La vida exagerada del príncipe Hubertus Von Hohenlohe

Escribe: Pamela Ravina / Fotografías reales: Su alteza serena
El integrante más extravagante de la realeza europea no tiene súbditos. Tiene fans. Nació en México por azar y es el único miembro del equipo de ski de ese país. También ha sido estrella de pop: cuatro de sus canciones fueron las más escuchadas en el Viejo Continente. Fotografió a Zidane y a Charlene Wittstock. Su programa televisivo en Austria es una excusa para recorrer el mundo y conocer a la gente que hace de ese país un lugar interesante. Y, claro, hace poco tiempo, también estuvo en Lima.

Hubertus von Honhenlohe-Langenburg es un príncipe de la realeza europea. No es de aquellos que aparecen en las portadas de las revistas europeas de chismes. No le gusta la idea. Tampoco usa terno y corbata, y por eso no asiste a las galas de la realeza. Pero sí es usual verlo, con camisetas y zapatos de colores, en las fiestas de verano en Marbella, exhibiendo su bronceado exagerado y su pelo rubio. Prefiere que lo tuteen. Nada de «alteza serena».

Hubertus nació en México, en 1959, por culpa de la Volkswagen. Su madre es una princesa ítalo-alemana, heredera de la FIAT, y su padre, el príncipe Alfonso von Hohenlohe-Langenburg, fue descendiente de Württemberg, un antiguo reino de la actual Alemania. A su padre le pidieron que se hiciera cargo de la filial de Volkswagen en México. Y así lo hizo durante unos años. Hubertus von Hohenlohe regresa una vez al año a México para visitar las playas.

Algunos años después, él y su familia regresaron a Europa, pero no a tierras germanas, sino a España. Hubertus von Hohenlohe habla el castellano sin acento alguno, a pesar de manejar otras cuatro lenguas: alemán, inglés, italiano, francés. Tiene un bronceado intenso y dice que se siente muy latino. «Me siento más cómodo en el Mediterráneo, la cuna de la cultura latina, en sitios como Italia o España, cerca del mar», dice el príncipe que prefiere la realidad a la realeza. Quiere que lo llamen por su nombre, aunque sabe que es raro de pronunciar –y de escuchar– en castellano. Se siente orgulloso de su ascendencia. Detesta el mal gusto. «Me siento contento de haber nacido en una familia de tradición, una familia vieja. Algunas veces, cuando la gente tiene dinero, “dinero nuevo”, actúan de manera arrogante. Es de muy mal gusto».


Estuvo ocho días en Lima, junto a su equipo de rodaje. Honhenlohe quiso alojarse en un hotel discreto en el centro de Miraflores. Desde allí, Hubertus partía todas las mañanas hacia distintas partes de la capital. A Chorrillos para conocer la academia de baile de Vania Masías; al cercado de Lima para encontrarse con Elliot Túpac y sus pinturas urbanas; a las playas del sur para ver la colección de tablas de Sofía Mulanovich; al arenal de Ventanilla para conocer la escuela de cocina de Pachacútec, la misma que fundó Gastón Acurio.

Su programa –que se emite en un canal de televisión austríaco– no muestra las ciudades como aparecen en Travel & Living o en alguna guía turística oficial. Tampoco aparece frente a cámaras recomendando restaurantes imperdibles, lugares para comprar suvenires o sitios para ir a divertirse por la noche. «Es que a mí me pueden gustar unas cosas que no necesariamente le gustarían al público al que quiero llegar. La idea de La cacería de Hubertus es conocer a la gente que hace interesante una ciudad», dice Hubertus desde la habitación de su hotel, mientras hace maletas. Conversar con ellos, saber qué piensan de su país, entender qué es lo que hacen. El nombre es un juego de palabras en alemán. Hubertus significa el patrono de la caza. Él, por supuesto, se siente un cazador.

Esta fue su primera vez en Perú. «Todos hablan de su crecimiento económico, y sobre todo de su comida. Quería comprobar, ver, qué tal estaba. Probé muchos platos. Pero después de conocer a Vania, a Sofía, a Elliot, entiendo que Lima es mucho más que su cocina. Está buena, pero hay más cosas por ver. Creo que Perú va a seguir creciendo y hay que mostrar lo que tiene por ofrecer». Palabra de príncipe.


Ha grabado dos discos con sus proyectos de música pop: Andy Himalaya y Royal Disaster. Son dos performances en las que se jacta de su vida holgada, aunque rompiendo los estereotipos y protocolos asociados a su linaje.

Hubertus tiene una compañera inseparable. O varias, mejor dicho. A la mano, siempre lleva una cámara. En sus fotografías hay un discurso parecido al que elaboró a través de sus personajes pop. Una suerte de reflexión, a mitad de camino entre el glamour y la crítica a lo impuesto por la sociedad. Ha realizado editoriales de moda con Charlene Wittstock, antes de que se convirtiera en la esposa del heredero al trono de Mónaco. «En ese momento, ella era conocida por ser nadadora olímpica. Pero eso es parte de mi portafolio de modas. Lo que más me interesa ahora es mi trabajo personal». Su proyecto de largo aliento es una colección de retratos que tienen como temática el reflejo.

«Me interesa incluirme como parte de la imagen. Y lo hago con el reflejo de un cristal o de un espejo. El mundo de ahora está diciéndonos todo el tiempo cómo debemos ser, y lo hace a través de las imágenes de la publicidad y la televisión. Cuando me tomo una foto frente a una vitrina que muestra una ropa fabulosa, me incluyo como parte de esa realidad».

-Pero tú eres un príncipe…

-Sí. Pero no quiero que me digan cómo debo ser. Quiero ser como quiera ser.

-¿Retocas tus fotografías?

-No. La vida ya es hermosa sin Photoshop.

Su trabajo fotográfico se ha expuesto en Barcelona, Marbella, Pisa, Viena, París, Atenas y Budapest. Entre tanto, se dio tiempo para fundar el equipo mexicano de esquí en 1982. «El azar quiso que naciera en México, así que… ¿por qué no sacarle provecho a eso?» Desde entonces, ha participado en trece campeonatos, incluyendo cinco apariciones en los Juegos Olímpicos de Invierno. Hace 2 años, en Vancouver, tenía 51 años y quedó en el puesto 49. Era el más veterano de la competencia. Cuando llegó a la meta, con su traje estampado de un bandido mexicano (al que bautizó como El Desperado), sacó la lengua y se rió a carcajadas. Dice que le gusta mucho Hong Kong. «Es un lugar tan distinto de lo que conozco, de lo occidental… me encanta tratar de descubrir esa otra manera de ver, de entender el mundo». Para el monarca del principado extinto, el mundo es su reinado.