La santa bomba

Escribe: Edmir Espinoza / Foto: César Campos
Tiene veinticinco años, una voz privilegiada y un disco como solista cocinándose. Tilsa Llerena es la voz de la Orkesta Popular San Bomba, una banda argentina de veintidós músicos que fusiona ritmos latinos de forma peculiar. Una peruana que se mudó a Buenos Aires para, recién ahí, descubrir la belleza y complejidad del huayno peruano.

ABRIDORA TILSA

Son las nueve de la noche de un miércoles de verano en la calle Berlín, en Miraflores, y Tilsa Llerena aparece risueña y sonriente. Lleva un bivirí azul, el cabello –de rulos rebeldes y ensortijados– recogido en un moño y un short de jean roído. Se la ve ligera y lozana, como si con ella no fuera el calor trepidante que en los últimos días ha asaltado la ciudad. Tilsa saluda y sonríe, se disculpa por la tardanza y lanza una excusa cualquiera, sin importancia. Tilsa que juega a ponerse y sacarse sus sandalias doradas, que pareciera siempre estar apunto de volar.
Tilsa Llerena no es famosa. Seguramente por eso su ánimo relajado y genuinamente espontáneo. Dice que recién a fines del año pasado, en su barrio porteño de Caballito, en Buenos Aires, algunos vecinos han comenzado a reconocerla como la peruana de voz prodigiosa que canta y encanta en la inclasificable Orkesta Popular San Bomba, banda argentina –en un inicio instrumental– que reúne a nada menos que veintidós músicos, y que en los últimos meses ha revolucionado la escena musical bonaerense. Pero Tilsa no es del tipo de chica que se obnubila por la atención que últimamente la banda –y en especial ella– ha concitado en la prensa argentina. Dice recibir con alegría los elogios y saludos que le pregonan de cuando en vez, pero entiende que la popularidad y la fama poco o nada tienen que ver con cantar.
‒Me pasa algo raro con la música. Cuando canto me siento totalmente genuina y libre. Hay algo de brujería en esto de los sonidos. Te desconecta, te lleva a otro registro. Es lo más lindo que me pasó.

Para ella es así de simple. Tilsa Llerena canta para sentirse bien.

Descubrir la voz propia

Hubo un tiempo en el que Tilsa Llerena tenía miedo de cantar. Amaba la música y se imaginaba todos los días sobre un escenario, forzando al máximo sus cuerdas vocales, extasiada, poderosa y feliz; pero aun así tenía miedo. Un temor frío y subrepticio que la paralizaba y la hacía dudar de seguir la que era a todas luces su real vocación. Esa fue la razón por la que, a los diecisiete años, decidió tener un plan B y estudiar por tres largos años Diseño de Modas. Le encantaba –como hoy su facha lo demuestra– el mundo de los trapos y los colores. Pero en el fondo tenía claro que lo único que la haría realmente feliz sería pasarse la vida cantando. Ese mismo miedo la asaltaría cuatro años después, en Buenos Aires, cuando decidió estudiar Producción Musical en la Escuela de Música de Buenos Aires [EMBA], en vez de llevar la carrera de Canto, para lo que supuestamente había viajado.

‒Me moría de miedo. Sabía de lo difícil que es destacar en el canto y no quería pasarme la vida cantando en cumpleaños y eventos empresariales. Fui un tonta –cuenta Tilsa, mientras juega con el arete que lleva en la nariz y toma, de a pocos, una cerveza.

Pero el miedo nunca abandonó a Tilsa. Fue ella la que lo revocó. Lo dejó un día hace poco más de dos años, cuando el profesor y músico Matías Jalil, la invitó a compartir escenario con la Orkesta Popular San Bomba. Inmediatamente, la voz y el carisma de esta peruana de piel canela y pelos ensortijados sedujo a los veintiún integrantes de esta cuasi multitudinaria banda. Hasta ese momento, el grupo no había siquiera contemplado que una voz acompañara la esencia instrumental de la orquesta. Pero llegó Tilsa y todo cambió.

