La gestora cultural y unos retablos a medida

Que no puedes actualizar en tu iPod

Escribe: Pamela Rodriguez

Llevo pensando toda la semana en regalos para Navidad. Aunque hice un esfuerzo grande para hacer una lista extensa, creo que voy a tener que limitarme a una sola idea. Hablo de un objeto que apenas veo en Lima, salvo en contadas excepciones en las casas o locales, y que –creo– deberían poseer todos los verdaderos amantes de la buena música: un tocadiscos de vinilo. Entiendo que algunos no me comprendan porque en estos tiempos la tecnología vuelve caduca a su predecesor en cuestión de segundos. Cada año salen carros más veloces, refrigeradoras y duchas más inteligentes y «sensibles» que uno, celulares que hacen tantas cosas y tienen tantos apps y gadgets que olvidas que se crearon para realizar llamadas.

Sin duda, hay grandes avances en términos cualitativos respecto a la tecnología en otros rubros, pero esto no ha sucedido en la música. El formato del vinilo fue cambiado para proponer otros más portátiles, como el casete o el CD (que no solo era portátil sino que también podía almacenar mayor cantidad de data). Está claro que la prioridad no fue la de mejorar la calidad del sonido. Creo, más bien, que la evolución de los formatos musicales se generó por la ambición de la industria por crecer en términos cuantitativos.
Por ejemplo, el famoso mp3 que, entre otras cosas, derribó la industria musical, no es más que una foto bastante pixeleada, por encontrar un paralelo en lo visual. Finalmente, el formato digital –lo que tienes en tu iPod– es un código binario digital que trata de imitar el sonido analógico. Es algo así como un registro soso de la realidad. Como ver la vida sin el brillo de los colores reales, como en las televisiones antiguas. Claro, es emocionante tener tres billones de canciones en un mismo reproductor –yo también tengo iPod–, pero me veo ante la obligación de contarles a quienes no saben, que nada ha podido igualar el sonido del vinilo ni tampoco su ritual.

Porque la cultura de más es más en la música ha hecho que perdamos el sentido de lo que es realmente escuchar. Ante un iPod que puede tocar canciones sin repetirlas por una semana completa, sin atenderlo en lo más mínimo, nos limitamos simplemente a oír la música en el fondo. Cuando enciendo mi tornamesa sé que casi a los diecisiete minutos voy a tener que cambiar al lado B y eso, naturalmente, hace que esté más atenta a la música, a escucharla. De allí que el escuchar mi colección de discos se ha convertido en un ritual de contacto que con el tiempo se volvió un proceso afectivo.

La diferencia entre coleccionar vinilos y coleccionar música de manera masiva en formatos digitales es la misma que afeitarse con una máquina de diez velocidades contra la experiencia de ir a la barbería y tomarte el café mientras el barbero te entretiene contándote de sus problemas cotidianos. Ir en busca de vinilos que te apasionan al jirón Quilca, en el centro de Lima, es una experiencia deliciosa, como entrar a cualquier tienda de vinilos en el mundo, aunque lamentablemente aún no tengamos una en la ciudad. También es delicioso, una vez que encuentras un disco que quieres, disfrutarlo a través del tacto y lo visual, ya que el formato físico del vinilo cuadrado y con dimensiones más amplias facilita apreciar los artes de portada –algo que casi ha mutilado el formato mp3–. No por nada los vinilos antiguos han sido utilizados para decorar incontables espacios en otros países. Porque si la imagen es hermosa, la dimensión la multiplica incluso más.

Tener un tornamesa trasciende el plano material. Es, más bien, una experiencia que todo amante de la música sabría apreciar e incorporar a los rituales de la vida cotidiana.

Para terminar, quiero dejar algo muy claro: no trabajo en mis tiempos libres ni gano comisiones en una tienda de venta de tornamesas. Solo busco motivar a los lectores por un regalo de navidad si es que en casa hay un apasionado musical. Ahora, si te animaste a regalarlo, puedes pegar esta columna en el papel de regalo. Porque tal vez la persona que lo reciba no entienda a la primera que lo que acaba de recibir es más que una tendencia en boga, que es mejor que un iPod y que, más que un regalo, ha recibido un tesoro para los oídos