Inés Berton

La alquimista del té

Escribe: Gloria Ziegler / Foto. Gerónimo Molina y Editorial Perfil
Es considerada una de las once narices del mundo. Puede distinguir cinco mil notas aromáticas distintas y reconoce una cosecha de té con solo olerla. Diseñó blends para el Dalai Lama, el Rey de España y la actriz Uma Thurman. Hoy, es la impulsora del té gourmet en Latinoamérica. Cuando todavía era una adolescente los médicos le diagnosticaron olfato absoluto, algo que entonces solo parecía capaz de atormentarla con poderosas migrañas. ¿Cómo lidiar con una nariz que lo huele todo?

El aromatizante de vainilla. Cada vez que Inés Berton retira su auto del car wash y encuentra el perfume sintético respira lento, inhala, exhala, muy lento. Intenta relajarse. Pero entonces, cuando está a punto de conseguirlo, el olor vuelve y ella se estremece. Empieza a transpirar. El calor sube por el estómago. La luz arde en los ojos. El dolor de cabeza la aturde. Quema. La enloquece.

Veinticinco años atrás, cuando todavía era una adolescente, se desgarraba como hoy. Cada tarde, al volver del colegio, sentía el mismo dolor. Semana tras semana. Durante meses, los médicos le hicieron exámenes de alergia, estudios clínicos para chequear el hígado, el estómago. Ninguno encontraba nada.

Ninguno sospechaba, aún, de su nariz.

«Tardaron muchísimo en darse cuenta de que eran los olores. La lejía que usaban para limpiar los pisos del colegio, los productos sintéticos, los de limpieza. Tenía una percepción muy fuerte y los olores me quedaban impregnados en la nariz», cuenta Berton en su casa de San Isidro, en Buenos Aires. Desde entonces trabaja con la respiración. Trata de enfocarse. Intenta.


En el invierno de 1993, Inés Berton estaba trabajando en el Guggenheim de Nueva York. Había llegado unos meses antes con la intención de visitar a una amiga durante una semana, pero se maravilló con la ciudad y buscó la forma de quedarse. Pocos días después, ya tenía un empleo en uno de los museos de arte moderno más importantes de Estados Unidos. Sus padres se sentían satisfechos: había terminado sus estudios y, aunque estaba lejos de Buenos Aires, consiguió un buen trabajo. Estaban contentos. Hasta que Inés Berton tomó la decisión y llamó a su padre.

–Papá renuncié al museo y me voy a dedicar al té –le dijo.

–¿Test vocacional? –preguntó él, desorientado, del otro lado de la línea.

–No, no. Té para tomar. La bebida.

–¿Qué? ¿Dejaste el museo para dedicarte a mezclar hierbas? –preguntó de nuevo, indignado.

–No, papá. No son hierbas.

Diecinueve años después, Inés Berton es considerada una de las once narices del mundo según la British Council. Tiene locales en los barrios porteños de Recoleta y Palermo, una boutique en Barcelona, que fue distinguida durante tres años como la mejor tienda de té por la guía Louis Vuitton, y está por inaugurar otra sucursal en Uruguay. Lleva diseñados más de 150 blends para Tealosophy, su propia marca, y otros tantos para etiquetas privadas. Creó tés para Uma Thurman, el Dalai Lama, el rey de España Juan Carlos I de Borbón y los escritores Ernesto Sábato, José Saramago y Carlos Fuentes, entre muchos otros.

«Aquel invierno en New York hacía un frío para morirse y después de trabajar me encantaba ir al T Emporium, porque tenían unos perfumes increíbles», recuerda Berton casi veinte años después, en un café de la galería Promenade en la Ciudad de Buenos Aires. «Llegó un momento en que se convirtió en un ritual. Me intrigaban los aromas que salían de las latas y quería mezclar mis propios tés pero no me dejaban porque decían que no tenían donde hacerlo. Siempre me ponían esa excusa».