El tenor Juan Diego Flórez vuelve a casa

¿Puede el sucesor de Pavarotti ser un papá normal?

Escribe: César Becerra / Fotos: Bryan Adams
El genio del bel canto vuelve al Perú para interpretar la ópera Guillermo Tell, y que, a decir de él, será una de las más difíciles de su carrera. Pero no se preocupa. Y es que, además de organizar su agenda hasta 2018, lo único que le quita el sueño por estos días es encontrar pasar más tiempo con su familia, y hacer dormir a su hijo Leandro todas las noches. ¿Puede el sucesor de Pavarotti ser un papá normal?

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Por teléfono, la voz de Juan Diego Flórez no tiene nada de especial. Es una voz varonil pero suave, bajita, con un curioso acento moldeado por el idioma italiano, pero sin alguna inflexión que impacte o conmueva. Cuesta creer que al otro lado de la línea, a miles de kilómetros de aquí, me habla el consagrado sucesor de Pavarotti, el tenor peruano que conquistó La Scala de Milán a los veintitrés años, y al que una vez, en ese mismo escenario, aplaudieron de pie durante diez minutos sin parar. La voz de Juan Diego, en condiciones normales, no sorprende. Podríamos decir lo mismo de las piernas de Lionel Messi cuando trota durante un entrenamiento. O de las manos de Ferrán Adri cuando sopesa dos cebollas en un mercado. No deja de ser curioso: si Juan Diego Flórez llamara a tu casa un día cualquiera y no dijera quién es, jamás sospecharías que se trata de uno de los mejores tenores que existen. Pero sí. Es él. Una de las superestrellas del bel canto del siglo XXI, quien me habla por teléfono desde su apartamento cerca del Metropolitan, en el centro de Manhattan.

Sí, Juan Diego Flórez es un tipo normal. Al menos, así dice sentirse por estos días. Asegura que ahora disfruta más su vida en familia, que anda feliz con su esposa Julia y su hijo Leandro, que tiene más tiempo para sí mismo a pesar de tener la agenda llena de compromisos hasta 2018. De hecho, cuenta que en Viena, donde vive la mayor parte del año, la gente no se le acerca en la calle para saludarlo o pedirle un autógrafo como en Lima, donde casi todos lo conocen, aunque muy pocos lo hayan escuchado cantar en realidad.

Ahora, el tenor que se casó en la catedral de Lima, me cuenta que regresa al Perú para comenzar los ensayos de Guillermo Tell, la famosa ópera de Rossini, donde interpretará a Arnold Melchtal, uno de los papeles principales. Cuando tenía 36 años, la revista británica Opera le preguntó si le interesaba interpretar ese papel. «No, creo que nunca la cantaré», dijo el joven tenor aquella vez. Pero hoy, con cuarenta años –y cientos de conciertos encima– Juan Diego Flórez estrenará mundialmente aquella obra la primera semana de marzo en el Gran Auditorio Nacional de Lima. Se está arriesgando: dice que es una ópera difícil, que ha sido interpretada por tenores de mayor calibre vocal. Pero él no se preocupa. Sabe que ahora hay otras cosas que le quitan el sueño, como intentar hacer dormir a su hijo Leandro cuando esta llamada termine.
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Juan Diego Flórez es un hombre cuya valoración depende de la dimensión en la que aparezca. En una foto, es solo un hombre guapo. En un disco, es un tenor notable. Y en un teatro, frente a decenas de espectadores, Juan Diego se revela como un gran artista. Pero en su vida cotidiana solo quiere ser normal, matar el tiempo en cosas cotidianas como jugar con su hijo, a que el pequeño es un director de orquesta mientras ondea una mini batuta. O alejarse de protocolos rígidos, tal vez cumpliendo fielmente una cábala que tiene tanto de valor alimenticio como de patriótico: comer quinua, el milenario cereal andino, antes de cada presentación sin importar en qué escenario del planeta se encuentre.

De él se dice de todo y siempre son elogios. La periodista británica Jessica Duchen escribió en el diario The Independent que Juan Diego estaba bendecido por una inusual combinación de cualidades: look de estrella de cine, un físico de deportista y unos ojos oscuros que podrían derretir cualquier corazón tan rápido como lo hace su voz. No todos las aclamaciones son tan poéticas, por supuesto. Incluso alguien dijo por ahí que Juan Diego era un Promperú andante, pues siempre mostraba lo mejor de él y hacía las veces de embajador del Perú como ningún otro artista. Un ministro plenipotenciario de un país al que pronto volverá no solo para superar un reto personal de su carrera, sino también –con un poco de suerte– para estrechar la mano a quienes ve poco y quiere mucho.

Ahí está, desde luego, su padre, Rubén Flórez, quien asegura que la voz que tiene Juan Diego viene de familia. No lo dice en un arrebato de orgullo, sino convencido de que el secreto está en su árbol genealógico. Rubén Flórez es criollo de pura cepa y fue considerado el mejor intérprete de las composiciones de Chabuca Granda. «Si vas a una reunión de los Flórez, verás que todos cantan. Mis hermanos, mis sobrinos, todos», dice, y comienza a enumerar con los dedos a las grandes voces de su familia: a uno de sus hermanos se lo quisieron llevar Los Panchos. Una hermana suya canta como Libertad Lamarque. Su padre, el abuelo Flórez, tenía una voz poderosa como la de Alfredo Kraus y que heredó el nieto tenor. «Lamentablemente, no hay grabaciones del abuelo. Se borraron todas y se perdieron para siempre», se lamenta Rubén.

