao y, para celebrarlo, se sumergió en una noche de investigación paranormal. No era algo fuera de lo común para Leao. Él –al igual que su esposa– creció en un hogar donde lo paranormal era el tema de conversación en la cena familiar. Pero algo especial sucedió esa noche. Algo que Leao no quiere contar, pero que hizo que desde ese momento, se enfundara en un buzo oscuro, y recorriera el país emulando a Bill Murray, Dan Aykroyd y el resto de los personajes de la película que le da nombre a este oficio.

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Leao Armas, un hombre de barriga prominente, cabello largo cano y voz ronca, cuenta con un currículum imponente en el que además de un doctorado en ciencias paranormales, aparecen estudios de vudú haitiano, hechicería y chamanismo. Y no ha sido en vano. El cazador asegura que la familia tiene registradas 3.500 apariciones de fantasmas, aunque algunas personas que han tenido acceso a los vídeos, audios y fotos de su archivo dicen que no confirman la existencia de ningún ente. Pero Leao no le hace caso a las malas lenguas.

Cuando suena el teléfono de su oficina, la familia Armas monta su furgoneta, ataviada con un cómico fantasma tachado en un círculo, a imagen y semejanza de sus homólogos de la ficción, y acuden al lugar cargados con instrumentos tecnológicos. Durante el día, hacen una pre investigación sobre el terreno en el que están habitando los espíritus. Es recién al anochecer cuando los Armas intentan entrar en contacto con los entes. Los cazafantasmas van enteramente equipados: desde los medidores de campos electromagnéticos, hasta el equipo de radioestecia –el mismo que utilizan los zahoríes para captar agua–, sin olvidar los sensores de movimiento, grabadoras de psicofonías, cámaras infrarrojas y de visión nocturna, y computadoras, por supuesto, para dejar todo registrado.

Los Armas dedican su vida a socorrer a las personas que pasan por alguna experiencia traumática con fantasmas. Pero, de vez en cuando, se topan con situaciones en las que a quien deben ayudar es al ente mismo, sirviendo de guías para que los espíritus puedan resolver llegar a donde deben estar. «Algunos se quedan atrapados en este plano espiritual, muchas veces, producto de una muerte trágica, violenta o accidental. La gente le tiene miedo a los espíritus porque los hay malignos, pero también los hay benignos», explica Leao Armas, que incluso se ha cruzado con demonios.

Así, la pasión por los fantasmas lo ha puesto en peligro, pero también, asegura, le ha permitido conocer algunos de los secretos mejor guardados del país. Entre los casos más famosos que ha investigado esta familia se encuentra el misterio del Castillo del Loro, en su natal La Paz. Esta construcción fue encargo de José Luis Tejada Sozarno, un ex presidente boliviano que asumió el poder tras un golpe militar en plena Guerra del Chaco, que enfrentó a Bolivia y Paraguay a principios del siglo pasado. Tejada fue derrocado con otro golpe tras el fin del conflicto, y murió en Chile, exiliado y repudiado por los militares de su país, poco después de que su castillo estuviera finalizado. Este castillo, que hoy funciona como un hotel turístico, es, según sus trabajadores y algunos visitantes, un sitio infestado de fantasmas. Unos dicen que el alma de la amante del presidente merodea el lugar, como esperando a su amado. Otros, que son soldados, prisioneros paraguayos que contribuyeron a la construcción y buscan regresa a casa. Algunos afirman, incluso, haber visto al propio Tejada, penando entre nosotros por sus cuentas pendientes con el Ejército. El lugar, de por sí, es un misterio histórico, pero los Armas parecen estar mejor informados que el resto del país. «Tenemos un documento que no se ha hecho público. Solo nosotros conocemos la verdad de todo lo que pasó en el castillo», aseguran. De momento prefieren no hablar en profundidad del tema, pero prometen que editarán un documental en el que todo quedará revelado. Lo único que desvelan es que lo habitan cinco entidades, entre ellas, el perro del ex presidente.

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«Hemos visto muchos fantasmas en nuestro tiempo de servicio», me explica Leao, cuando le pregunto cómo se ve un fantasma de verdad. «Sus manifestaciones pueden ser de cuerpo total o parcial, y con rasgos profundos y cadavéricos. Su voz es diferente, no se identifica el sexo. Básicamente un fantasma es en realidad una persona que alguna vez estuvo viva».

La agenda de Los Armas está repleta por el resto del año. Parejas que sentían la presencia de una hija muerta, ancianos que no dormían porque escuchaban la voz de su esposa fallecida, o personas que han sufrido heridas sin ninguna explicación, han acudido a ellos. «Tanto los vivos como los muertos pueden hacer daño, desde un soplido a una violación», ha repetido Leao en muchas ocasiones, como una especie de lema.
—¿Y qué le diría a los escépticos?
—Que aunque no ven a los entes, ellos están con nosotros día y noche. Eso sí, siempre decimos que cada quien saque sus propias conclusiones.

Así que la familia que caza fantasmas se mantiene siempre vigilante. Para Los Armas, las compañías que harían a más de uno volverse loco, son el lazo que los mantiene unidos.