GRANIX

La fe detrás de un cereal

Escribe. Cicco / Foto. Cortesía Forbes
John Harvey Kellogg fue un pastor adventista que quiso crear un alimento para el alma. Entonces inventó el cornflake. Y en Argentina hay una empresa de cereales, dirigida por evangelistas, que le ganó a Kellogs. Se llama Granix, rezan todos los miércoles y reparten biblias con el logo de la compañía. ¿Sus planes de expansión están escritos en el cielo?

Hay empresas que se entregan a su departamento de marketing. Hay empresas que se entregan al cuidado de su marca, ya sea una pipa, o un cocodrilo o la primera idiotez que se le ocurra. Pero hay empresas que se entregan directamente a Dios, el único ser en el universo que no necesita un logo.
Y menos aún publicidad.

Antes de continuar, algunas cuestiones a tener en cuenta en esta historia. El cornflake, ese maíz aplastado con animalitos en el envoltorio que insisten en que uno saque el tigre, o el elefante o el salvaje que hay adentro de uno, es de origen cristiano. La razón de ser en este mundo del cereal azucarado fue, en un primer momento, cumplir con las indicaciones bíblicas que Dios legó al hombre. O, para decirlo mejor, era la idea que tenía en mente, en el siglo XIX, su inventor, John Harvey Kellogg, miembro de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, un fiel devoto cristiano, de Biblia bajo la axila. Un hombre de mostachos erguidos como cuernos de buey que, para cuando concibió el famoso cereal dulce, solo pensaba en cuidar ese templo del espíritu santo al que llamamos cuerpo. Hasta entonces se sabía que los cereales eran buenos, pero tenían sabor a hostia. Pero John demostró que, con unos pases mágicos de laboratorio, el cereal también podía ser sabroso.

Este Kellogg, vegetariano, cirujano, hijo de un fabricante de escobas, no era el Kellogg famoso que se llenó de dinero y se puso en boca de medio mundo, incluso cuando a él le debemos el invento más famoso del mundo nutricional. El célebre de la familia que se llevó todo los laureles es su hermano, Will, quien luego de una disputa poco clara –y poco seria– se quedó con la patente del cornflake y levantó el imperio más grande del planeta. Más que templo del espíritu, edificó un palacio.

Desde el momento en que Will se abrió de la iglesia y se quedó con la autoría del cereal, los lazos familiares se rompieron como zucarita vencida y con John se quitaron el saludo. Mientras el pobre médico quería salvar al espíritu con la alimentación –escribió cincuenta libros donde proponía diversas combinaciones de alimentos naturales para tratar enfermedades, y creía fervientemente en que los intestinos eran el centro de la salud y el nudo de todo padecimiento–, Will quería salvar a… quería salvar a… Bueno, digamos que lo que quería era salvarse a sí mismo.

Pasaron, uf, 160 años desde el invento del cornflake y todo el escándalo familiar. Mucho tiempo, es cierto. Pero hay cosas que se han mantenido intactas desde entonces. Una de esas es la Biblia. Y otra, las compañías encargadas de vender cereales en el mundo. Si no, fíjense en Granix, una empresa argentina que al año produce 10 millones de paquetes de galletitas cada mes. Tiene 30 productos en los supermercados y más de 200 presentaciones en las góndolas. Es la marca líder en el rubro en su país –domina el 50% del mercado de copos naturales y el 30% de los cereales–, y exporta a 15 países de América, además de Inglaterra y Angola. Pero no lo hacen por dinero como Will. Lo hacen, como John, por el alma, de corazón.

Granix pertenece, como el viejo Kellogg, a la Iglesia Adventista del Séptimo Día. No están solos: en Sudamérica hay 2 millones de fieles que transitan por 20 mil iglesias desparramadas como cornflake en un plato de leche. Un año atrás, Granix facturó 100 millones de dólares. Y como no tiene fines de lucro, todo fue a parar a la propia iglesia que lo avala. En la compañía, adscriben a la historia del cuidado del cuerpo como templo del soplo divino. No es la típica empresa. Cada día, al comenzar el trabajo, en las plantas de Granix se toman un tiempo para rezar(los empleados codo a codo con los directivos) todos juntos a los pies del Señor. Para que cada uno no lleve su Biblia a diario a la oficina, en la empresa ordenaron imprimir miles de ellas con cubiertas rojas y el logo de la compañía.

Las fábricas de Granix, cuentan con un restaurante donde encontrará de todo, menos carne, alcohol ni café. Una vez a la semana, los miércoles, un pastor celebra misa y la fábrica se paraliza durante una hora. En términos comerciales, es un tiempo precioso echado por el retrete, cualquier CEO moderno diría que es una medida descabellada. Pero en términos espirituales, es una hora para tomar fuerzas y trabajar en mayor armonía, como dicen aquí dentro. El capellán recorre los pasillos de la empresa, en las afueras de Buenos Aires –tienen otras dos sedes en el interior de la Argentina–, para ver si alguno de los 900 empleadostiene su espíritu turbado y necesita consejo. Si las cosas lo ameritan, visita la casa, celebra sepelios y va donde lo llamen. El 70% de los empleados comulga con el adventismo. Así que no solo son colegas. Son hermanos.

