El señor de las máscaras

Edwin Loza

Escribe: Gianfranco Languasco / Foto: Fernando Criollo
Es el maestro mascarero más importante de la Fiesta de la Virgen de la Candelaria. Sus más de cuarenta años de experiencia le han permitido confeccionar no solo las piezas más bellas, sino también las más ligeras, aquellas que permiten que el danzante tenga una mayor habilidad. Edwin Loza es el único que no lleva máscaras cuando danza para los dioses.
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Cada año, durante la primera quincena de febrero, Puno se llena de algarabía por la Fiesta de la Virgen de la Candelaria, una celebración cargada de baile, color y tradición, donde miles de turistas concurren para presenciar pasacalles que se extienden por varios kilómetros. Es una celebración donde todos los danzantes permanecen eufóricos, pues hay un elemento que lo hace posible, uno que les da libertad para hacer lo que les plazca, para que la gente no sepa quiénes son y para transformarse en seres míticos: la máscara. Y es que así como el Sambódromo de Río de Janeiro no sería nada sin los disfraces y carros alegóricos, el carnaval puneño no existiría sin esas máscaras atemorizantes que suelen llevar cuernos largos y que los bailarines lucen orgullosos. Si de alguien depende que estas caretas multicolores sigan sorprendiendo al mundo, ese es Edwin Loza, el más grande maestro mascarero sobre la faz del altiplano puneño.

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Desde hace más de cuarenta años, su taller del jirón Carabaya, en Puno, es el escenario de su inspiración. Más allá de su pasión y entrega, Edwin Loza ha roto esquemas en el arte de confeccionar las máscaras. Él ha logrado hacerlas más ligeras para placer de los danzantes, quienes ahora pueden realizar pasos más ágiles. Loza usa materiales reciclados como algodón, gasa, tela, aserrín, papel maché, bicarbonato de calcio, yeso, entre otros. Una sola pieza puede fabricarse en varios días, y el precio de una sencilla puede ser de doscientos soles en promedio, mientras que otras pueden alcanzar la asombrosa suma de diez mil soles. Al maestro Lazo, quien es guardián de una vasta colección de máscaras, le gusta mostrar con orgullo aquella que probablemente sea la más antigua en su género: una hecha con piel de cabeza de venado adosada como rostro humano. Tiene la nariz bifurcada, labios grandes y cuernos enormes.


Todo empezó con una pieza de pan. Edwin Loza aprendió el arte de las máscaras en su clase de primaria de Arte y Manualidades. Allí le encargaron sacar arcilla del río y hacer pequeñas cabezas para adornar las tantawawas, esos panes en forma de bebé, tradicionales en noviembre. Y es que el destino siempre tiene a sus favoritos. Cuando su familia se mudó a Rosaspata, Loza entendió que se iba a dedicar a hacer máscaras. Fue allí cuando vio al caretero Velásquez, conocido como el El Carcal, trabajar la máscara de sicumoreno que le había encargado Dino, su hermano mayor. Pero cuando esa máscara se le estropeó, fue Edwin quien hizo las veces de restaurador. Le quedó tan bien que sus amigos le pidieron que trabajara sus máscaras. Edwin siempre decía «yo puedo hacer eso».

El maestro Loza conoce bien la festividad y desde sus raíces más profundas. Al terminar la secundaria y durante veinte años bailó diablada contemporánea. Fue diablo y ángel, y llegó a bailar en el atrio de la catedral de Puno. Él no acepta que se simplifique el significado de sus máscaras como simples diablos. Aunque siempre le habían dicho que es malo tener al demonio en casa, él sabe que se trata de deidades aymaras. El baile de la diablada, directamente asociado con la Fiesta de la Candelaria, es un sincretismo que tiene sus orígenes en los rituales al Anchancho, el señor de los lagos y las minas, símbolo de riqueza. Los españoles, sin embargo, lo usaron para representar la lucha entre el bien y el mal. Los cronistas de la época, al verlos danzar como pago a la mina, pensaron que se trataban de ritos al demonio. Pero los lugareños lo tenían claro y es una idea que se mantiene hasta ahora: minero que no le hace ritual al Anchancho es minero que no tendrá riqueza.


«Soy católico», dice Loza, «pero no puedo olvidar que soy telúrico». Las experiencias de infancia siempre son las que marcan a las personas. En Rosaspata, y mientras que el pequeño Edwin admiraba a los danzantes de diablada y dibujaba caporales, don Alejandro Loza Paredes, su padre, era un dedicado maestro encargado de la dirección del Núcleo Campesino Escolar. Gracias a él se pudo conseguir agua, el bien más escaso de esa zona. La encontraron una laguna cercana a un yacimiento minero y, al no tener acceso a tuberías ni concreto, la canalizaron a través de acueductos hechos de piedra. Fue un éxito a pesar de que solo había agua ciertas horas del día. No mucho tiempo después, don Alejandro cayó enfermo.

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Una hemorragia que no paraba lo aquejó misteriosamente. Un sacerdote de la zona de Huancané le aconsejó hacer un pago al dios aymara de las minas, el Anchancho. La laguna estaba entre sus dominios. Entre todos recolectaron animales de colores parecidos al cobre (como gatos o cuyes de color marrón-naranja) para ofrendárselo a la deidad aymara. Entonces cuando el sacerdote vio al pequeño Edwin dibujando un caporal, un demonio mayor de la diablada, exclamó: «¡Ese es el que se quiere llevar a tu papá, el Anchancho!». El pago se hizo a la medianoche. Los animales seleccionados fueron ofrendados y su padre se sanó con el mismo misterio con el que había caído enfermo.

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Parece un juego del destino: el mejor confeccionista de máscaras casi pierde a su padre a manos de la deidad que él venera con sus diseños. Parece que el Anchanchu ha decidido devolver la ofrenda para convertirlo en el mejor difusor de un arte que propicia la festividad religiosa más importante del Perú.