Historias alrededor de un árbol (de navidad)

Una sola tradición. Tres familias.

Ahora que se acercan las fiestas, la ilusión y los buenos deseos se renuevan, alejados de los regalos¿ Quién dijo que es solo una festividad para niños?

SITKA SEMSCH

La diseñadora, su hija y un reencuentro familiar

Susana entra corriendo a la sala. Trae un puñado de galletitas en cada mano. Se detiene junto a Sitka Semsch y la mira –en silencio– con una sonrisa tímida.

-Siana, ven. Convida, pues. ¿Pero tráelas en fuentecita? –Le dice Sitka a su hija.

-¡Ay!

-La niña mira sus manos y de nuevo corre hasta la cocina con los puños cerrados.

-Y pruébalas antes, ah.

Minutos después, regresa con una bandeja de galletas y un tazón con gomitas. Y, de nuevo, se detiene al borde de la mesa de centro.
-Pasa y convida pero tienes que dejar tus golosinas. ¿Las probaste? –le pregunta Sitka y ella asiente.

Entonces, la niña se sienta a su lado y se acomoda la falda del vestido. Una cinta blanca le sostiene el pelo que cae sobre sus hombros.
«Esta Navidad va a ser bien linda. Es la primera vez, después de muchos años, que vamos a estar los cuatro hermanos y mi papi juntos», dice Sitka.

Carlín, como le dicen en la familia a su padre, vive en un velero en Miami. Alyeska, la mayor, también está en Estados Unidos, y Dushka regresó a Lima hace seis meses. Pero este año será distinto: Kodiak, el menor de los Semsch se casará el 15 de diciembre y reunirá a toda la familia.

«Me acaban de mandar un mail diciendo que para la cena de Nochebuena preparemos pollo, pavo, un arroz rico y ensaladas, porque estamos intentando cuidarnos un poquito. Pero igual el chocolate caliente que hago es infaltable. Comeremos una hoja de lechuga y chocolate», dice Sitka y suelta una carcajada.

Luego, en la tarde del 25, irán al lonche de la abuela de Pancho, su esposo. Esa mujer de 96 años que siempre los espera puntual, a las cinco, para celebrar.

La diseñadora más internacional del Perú detesta la adrenalina comercial de las fiestas. «Hace una semana fui a comprarle unas chanclas a Siana y empecé a escuchar a la gente a mi alrededor y preguntaban por regalos y cuánto iban a comprar y para quiénes y, de fondo, esa musiquita de feliz navidad, feliz navidad. Me quería morir. Es algo que, en lugar de causarme entusiasmo, me agota. Los regalos son medidos y solo para los chiquitos».

-A mí lo único que me gusta de la Navidad es estar con mi familia. Hemos vivido tanto tiempo separados… Mis papás terminaron cuando yo tenía dieciséis años y, desde entonces, hemos estado unos acá y otros allá. Ahora lo aprecio muchísimo.
-A mí me gustó cuando trajeron mis regalos –dice Siana–. Lo que más me encantó fue mi angelito.
-Ya ha escrito su carta pidiendo una muñeca.

Las mejores navidades que recuerda Sitka fueron las de su niñez, en La Punta, cuando sus padres aún estaban juntos. Luego, dice, empezó el jaloneo. En aquel tiempo, las cenas del 24 eran en la casa de sus abuelos.

-Con mis hermanos hacíamos nacimientos enormes con papel y muñequitos de cerámica, y ahora se redujo a eso –se ríe– que a Siana le encanta porque es un sancochado. Incluso hay muñecos con la ñata rota y todo.

-El que más me gusta es este –dice ella, y señala un rey mago regordete y luego una vaca y un burro acostados junto al pesebre.
-Estamos entusiasmadísimos con el rencuentro y creo que al final es eso: estar feliz en familia. Es lo que quiero inculcarle a Siana –dirá luego la diseñadora y abrazará a su hija.