En la sala de su casa, ubicada en un barrio residencial del distrito de Surco, Rubén se anima a cantar un breve pero delicioso fragmento de Una furtiva lágrima en dos estilos distintos para demostrar cómo suena en bel canto. De paso, quiere dejar claro que él es el papá de Juan Diego. O, mejor dicho, que Juan Diego es su hijo. La herencia es tan sorprendente que cuando uno observa la portada del disco Flórez para Chabuca, resulta fácil pensar que el joven de la portada, vestido con un traje de gala y observado por la autora de La Flor de la Canela, es Juan Diego, cuando en realidad se trata de Rubén, su papá.

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Cuando un artista se convierte en una celebridad mundial, se hace cada vez más difícil saber de él a través de sus propias palabras. Las agendas recargadas, los viajes o las largas esperas para escasos diez o quince minutos de entrevista obligan a los periodistas a escarbar en sus vidas. La idea es buscar esos detalles que solo amigos y familiares pueden brindar. En el pasado de Juan Diego Flórez hay personas clave que propiciaron ese salto interestelar que él dio en el mundo de la música.

Mariella Monzón es una soprano que cuando canta tiene una coquetería como de bailarina de marinera. Es profesora de canto en la Escuela de Música de la UPC y conoció al tenor en el Coro Nacional, antes de que partiera becado al Curtis Institute de Philadelphia, en 1993. Dice de él: «Tiene una voz bella y particular, una voz que no es común en estos días. Es un virtuoso y trabaja como todos los virtuosos: practicando, practicando y practicando». Mariella lo quiere y admira demasiado, al punto de decir que cuando lo oye cantar siente felicidad plena.

Ernesto Palacio, junto con Juan Diego Flórez y Luigi Alva, es uno de los tres tenores de grazia que ha dado el Perú. Conoció a Juan Diego en 1994. Sin su intervención, quién sabe, otra sería la historia. Pero lo cierto es que él fue fundamental en el devenir del joven Juan Diego. «Lo escuché cantar y me pareció un muchacho con talento», dice. Y halló en sus similitudes con él –peruano, tenor, el mismo repertorio– una suerte de cariño que lo impulsó a ayudarlo. «Le di algunas indicaciones y él en seguida las puso en práctica», recuerda. «Un cantante no solo necesita una gran voz, sino también inteligencia musical, presencia escénica, ductilidad, en fin. Ahí me di cuenta de que él tenía varias de esas cualidades».

El talento de uno de los fenómenos de la ópera del siglo XXI se fue abriendo paso. Ernesto Palacio se convirtió en su mánager y mentor. De hecho, fue Palacio quien estableció los primeros contactos con los teatros de Italia, con lo cual arrancó su carrera operística, dejando de lado un afán por convertirse en estrella pop, allá por 1996.


El tenor peruano también conmueve fuera de los teatros. La periodista británica Sandra Parsons, en un artículo publicado en el Daily Mail, discrepaba con Davina McCall, una presentadora de televisión que dijo que un macho alfa era como su esposo: un hombre que se apoderaba del control remoto y que cambiaba de canal sin preguntar. «Si quieres un hombre de verdad, ¿qué te parece el peruano Juan Diego Flórez?», escribió Parsons. A ella le resultó un acto admirable que el tenor haya esperado a que su esposa Julia dé a luz en su propia casa para que luego pueda ir al estreno de El Conde Ory, la obra que iba a protagonizar en el Metropolitan Opera House de Nueva York y que se transmitiría vía satélite a una cadena de cines de Perú. Leandro nació a las 12:26 m. del 9 de abril de 2011, y el evento estaba programado para la 1:00 p.m. Juan Diego pasó unos minutos con Julia y el bebé, y luego salió disparado hacia el teatro para llegar al estreno, justo a tiempo. «Eso, Davina, es un hombre de verdad», le respondió Parsons.

Al otro lado de la línea se escuchan unos gritos. Debe ser Leandro, su hijo. Y otra vez volvemos al tema de la normalidad, esa que parece ser esquiva cuando eres una súper estrella. «No quiero ser como muchos colegas que viajan por el mundo y no pueden ver a sus hijos. Estoy organizando mi futuro en Viena y he llegado a un acuerdo para hacer muchas funciones durante el año allá, lo que me permite estar mucho tiempo con mi familia», dice. Aun así, no le teme a proyectos que le podrían robar esos momentos íntimos. De hecho, Sinfonía por el Perú, un conjunto de orquestas juveniles que promueven la música en la niñez a nivel nacional, le obliga a recargar más su agenda de preocupaciones. Por esta iniciativa, sin embargo, ha sido nombrado Embajador de Buena Voluntad por la Unesco.

Más compromisos, más éxitos, más popularidad.

Pero él ha demostrado que el éxito y la fama son aspectos con los que uno puede aprender a vivir. La historia de Juan Diego Flórez, después de todo, no es más que la historia de un hombre que quiere ser cada vez más famoso y querido, pero en su propia casa.