Jimmy Schuller

El atardecer de un pillo

Escribe. Alfredo Pomareda / Foto. Marco Garro
El hombre que le quitó la mujer a Julio Iglesias, que se fugó a Europa con la actriz Gina Lollobrigida y que se casó con una Miss Perú, ahora vive en Santa Clara, cansado de una vida que jamás volvería a vivir. ¿A qué se dedica un playboy cuando le llega la jubilación?

Uno
Debe ser el suizo más pendejo de la historia. Y ahora pasea con un cochecito que contiene un fogón, una sartén, una botella de licor y una bandeja con mantequilla. Es imposible que sea él. Se le ve tan adulto, tan chef, que redondea la tarde cocinando el mejor postre de Santa Clara. Se le ve en camisa, saco y zapatos bien lustrados. No puede ser él. La leyenda dice que no había fémina que se le resistiera. No es él, indudablemente, porque en este restaurante campestre al pie de la carretera Ramiro Prialé la única mujer que se le conoce es su esposa y guardiana. Es un sexagenario sin joroba, con bastante pelo y con una voz nasal que nada tiene de galán. Se acerca despacio, sonríe tan fuerte que parece tener un parlante incrustado al pie de la garganta, nos ofrece los pollos que él cocina con leña de algarrobo y sin aderezo. Se sienta. Dice que no hablará de su pasado, al menos no por ahora, porque planea escribir un libro sobre todas las travesuras que hizo, desde raptarse a la primera dama de Estados Unidos en 1970 hasta quitarle las mujeres a Julio Iglesias y a Keith Richards.
Sí. Keith Richards. El mismo. El guitarrista de los Rollings, pero de él hablaremos más adelante. De él se ocupará este hombre que se llama Jimmy Schuler y que aún no se parece a su leyenda, por lo menos de facha. De Richards dirá mucho cuando inicie la cátedra de los colores de las mujeres, las gradaciones según el nivel de excitación, los olores, los comportamientos de acuerdo a las razas. Parece mentira, pero el hombre de 64 años que ahora prepara su famoso dulce con brandy y mantequilla francesa, llamado crêpe suzette –preciso postre que sucede a los pollos bebés a la brasa–, es el mismo que hace cuatro décadas y un poco más representó la bonanza y los excesos de una Lima que solo era próspera para aquellos que podían lucir relojes de oro y diamantinas. Jimmy Schuler dice no enorgullecerse de la vida que llevó, pero cómo sonríe cuando recuerda que en 1974 le robó la mujer al divo de la balada mundial, Julio Iglesias. Entonces Jimmy gerenciaba el hotel El Pueblo y ya era conocido por asociarse con los camareros para pasar revista y apuntar los números de cuarto de las mejores aeromozas que descansaban en las setenta habitaciones destinadas a tripulantes de aerolíneas. «Esa está buena, es francesa. La otra, inglesa. Alemana, más o menos, me decía el de la recepción. Y yo solo llamaba al cuarto de las chicas y les invitaba un trago de cortesía. Luego –ya sabes– sucedía lo que tenía que suceder», confiesa Schuler. Al principio dijo que no hablaría mucho, pero el placer orgiástico de contarlo todo es inevitable en los galanes que nada lo miden. Contar, vociferar, cuchichear; todo eso ayuda a esparcir la leyenda.
Una de las aeromozas que Jimmy cortejó era la enamorada de Julio Iglesias. Desde entonces, cada vez que el español llegaba al Perú, intentaba acercarse a Schuler para vengar su honor, pero el peruano no era amigo de las peleas. Su cara era su patrimonio. Con ella y con su verbo de trotamundos trabajaba a sus amantes. «En una de las fiestas que organizaba, conocí a la chica de Richards. Una morena impresionante, de Estados Unidos. Con ella me quedé unas semanas», recuerda. Y aquí paramos un momento. Se refiere a la mega estrella Keith Richards, el guitarrista de la banda The Rolling Stones. ¿Qué le veían a Schuler las mujeres más bellas del planeta? Adinerado era. Gerente –porque su papá era el dueño– del entonces más importante hotel de Lima, también era. Y sobre todo era un tipo que sabía que lo suyo era un juego y que no valía enamorarse. Era consciente de que esa gente que llegaba a pasar unos días, tenía una vida muy aparte y que en su cama solo aceptaban entremeses y no compromisos eternos.