Felipe Ríos

Yo sobreviví al Dakar [dos veces]

Texto: Carlos Fuller / Fotos: Archivo personal
Un testimonio de Felipe Ríos, puesto veintiocho en la categoría de motocicletas. El hombre que partió de Lima con destino a Santiago de Chile –pasando por Argentina– a lo largo de más de ocho mil kilómetros. Dos semanas sobre una moto cruzando los andes, dunas desérticas y pampas rocosas, en un rally conocido por cobrar víctimas. Esto fue lo que dijo.
felipe

Día 1: Lima – Pisco, Perú

Felipe Ríos despertó aquel día a las seis y media de la mañana. Dice que no hay nada mejor que levantarse ahí, en su cama. La última vez, en el Dakar 2012, la partida había sido en Mar del Plata y no fue tan cómodo como ahora. Esta vez, en cambio, pudo comer pasta el día anterior y desayunar un plato de cornflakes con avena, jugo de naranja y un sándwich con queso fresco y jamón de pavo. Luego se puso todo su equipamiento: botas, pantalón, rodillera, licra, medias y su casaca –lo más importante, dice– pues es ahí donde guarda comida, agua y dinero. Cuando estuvo listo, salió de su casa y tomó un taxi con dirección a Magdalena, un pequeño distrito al sur de Lima. Ahí, en el campamento de partida, ya estaría la moto que lo llevaría por las geografías de Perú, Chile y Argentina, la ruta del Rally Dakar de este año. Una competencia que, a la fecha, había visto morir a veintidós personas.

Nadie puede saber de qué se trata hasta que se lo cuentan. La gente me ve sobre la moto corriendo, pero ni se imagina lo que hay detrás. No puedes decir «voy a correr» y te inscribes y ya. No. Dices «voy a correr», te inscribes, pagas, consigues auspicios, documentación, permisos, licencias, el uniforme, la moto, repuestos para la moto, sistemas de navegación, entrenamiento, gimnasio, bicicleta, yoga. Yoga sobre todo. Para concentrarte, para entrenar la mente. Y es que ese primer día el recorrido es corto, pero es solo ese primer día y nada más. Un prólogo de 263 kilómetros. Compara eso con los ocho mil kilómetros que tendría que recorrer al terminar las dos semanas de rally. Una distancia mayor a la longitud del río Nilo. Ocho mil kilómetros de camino peruano, chileno, argentino y otra vez chileno. Ocho mil de arena, duna, pampa y trocha.

En la playa Agua Dulce, en Chorrillos, el podio de bienvenida a los participantes estaba repleto de gente. Ahí Felipe Ríos subió con su bandera peruana y fue presentado y ovacionado. En ese momento pensó en lo que estaba haciendo por su país y se sintió orgulloso. Eran las ocho de la mañana cuando partió desde Huaylas con destino a Pisco. Las catorce etapas del rally se dividen en tramos de enlace (o de conexión) y tramos de especial (o de carrera). Los corredores tienen un tiempo determinado para llegar al lugar en donde comenzará el especial; y si no llegan a tiempo, el reloj va corriendo. A las doce y media ya estaba en Pisco para iniciar la etapa de carrera. Ese primer día, dice, le fue bien pues conocía la zona. Aprovechó para colgarse de los punteros desde el principio. La etapa acabó temprano, a las cuatro de la tarde. Al llegar, le entregaron un rollo parecido a un papiro. El roadbook.

Eso es lo bacán de esta carrera. Que no te dicen por dónde ir. Dependes por completo de ese panfleto con indicaciones. Y no es que las motos tengan un copiloto –como los carros– que te advierta sobre los peligros de la ruta. Para eso sirve ese panfleto. Para marcar los virajes, montículos, obstáculos, precipicios. Ese primer día llegué a las cuatro de la tarde, pero ahí no termina el día. Comía, me duchaba y durante dos horas me encerraba a marcar el roadbook del día siguiente. Con diferentes colores y señales. Así era todos los días. Porque al momento del especial debes tener un ojo en la pista y otro en ese papiro que vas bajando con el dedo. Un desvío no visto y pierdes el trayecto. Un hoyo no marcado y ahí quedas. Tu vida depende de ello.

Día 8: Tucumán, Argentina

Cuando llegó el día de descanso, habían recorrido ya cinco mil kilómetros. Felipe Ríos había cruzado la cordillera de madrugada, habiendo dormido cuatro horas, a más de cinco mil metros y con temperatura bajo cero. La casaca, entonces, evitó que el viento helado lo congelase. También había trepado dunas a más de 45 grados en la pampa argentina. Incluso ahí la casaca le salvó la vida. Lo salvó del sol que, en la intemperie, quema la piel. El desierto peruano, además de caliente, era húmedo y tenía dunas como pocos lugares en el mundo. Algunas pequeñas, de seis u ocho metros, otras altas como montañas chicas. Las etapas argentinas tenían mucha piedra, mucha trocha, por lo que caerse era muy fácil. Y a eso se le sumaba el aire que respiraba cada segundo. Uno que, además de seco, hervía dentro de sus pulmones.

En Nazca, el tercer día, me habían hecho unos masajes y por estar desabrigado me resfrié. Todo el trayecto hasta el día de descanso estuve enfermo así que, la noche previa, me tomé un antiestamínico. El campamento en Tucumán era un hipódromo cerrado y lo único que recuerdo es que me quedé dormido bajo la sombra. Al día siguiente me desperté mareado por efecto de la medicina. El cansancio muscular lo notaba ya desde el segundo día. Ese, el día de descanso, es un día importante. Y se te hace demasiado corto. De lo único que tienes ganas es de tirarte por dos días a dormir. Físicamente estaba golpeado, pero anímicamente estaba bien. Cansado, pero bien. No llegar ni siquiera se me pasó por la cabeza.

felipe2
Día 13: Copiapó – La Serena, Chile

Aquí termina la historia. Un a día antes del final. Al día siguiente entraría a Santiago de Chile en moto desde La Serena sabiendo que habría quedado puesto 28 en la categoría de motos. Superando su record del año anterior por veintiún posiciones. Eso todos lo saben. Celebraría con su familia que había viajado hasta Chile para la llegada y lo único que tendría en la cabeza sería la palabra «terminé». Los 8 mil kilómetros. Eso se vio por televisión y eso dijo a sus padres y a su hermano y a su ahijado y a su cuñada que estaban con él. Lo que no se vio nunca es lo que ocurrió el día previo. El penúltimo día. Felipe Ríos hubiese pagado por tener ese momento grabado.

El octavo día cambié de motor y, por ello me dieron una penalidad. No estaba fallando, pero habían pasado tantos días que, por precaución, decidí hacerlo. Me penalizaron con quince minutos y pasé del puesto 27 hasta el 34. Entonces no sabía si era la decisión correcta, pero el penúltimo día lo supe. Ese día cuatro motociclistas rompieron motor y logré subir hasta el puesto 28, donde me quedé. Ese día, también, ocurrió algo inexplicable. Serían las dos de la tarde, una trocha rápida. La pista doblaba hacia la izquierda en una curva. Ahí estaba. Una bandera peruana clavada en el suelo y que flameaba hacia la derecha, hacia la carretera. Yo, a más de 130 kilómetros por hora, la adrenalina al máximo y, de pronto, ahí, tu país, tu gente, flameando justo para tu lado, con el blanco y rojo, como dándote la mano. Y yo, pasando a toda velocidad, furioso por subir más posiciones, he sacado las manos del timón y, con solo las piernas de soporte, sentí la bandera entre mis dedos.