Los apóstoles del reggae están de vuelta

Cultura Profética regresa al Perú

Escribe [desde San Juan, Puerto Rico]: Carmen Graciela Díaz / Foto: Limaphotogroup
Cultura Profética es la encarnación contemporánea del reggae. Pero son las influencias de otros géneros –jazz, funk, electrónica, hip hop– las que forman el sonido de esta banda puertorriqueña que tiene al compromiso social como una suerte de evangelio. Llevan juntos diecisiete años, buscando la nota perfecta, la vibración más lograda. Los seguimos durante los ensayos para su próximo concierto, un tributo a Bob Marley que darán en Perú a comienzos de febrero. Dicen que, al igual que el legendario jamaiquino, creen en una esperanza que se lucha. Y es ahí donde el mensaje lo es todo: su mejor arma

El sonido llegaba hasta las afueras del estudio. Preguntar dónde estaba Cultura Profética hubiese sido más bien una cuestión de modales. Solo bastaba seguir la melodía para dar con la banda puertorriqueña de reggae más importante de la isla, agrupación que ha sido nombrada por la crítica como la banda de reggae en español más importante del mundo. En el estudio reina la madera, pero era la música de Bob Marley la que llenaba el espacio. Cinco músicos reunidos en círculo, rodeados de amplificadores y cables enmarañados. Allí estaban Willy Rodríguez [voz y bajo], Omar Silva [guitarra, metales y bajo], Eliut González [guitarra], Boris Bilbraut [batería] y Juan Carlos Sulsona [teclado]. Los culpables de tanto alboroto.

Todos tocan, uno al lado del otro, excepto Boris, separado por un panel para contener el sonido de su batería en una especie de casita con una ventana que le permite comunicarse con sus compañeros con la mirada. Y en eso estaban, tocando un clásico de Marley, hasta que los instrumentos callaron. En las caras de los músicos asomaba insatisfacción.
—Es la parte esa en la que estamos navegando todavía —le dice Willy Rodríguez a los demás.
Todos buscan el sonido exacto con obsesión, una y otra vez, mientras ensayan Talkin’ Blues. Los cinco conversan: que si necesitan un acorde, que si medio compás, que si horita la canción sonó bien orgánica.
—Vamos a cogerlo desde la primera vez que invierte —sugiere Juan Carlos, en el teclado, y así hacen.

Willy tararea la melodía y su bajo matiza la voz que se mezcla con la de Boris y los demás instrumentos que poco a poco se unen. «¡Ahora, ahora es!», celebra el vocalista, antes de probar cómo van en Buffalo Soldier.

Escuchan primero la versión original de Bob Marley & The Wailers, y se ponen de acuerdo. Sus instrumentos siguen, conversan. El salón de madera vibra.

«¿Es re o fa sostenido?», pregunta Edgardo Egui Santiago, tecladista que los acompaña en presentaciones y en la preproducción del nuevo disco. «Pa’ mí que es re», dice Willy, y le prueba a Egui su sospecha al tararear la melodía. El vocalista, famoso por ese look de cabeza rapada y su moño de dreadlocks, se mueven al marcar con sus hombros el ritmo que Eliut maneja con sus pies sobre el pedal de efectos de su guitarra eléctrica. Omar Silva, la otra guitarra, toca un solo con los ojos cerrados.

Un señor que recogía la basura los miraba desde el otro salón, contemplando a esa banda que solo había visto por la televisión y que ahora estaba ahí, en ese espacio sobrio y lleno de madera. Minutos después, hablaban de un do sostenido que estaba «escondido», que no encontraban. Lo intentan una y otra vez hasta dar con él.

No es azar. Bob Marley, la leyenda jamaiquina, también era un obsesivo de la perfección.

«Somos bien exigentes», me comenta Eliut Gonzáles, un tipo relajado de cabeza rapada, barba prolija y suéter. No exagera. El resultado de sus manías creativas se mide en el millón de fans que tienen en las redes sociales, en un premio Billboard en la categoría Álbum Latino Pop [un recordatorio de que su reggae es lo suficientemente versátil para considerarse ‘comercial’], disco de oro en Puerto Rico por las ventas de su primera producción musical y eventos masivos en escenarios como el estadio Luna Park en Argentina.