«Al mejorar la persona en su interior, al solucionar sus problemas espirituales, esto beneficia también lo laboral», cuenta el capellán Víctor Peto, que oficia el culto y atiende empleados hace un año.Tiene oficina propia en Florida, atiende las tres sedes y recibe unas diez consultas de sus empleados por mes. Llegado el caso, lo visita en su casa. Va a los sepelios y contiene a la familia. «El trabajador acá se identifica con que tiene que hacer el mejor producto pensando en la persona que lo recibe, no en el producto para competir. Esta institución toma como base la razón de ser del cristiano y esa es servir a sus semejantes. Y todos los que trabajan acá buscan superarse».
Además de la misa de los miércoles, Granix propicia el descanso sabático. Del viernes a la tarde hasta el sábado a la noche, todo vuelve a detenerse. «Esto que, en apariencia podría afectar nuestras utilidades, logra que el personal tenga una pausa renovadora que los pone en contacto con
lo trascendente».

Cada vez que llega un proveedor nuevo, les dice que los empleados parecen una gran familia. La chica de limpieza conversa con la recepcionista. El gerente viste con la sencillez del último de los obreros. Como ejemplo de su bajo perfil, ellos citan su restaurante Granix en el microcentro de Buenos Aires –es el único que tienen en el país–. Solo abre al mediodía y cinco días a la semana. No vende ni carne. Ni café. Ni gaseosas. Recibe hasta ochocientas personas por día. No tratan de ser exitosos. Si venden, bien. Y si no, no importa.


Como parte de su filosofía cristiana, en Granix no salen a devorarse a la competencia. Invierten apenas un 2% en publicidad y creen en el boca a boca como mejor forma de comunicación.Tienen, juran, perfil bajo. Y antes de las reuniones de directorio, también rezan para que todo vaya por buen camino. Tener a Dios de su lado hace que los clientes confíen. «Saben que somos transparentes y que si decimos que hay una cantidad de semillas de lino en nuestras galletitas, es la realidad», se enorgullece Marcelo Cerdá, el gerente de Granix. «Somos gente que hace cosas buenas y confiables».Los sábados, los dedica a enseñar la Biblia a los más jóvenes. Muchos de ellos sal del colegio adventista, a pasos de la fábrica. Cerdá es contador con un MBA en mercado estratégico. Tiene un pie en este mundo. Y otro pie en el del más allá.

Mal, no le va. En dos décadas, Granix quintuplicó la producción. Aquí debajo del despacho de Cerdá, en el barrio de Florida, salen mil toneladas de cereales. Son pioneros en producir galletitas de avena dulce –las Frutigran, un éxito en la región–. Y al año, envuelven 12 mil toneladas de galletitas dulces. No hay panza que aguante. Argentina tiene un récord goloso: es el segundo país con mayor consumo de galletitas dulces del mundo: diez kilos por persona cada año. Los únicos que abren más paquetes que los argentinos son los ingleses.

«Granix, como empresa perteneciente a la Iglesia Adventista del Séptimo Día, cree que el hombre y la mujer fueron hechos a imagen de Dios, y que la salud y alimentación contribuyen en la restauración del ser humano. Cada individuo es templo del Dios vivientey es de incumbencia de cada persona el cuidar de su cuerpo, así como también de su espíritu, ya que ambos pertenecen a Dios», describe Carlos Gill, presidente de las Iglesias Adventistas del Séptimo Día en la Argentina. «Un aspecto distintivo de Granix como empresa es el compromiso que tiene con la observancia del día de reposo bíblico, el sábado, en todo su accionar». En Sudamérica hay más de un millón de voluntarios adventistas que trabajan en causas sociales, en 13 mil puestos de acción solidaria. Desde fuera de la compañía, Gill se encarga de que la actividad, puertas adentro, se mantenga fiel a los principios cristianos. «Los gerentes de Granix son elegidos por un cuerpo colegiado de la iglesia, por periodos de cinco años. La Iglesia interviene para que su misión y visión se desarrollen. Granix es una institución sin fines de lucro, que reinvierte sus utilidades para ser más eficiente y elevar la calidad de sus productos, y contribuir con obras de beneficencia con una mirada integral, ya que filosóficamente consideran al hombre como un ser holístico».

Y como toda Iglesia, en la empresa se ocupan de ganar el mercado, pero también de ganarse, en la medida de lo posible, el paraíso. En 2011, Granix aportó 650 toneladas de alimentos en donación. Cuando un terremoto hundió Haití, enviaron un avión Hércules cargado de barras de cereal. Cuando la tierra sacudió Chile, el gerente Cerdá llenó otro avión con cereales y puso destino a Santiago. La empresa tiene un programa educativo en escuelas donde enseñan el valor de la comida saludable, y explican todo eso de cuidar el templo de carne y hueso. Solo en 2011, 65 mil chicos escucharon las virtudes de dejar el vicio del chocolate y abrazar los cereales. Un representante de la compañía les reveló cómo apartarse de las caries y dar un paso hacia la salvación de la leche y el cornflake. La Santísima Trinidad cristiana que indica que para recibir a Dios primero hay que abrir la boca.