Huiquilla

Un laboratorio natural en medio del valle de Utcubamba

Escribe: Jack Lo Lau / Foto: Dana Bonilla
Hace más de mil cien años los chachapoya, grandes guerreros y estrategas, escogieron esta zona para construir Kuelap y gobernar esta entrada a la selva. Hoy es un lugar que lucha por ser uno de los pulmones del mundo

La primera vez que instalaron una cámara en medio del bosque querían coger infraganti al oso de anteojos. José La Torre nunca había visto uno en toda su vida. Él ha jugado y corrido en los montes verdes de Huiquilla desde que nació y tan solo ha encontrado huellas y restos de comida de los peludos mamíferos. Después de realizar ese estudio, se quedaría con las ganas nuevamente. Ni un solo oso asomó delante de la cámara, que estuvo prendida durante varias noches. Los pumas, venados y roedores ganaron el protagonismo en esa silvestre grabación. Tampoco se podía quejar, la naturaleza siempre le había regalado momentos inolvidables.

«No podemos conservar un bosque solo para mirarlo. Si no hacemos algo para conservarlo, ¿de qué vivimos?», dice José La Torre, el hombre que quiere mostrarle al mundo que cada vez es más rentable vivir de forma natural.A unos kilómetros de Kuelap, en el departamento de Amazonas, más de mil hectáreas de bosque lo invitan a meterse entre los árboles, mojarse en sus aguas y disfrutar de uno de los últimos lugares de su tipo en el mundo. Esto, lo que hoy nos puede parecer normal, como beber agua, en unos años se podría convertir en un lujo tan particular, casi comparable a una visita a la Luna.

En 2006 obtuvieron el reconocimiento del Estado como Área de Conservación Privada, pero esta aventura conservacionista empezó en 1908, cuando su abuelo se enamoró de su abuela y compró un gran lote pensando que sería el mejor lugar para cuidar a sus hijos. En la parte central construyó la casa principal. A medida que la familia fue creciendo, cada hijo levantó su casa hasta llegar a ser como una pequeña aldea. José La Torre creció rodeado de sus primos en este lujoso lugar que le daba todos los días verduras y frutas frescas a toda la familia. Tenían una chacra para autoconsumo. Maíz, frejol, habas y papa eran sus principales productos, además de la crianza de ganado que les daba leche y queso. Esos eran tiempos en los que la tierra destinada para la agricultura o el pastoreo de ganado tenían mucho más valor que un simple bosque lleno de árboles y animales.

El abuelo se murió y tuvieron que repartir el terreno. Todos los hijos escogieron rápidamente el pedazo de tierra que querían. El padre de José no tuvo chance y le dieron el lote más alejado, el que nadie quería porque estaba lleno de árboles y plantas. El espacio que nadie había tocado jamás. A pesar de que era el terreno más extenso, ahí supuestamente no se podría hacer nada.
A eso le llamarían Huiquilla.

Cuando José La Torre y sus ocho hermanos crecieron, sus padres decidieron por ellos. Irían a Lima a progresar. La idea de desarrollo en esas épocas no estaba teñida de verde, sino de gris cemento. No querían que sus hijos se convirtieran en agricultores o profesores, como ellos. Poco a poco, todos sus hermanos se fueron quedando en Lima. El amor por su tierra lo trajo de regreso. En 2004, José empezó a escuchar con mayor frecuencia la palabra «conserva». Un día, de pronto se empezaron a dar cuenta de que todo lo que los rodeaba estaba siendo depredado. Entendieron que cuidar el planeta era su única opción si querían que el legado de su abuelo se mantuviera en perfecto estado, de generación en generación. Él y toda su familia nacieron en Huiquilla y no dejarían sus campos abandonados.

Los ocho hermanos La Torre invierten su tiempo en un proyecto de conservación de la biodiversidad que pretende ser ejemplo para las comunidades que hay alrededor. Desde pequeño, sus padres le enseñaron a preocuparse por el bosque. En la conservación no hay fronteras, dice José, quien tiene claro que todo lo que hace tiene una influencia y un impacto en el medio ambiente. Si un bosque es talado, los animales se trasladan más, la humedad varía, los vientos corren en otras direcciones, el suelo se erosiona y todo esto puede causar tragedias. Hace unos años, un cerro se deslizó y casi derrumba el puente que estaba debajo. No hubo muertos ni heridos, pero las consecuencias pudieron ser mayores.

José La Torre es uno de los pioneros en conservación privada en esta parte de la región. En la actualidad es el Director Ejecutivo de la Red de Conservación en el departamento de Amazonas. Su labor es fortalecer y ordenar a este grupo de personas y comunidades que tienen ayuda de pocas instituciones para seguir conservando los bosques. Pretenden estar unidos para canalizar los fondos y así sostener sus proyectos. Nadie les da dinero. Pocos confían en ellos. No son sujetos a crédito. Les piden que pongan en valor sus tierras. Eso significa construir más y más. Mientras más virgen sea el terreno, menos vale para los bancos. Mil hectáreas de bosque bien conservado valen menos que un edificio de cuatro pisos. A esta Red de Conservación no le queda otra que estar unida. De otra forma, para muchos, no existirían.