Por eso no tienen reparo en recluirse por veinte días en el estudio para trabajar las canciones incompletas o letras sin música de su próximo álbum. Artesanía del sonido le dicen. La banda debe concentrarse en preparar una gira internacional que inicia en febrero [e incluye dos conciertos en Perú] y un tributo a Bob Marley que presentarán en su país en marzo. Más tarde, sin embargo, cuando la sesión finalice y guarden los instrumentos en sus estuches, los chicos reirán como si estuviesen en la barra de un bar. Aunque en sus miradas todavía habrá algo de ansiedad. Llevan pocos ensayos y saben que necesitan más. Pero la práctica no les molesta. En los músicos, a veces, la inconformidad es algo inevitable cuando se busca perfección.

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Canciones y profecías

Si bien el reggae roots es la letra común en el vocabulario de Cultura Profética, el jazz, el funk, la electrónica, el hip hop, el ska, la música brasileña y la afrocaribeña, se sienten en sus trabajos así como la canción protesta y el legado de Bob Marley. Como su nombre insinúa, esta banda trabaja con profecías sus intenciones de relatar emociones en las que la lucha de los pueblos y las historias de amor y desamor se encuentran. Es una suerte de evangelio –el mensaje– que predican con sus canciones.

«Las ideas de esta música nos parecieron sensatas en nuestro crecimiento. Tú naces en un mundo lleno de imágenes y vas escogiendo lo que te llena», comenta Omar Silva, entre una montaña de amplificadores e instrumentos. Y así lo hicieron: se abrieron a las influencias. En la lista estaban The Doors, Led Zeppelin, Jimi Hendrix y todo tipo de música que no tenga miedo a la experimentación. Son las múltiples avenidas por las que ha recorrido la banda. Ellos saben que lo suyo no es ese reggae tradicional, y por eso no cambiaron a pesar de gente que los cuestionaba diciendo que esa música –el reggae– se tocaba de otro modo.

Cuando grabaron su primer álbum, Canción De Alerta [1998], en el estudio Tuff Gong, en Jamaica, de alguna manera la banda se vinculó a Marley en el lugar que fundó en 1965. «Buscábamos un sonido, la identidad de la banda. Nos llamaba mucho la atención el reggae y cosas que se viven dentro de esa cultura. Pero nos chocamos con realidades que no esperábamos y que nos abrieron los ojos», reconoce Eliut González, sobre ese momento en el que supieron que como caribeños harían el reggae a su manera, absorbiendo los elementos rastas con los que se identificaban y descartando aquellos con los que no. Es el compromiso de la diferencia.

«Y, pues, estuvo bien hacer un mejunje y mezclarlo con las realidades de nosotros», agrega Eliut, al recordar la experiencia de trabajar con Errol Brown, quien fuera ingeniero de sonido de Marley por años. «El hombre vio algo en nosotros que nosotros mismos no veíamos», dice el joven guitarrista. De hecho, Brown sigue mezclando varios de sus trabajos.

Tomar las riendas de su carrera con su sello independiente, La Mafafa, ha sido un arma para proteger su dignidad. Entonces, cuando el camino trae logros como su nominación a los premios Billboard de la Música Latina de 2011, por su disco La Dulzura [2010], todo cobra sentido, porque saben que pueden competir con las disqueras multinacionales. Para ellos, tener una carrera independiente y componer libremente un discurso, muchas veces punzante, es una resistencia a los formatos. El resultado ha sido tender puentes con otras culturas desde hace diez años, aunque muchos no supieran de ese éxito, más allá de las fronteras de su isla.
—En un principio nos veían como unos chamaquitos rebeldes, malcriaos, marihuaneros, hasta que vieron que seguíamos –cuenta Omar Silva, y se ríe desafiante.
—Que el grupo tiene capacidad, que seguimos viajando, que cada cual hace sus cosas aparte, que no somos unos marihuaneros morones. Nos hemos ganado el respeto, a la mala, pero lo ganamos –continúa Boris, el baterista, al discutir el apoyo latinoamericano y el agradecimiento que sienten por Los Cafres, responsables del éxito en Argentina, la que consideran su plaza más importante; y por México, el primer país que visitaron, en 1999.

