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Jimmy Schuller

El atardecer de un pillo

Escribe. Alfredo Pomareda / Foto. Marco Garro
El hombre que le quitó la mujer a Julio Iglesias, que se fugó a Europa con la actriz Gina Lollobrigida y que se casó con una Miss Perú, ahora vive en Santa Clara, cansado de una vida que jamás volvería a vivir. ¿A qué se dedica un playboy cuando le llega la jubilación?

Dos

¿Había un corazón en Jimmy Schuler? ¿Qué sintió cuando en 1978 abandonó a la diva italiana Gina Lollobrigida en su mansión de Roma? Por lo menos, Schuler devolvió el auto Rolls Royce y el reloj Patek Phillipe –la marca más costosa del mundo– que le regaló la actriz italiana que vivía al lado izquierdo de Sofía Loren. ¿Cuál era el secreto de este galán de los setenta que tuvo en sus manos a las mujeres más hermosas del mundo y que, aún así, a veces prefería complacerse con las putitas del burdel Cinco y Medio? «Solo me aventaba porque estaba seguro de que me ligaría, y porque entonces no tenía nada que perder», exclama acaso unos de los hombres más gozadores de su generación, el mismo que apenas se enganchó con Lollobrigida –de visita en el Perú por motivos de ocio– festejó su conquista con una orgía de diecisiete horas y setecientos invitados. Una fiesta con elefantes, fieras, estatuas desnudas que destilaban whisky (y no por la boca). Schuler, entonces gerente general del hotel El Pueblo, vivía con dos Johnnie Walker y tres mujeres al día. Jimmy no vivía en Sodoma, él era Sodoma.
Luego de traicionar a la diva Lollobrigida con varias modelos italianas, y así –para evitar ser linchado por los guardaespaldas de la actriz– huir a París a seguir conquistando territorios de carne y hueso, Schuler volvió
al Perú.
Y se sentó junto a su madre, cual hijo pródigo. Y la miró con sonrisa socarrona. Y ella –que lo amaba sobremanera– lo mimó, lo amó a pesar de ser mataperro, acarició sus veintinueve años de bandido y le dijo, «mira la televisión, vez a esa chica de vestido plateado que brilla en el comercial. Con ella te vas a casar». Se trataba de la Miss Perú 1979, Jacqueline Brahm. «La mujer más hermosa que había visto», recuerda Schuler, quien entonces miró a su madre y con una obediencia extrema fue tras la reina de belleza, la ubicó en una fiesta, le abordó, la invitó a salir, la llevó a Barranco, comieron anticuchos, se enamoraron y se casaron a los sietes meses de conocerse. Lógicamente –a estas alturas es una constante– ella tenía novio y para Schuler eso
era un aliciente.