En el nombre del padre

Escribe. Carlos Fuller M. / Foto. Marco Garro
4 kilómetros de natación en aguas abiertas, ciento 180 kilómetros en bicicleta y una maratón de 42. Gonzalo Cano hará un Iron Man, pero por una causa: construir una biblioteca en la comunidad de niños huérfanos Sagrada Familia, en Ventanilla, como parte de una campaña llamada Yo corro, ellos leen. Una biblioteca en honor a su padre, el hombre que le heredó la afición por los libros.

Gonzalo Cano. Ese era su nombre. Así como él. Ahí estaban, padre e hijo, sentados en el comedor de la casa. Una mesa de centro; al lado, una sala amoblada; tras el ventanal, el club El Golf. Aquel día casi no se llegaron a ver. Gonzalo hijo venía de un viaje a Chile y en la tarde se iba a ir a la playa con su hija y su esposa. Pero el paseo se atrasó e invitó a su padre a almorzar.
Ese día abrieron un paquete de galletas y se desparramaron por toda la mesa. Se rieron mucho.
Ese día comieron un queso que Gonzalo padre
trajo especialmente.
Ese día ojearon un libro acerca de la historia del surf peruano que Gonzalo hijo había comprado. Siempre fueron fanáticos del mar. Se sentaron en el sillón de la sala y, uno recostado sobre el otro, lo miraron hasta adormecerse.
Fue un día feliz, después de mucho. Durante algún tiempo habían estado distanciados por el divorcio, pero no. Aquel día, no.
Llegada la tarde, Gonzalo padre se levantaría del sillón y le daría un beso a su hijo. Luego iría al cuarto de su nieta para despedirla e irse por el ascensor.
Más tarde, cuando Gonzalo hijo estaba por llegar a la playa, recibió la llamada. 64 años. Paro cardiaco fulminante. Cuando lo escuchó, pensó que era broma.



Su plan era hacer un Iron Man este año, en la isla de Cozumel, México. Ya antes había hecho medio, pero por primera vez haría uno completo. Cuatro kilómetros de natación en aguas abiertas, 180 kilómetros en bicicleta y una maratón de 42. Todo en un día –el 25 de noviembre–, 17 horas como máximo para cumplirlo. Siempre había tenido la idea de hacer deporte por una causa, quería que sus kilómetros tuviesen valor para alguien más que él. Junto a un amigo planeaba crear una asociación que acercase a los deportistas con algún motivo noble.
Su plan era hacer un Iron Man este año y, de pronto, en marzo, falleció su padre.
Gonzalo Cano pensó en dejar el proyecto. No se sentía capaz de llevarlo a cabo. Pero fue en agosto cuando cambión de opinión. Haría el Iron Man y por una causa: poner una biblioteca donde la necesiten.
Si bien su madre le solía comprar novelas, fue su padre quien le enseñó a divertirse con la lectura. A escondidas de su esposa, Gonzalo Cano padre compraba cómics y condoritos que regalaba a su hijo. En vida fue abogado y había sido fanático de la lectura. Siempre le contaba sobre un filósofo llamado Soren Kierkegaard, fundador del existencialismo. Gonzalo Cano hijo crecería para estudiar psicología y convertirse en psicoterapeuta humanista existencial. «Decidí que haría la carrera para poner una biblioteca en honor a mi viejito», dice, sentado en el exacto sillón donde lo vio por última vez.
Por un amigo llegó a una comunidad de niños huérfanos llamada Sagrada Familia, en Ventanilla. Un terreno de dos hectáreas. Una mini ciudad con bodega, clínica, taller de costura, panadería, canchas deportivas y hasta una orquesta de música tradicional peruana. Una comunidad que se autosostiene por el trabajo de los propios habitantes, pero que eventualmente recibe colaboraciones. Gonzalo Cano ha lanzado la campaña Yo corro, ellos leen, cuyo objetivo es recolectar fondos para la construcción de la biblioteca en la comunidad de niños Sagrada Familia. Para ello, irá a la triatlón de Cozumel, en México.



A veces lo llamaba en pleno día y le decía que el mar estaba bueno para correr olas. Todos los recuerdos de su padre están relacionados con la playa. Cada vez que tenía algo de dinero los llevaba a él y a sus dos hermanos al norte. A veces lo recogía del colegio y se lo llevaba a la playa a pasar el día, a Punta Hermosa. De tres a cinco, ida y vuelta. Los últimos dos viajes que tuvieron juntos fueron a Máncora y a Cabo Blanco.
Por un buen tiempo estuvieron distanciados tras el divorcio con su madre. Los hijos a veces se meten y toman partido. Pero en los últimos años estuvieron en un plan reconciliador. Poco antes de morir, cada uno de los tres hermanos tuvo un buen momento con él. La hermana de Gonzalo le dijo que estaba embarazada de un niño que nacería pronto. El otro hermano tuvo una conversación en la que le agradeció por varios buenos consejos. El agradecimiento de Gonzalo fue aquella última tarde en su casa.
Fue en la playa de Punta Hermosa. Ahí se despidieron, donde Gonzalo Cano padre y su esposa se habían conocido. Él era un hombre muy tímido y su futura mujer tuvo que meterle letra para conocerse. Estuvieron Gonzalo, sus hermanos, su madre. Ahí, donde todo comenzó, la familia volvió a reunirse. Soltaron sus cenizas al mar.