Instantáneas desde la oscuridad

Como navegantes a contracorriente, trece jóvenes se animaron seguir un curso profesional de fotografía para invidentes y aprendieron los secretos de un oficio cuyo primer elemento es la luz, algo que la mayoría de ellos ni siquiera ha visto jamás. Todo gracias a un sistema universal de medición y conteo que un fotógrafo llamado George Aldora diseñó. Esta es su historia.
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Toda oscuridad es fría, triste, solitaria.

Eso pensaba el fotógrafo George Aldora. No era para menos: cuando iba por la calle solía ver a los ciegos pidiendo limosna, cruzando las pistas a veces sin un hombro solidario, tanteando las veredas con sus bastones. La mirada que él tuvo hacia ellos, sin embargo, traspasó las fronteras de una lástima pasajera y comenzó a buscar una forma de ayudarlos. «Si yo puedo tomar fotos» —pensó— «ellos también deberían poder».

La fotografía para ciegos es una suerte de terapia y se enseña en muchos talleres del mundo para favorecer las habilidades sensoriales y sociales de los invidentes. Un buen ejemplo es Ojos que sienten, una iniciativa de la fotógrafa mexicana Gina Badenoch que se basa en la captura de imágenes de forma intuitiva. Sentir y hacer clic cuando plazca: contar historias con imágenes. George Aldora quiso ir más allá. El sistema de enseñanza que ideó es único en el mundo. No hay pruebas que digan lo contrario.

Un día de hace cinco meses estaba en su oficina, cogió su cámara y cerró los ojos. No era la primera vez. Desde hacía varios días trataba de conseguir un método para que los ciegos sean capaces de usar una cámara profesional. Tarea nada fácil: ¿cómo le enseñas los secretos de un oficio cuyo primer elemento es la luz a alguien que vive en las sombras? Pero le sobrevino un verbo que era la respuesta: contar.

«Esa era la clave», dice ahora, mientras sostiene su Canon EOS 100, una cámara gorda y pesada. Las cámaras profesionales tienen unas perillas (diales) que avanzan y retroceden con leves golpes de giro: regulan la velocidad de toma y la luz que ingresa en cada clic, y jugando con ellas se pueden conseguir muchos efectos.

«La fotografía no surge en el ojo, surge en la mente, en las emociones», dice Ana Paula García, estudiante de Comunicación Social, y una de las graduadas de este taller para invidentes. Ella siente que por primera vez, de una forma aunque sea poética, puede ver

Con el sistema de George, los ciegos configuran los parámetros contando esos golpes y memorizando cuántos deben dar para cada situación. La esencia del «tres, dos, uno: sonrían», pero aplicada a la cámara.

El esloveno Evgene Bavcar, un famoso fotógrafo ciego cuya especialidad es el desnudo femenino, decía que todos somos ángeles caídos con la oportunidad única de introducir en este mundo de tinieblas un poco de luz. La idea de George se inspiró en esa filosofía.

El fotógrafo llegó hasta la Unión Nacional de Ciegos del Perú, donde le dieron la oportunidad de dictar un taller gratuito de fotografía para invidentes empleando su sistema. Chiste, despropósito, tomadura de pelo. Aunque eso se oía por los pasillos de esta institución donde invidentes totales o parciales aprenden habilidades para insertarse en la sociedad, trece jóvenes se inscribieron. «El componente más importante de una cámara está detrás de ella», dijo el fotógrafo Ansel Adams, famoso por sus imágenes del parque nacional Yosemite de Estados Unidos. Esa frase solía recordarles a sus alumnos en las clases.

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Clases que, a su vez, permitieron que George desarrollara otro sistema. Esta vez una suerte de trípode con marcas que se leen con los dedos y que permiten lograr la inclinación deseada de la cámara. En las clases también se apoyaron en reglas gigantes de madera que les permitían hacer fotos de estudio: con ellas calculaban la distancia del modelo de acuerdo a su altura. No tener límites era la consigna.

Ana Paula García es una risueña universitaria de 22 años que estudia Comunicación Social en San Marcos. Ella es una de las trece graduadas del primer taller que George dictó aquí durante cuatro meses. Se inscribió en los días en que llevaba el curso de fotografía en su universidad, en sesiones en las que se sentía frustrada en su solitaria oscuridad, donde se hablaba en un idioma visual que no era el suyo. Hoy, en cambio, Ana Paula se siente orgullosa de haber aprobado con 17 esa materia gracias al taller de medición y conteo.

En uno de los paseos del taller donde practicaron fotos en exteriores se fueron a playa Agua Dulce. A Milagros Espinoza le atrajo el ruido de las olas al romper y le gustó sentir la brisa besando su rostro. Preguntó por dónde estaba el muelle y captó una imagen que —dice— busca generar tranquilidad. Así es el proceso de creación. El entorno los inspira, reciben la información de qué es lo que hay y la cámara los ayuda a componer fotos mejor logradas. «La fotografía no surge en el ojo, surge en la mente, en las emociones», dice Ana Paula. Por primera vez siente que de una forma, aunque sea poética, puede ver. Varios piensan montar su propio estudio.

«Hay casi un millón de ciegos en el Perú. Recién voy ayudando a trece», dice George. «Siento que los ciegos a medida que crecen pierden la fe en su potencial. Los jóvenes se creen capaces de todo». En cierta forma, su tarea es también una lucha contra el tiempo. s