Tilsa también cambió. Y cambió porque fue recién ahí, en la lejana y ajena Buenos Aires, donde comprendió el valor de la música peruana. Ahí escuchó por primera vez con real detenimiento los compases de una buena marinera, aprendió a cantar huaynos y a seguir el ritmo del cajón afroperuano.

–Eso pasa cuando te vas: añoras –dice la cantante–. Y la añoranza hace que quieras descubrir parte de tu cultura. A mí me pasó con la música peruana, pues casi toda mi formación musical es anglosajona.

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Canciones del pueblo

La Orkesta Popular San Bomba es tan peculiar como improbable. Nació en el Espacio de Música Latinoamericana, un taller-escuela de egresados de la Escuela de Música Popular de Avellaneda que dirige Matías Jalil. Primero como un proyecto casi académico, que con el tiempo se convirtió en una propuesta musical tan excéntrica como osada. Veintidós músicos, cada uno con su instrumento. Desde charangos hasta un DJ que hace scratching, pasando por contrabajo, saxos, guitarras, percusión, clarinetes, trompetas, cuatro, entre otros, configuran este rara fusión que pareciera hacer un intento por reinventar la música latina. Y es que aunque a simple vista la orquesta explora ritmos cercanos a la cumbia caribeña, Tilsa se apura en decir que de cumbia solo algunas pinceladas.

–Yo diría que hacemos música latina con tintes balcánicos –dice, y fuma su único cigarrillo de la noche.

Según cuenta, la variedad de ritmos de la banda tiene que ver con las variopintas influencias de cada uno de los integrantes del grupo. Están los tangueros, los folklóricos, aquellos que tocan jazz y quienes se pasaron la vida haciendo rock. La banda reúne músicos con una perspectiva claramente multidisciplinaria: poetas y letristas, diseñadores gráficos, DJ, una fotógrafa, vestuaristas y una titiritera. En resumen, un enjambre de mundos personales que, unidos y bien ensayados, suenan estupendo. Un oído entrenado podrá percibir la cadencia de las cumbias colombianas, con un ritmo arrollador y cierto dejo a bachata, joropo, dub y hasta klezmer, género musical étnico creado y establecido desde sus orígenes por los judíos askenazíes de Europa del Este.

Ese sentido tiene Sal de tu cuerpo, el primer EP de la Orkesta Popular San Bomba. Un nombre que busca confundir y provocar, que apela al doble sentido y a la libre interpretación.

–La verdad es que somos una banda bien rara, que saca un disco raro.

Tilsa dice que los jóvenes porteños están «flashando con el nuevo boom de la cumbia». Lo dice así, en argentino, de la misma forma en que dice ‘recital’ en vez de ‘concierto’, y ‘quilombo’ en vez de ‘desorden’.

–Nuestros shows en vivo son intensos. Intento ser imparcial, pero creo que sonamos realmente bien en vivo.

Quienes los han escuchado, saben que ella no miente.

Todos vuelven

Tilsa Llerena ama Buenos Aires, pero extraña demasiado el mar. Su inmensidad, su ruido y la brisa salada que inunda la vida de los distritos costeños. Extraña el ceviche y a los amigos. A la familia.

–Extraño la niebla, también –dice con los ojos abiertos.

Pero Tilsa tiene claro que hay todavía mucho pan por rebanar en la capital argentina. 2013 asoma como un año donde se concretarán proyectos que viene cocinando desde hace tiempo. Está el lanzamiento del segundo disco de la orquesta, que ya terminó de grabarse y que debería salir al mercado a mediados de mayo. Ese mismo mes, Tilsa culminará la grabación de su primer disco como solista, el que espera salga a la venta en diciembre.

–Mi disco es otra onda. He intentado trabajar mucho con beats electrónicos y con un estilo más melancólico y personal –dice luego de confesar que, desde niña, ama con locura el estilo y personalidad de la islandesa Björk y la méxico-estadounidense Lhasa de Sela.

Tilsa habla del miedo y la melancolía, pero no pierde en ningún momento la sonrisa. Ahora, sentada sobre un taburete de madera bastante alto, Tilsa ha dejado caer sus sandalias y está descalza, con los codos apoyados en la mesa y el mentón sobre sus puños. Sonríe. Se siente bien saberse de nuevo en casa.