Las expresiones de sus fanáticos los llenan de motivos para continuar. Con cada foto y autógrafo que les piden, cuando alguien les dice que cambiaron su vida gracias a su música, cuando una pareja los visita en el backstage llevando un bebé para contarles que gracias a una de sus canciones se enamoraron. «Lo que asumimos es mayor responsabilidad y compromiso», dice Omar, de ese impacto que les da razón de vivir y justifica los sacrificios.

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La complicidad es tanta

Sin humanidad esta banda no existiría. Ni los viajes ni el reconocimiento ni los avances que puedan lograr bastarían para que el «reggae rústico» de Cultura Profética exista.

La definición que tienen de ‘artista’ muestra su visión del grupo. Aunque uno los vea sosegados cuando conversan, la pasión vociferante se les sale por todas partes. «Si una persona no padece la injusticia, y si no se indigna ante el sufrimiento y la desigualdad, ese que hace arte no tiene criterio suficiente para llamarse artista», suelta Omar Silva, al recordar una frase del muralista Diego Rivera. Para Cultura Profética, el compromiso es simple: el artista tiene una función social, quiera o no. Una voz histórica del momento que está viviendo.

Pero no siempre pensaron así.

Este proyecto, que ha legado ocho discos, comenzó hace dieciséis años como otras bandas más: solo como un espacio para tocar reggae. «Pero luego Boris evangelizó a Eliut», dice Omar, provocando la risa del baterista que está sentado en el sofá. Omar cuenta que Boris llevó a Eliut a conciertos presentándole nombres de grupos que cultivan ese género, donde el mensaje era vital. Luego lo convenció para tocar en la banda. La conexión continuó porque Eliut llamaría a Willy, quien convocaría a Omar. Luego Juan Carlos, con una onda más de roquero que de rasta, se unió después de que la banda tuviera otros integrantes.
—Lo más gratificante ha sido vivir de este arte que amamos y llegar a tantos países de manera independiente con nuestro propio sudor, sin coger pon, como decimos aquí —cuenta el guitarrista Eliut González, y lanza una carcajada.

La música, ese idioma que rige sus vidas, conjuga horas de trabajo con la misión de ser agentes de cambio. «Siempre hemos tenido un compromiso orgánico que viene de la pureza más sencilla del amor a nuestro país, a la naturaleza, a nosotros mismos; del deseo de ser cada vez mejores», subraya Omar.

Verlos da indicios de por qué la complicidad –como dice una de sus canciones– habita entre ellos. Más que compañeros son amigos que comparten arte. Hablan mucho antes de crear, y eso ha influenciado grandemente en lo que terminan siendo muchas de sus canciones. Sus sesiones requieren mantenerse informados del acontecer social para lograr lo que se han propuesto como voceros del pueblo. Así, Willy Rodríguez, el vocalista, fue quien asumió el rol del compositor principal de la banda. «He tenido la dicha de contar con la aprobación de mis compañeros en tratar de traducir lo que pensamos», dijo el vocalista hace unos meses en un festival de Puerto Rico, y hoy, entre sus camaradas, no deja de sostenerse en ese punto. «Hemos cambiado como familia y como individuos, y cada momento nuevo de nuestras vidas como músicos exige maneras diferentes de expresarse. He tratado de encontrar una manera más cotidiana de hablar para que la gente pueda entender por dónde venimos y las cosas que queremos decir».

De ahí que para Cultura Profética trabajar en consenso es la clave. Así lo han hecho durante casi diecisiete años. No quieren pleitos entre ellos, ningún motivo que active los egos: los conflictos de poder y el afán de control que disuelven a tantas bandas. Todos aportan, se escuchan, se miran. Para que la música –la vida– fluya. Ese es el único credo que siguen.