El piloto que nunca atropellaría a un perro

Escribe: Rebeca Vaisman / Foto: Macarena Tabja

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Aunque en su casa siempre hubo mascotas, su primer perro –que fue solo suyo, no de sus padres ni de sus hermanos– llegó cuando José Luis Tommasini cumplió diez años. Se llamaba Bronco. No era de raza pura; era, lo que se llama, cruzado. Eso no hizo ninguna diferencia entre ambos: no era un juguete que tenía que ser de la mejor marca o estar de moda. Bronco era un amigo. Estuvo al lado de José Luis durante más de diez años. Incluso cuando ya se había convertido en un piloto de competencia.
Pero en ese tiempo, los ladridos de Bronco no fueron los únicos que se escuchaban en la casa Tommasini. José Luis pasó su niñez y primera juventud entre Lima, donde estudió el colegio y la universidad, y Chincha, donde su familia tiene una casa de campo a la que José Luis corría cada vez que empezaba el fin de semana. El niño José Luis llegaba a la casa, de vez en cuando, con algún perro solitario que se asomaba por la chacra. En Lima era más complicado. Pero desde entonces pensaba que algo debía poder hacer para ayudar a los perros abandonados que se cruzaba en la ciudad.


En 1998, con dieciocho años, José Luis Tomassini se inicia en el mundo automovilístico. Lo hizo primero con tubulares, corriendo sobre trocha. Pero su objetivo era competir en autos. Empezó a hacerlo en 2006. Con su Mitsubishi Lancer Evolution 9, rojo y blanco, se convirtió en campeón 2011 de la categoría N4 Light. Y un año después se subió al podio del Campeonato Nacional, quedando tercero en la N4, la máxima categoría del automovilismo peruano. José Luis dice que nunca ha seguido de largo cuando, en plena competencia en rutas rurales, un distraído perro se le ha cruzado. Siempre ha frenado. Aunque eso le haya significado perder valiosos segundos.

Bronco murió hace más de diez años. Ahora, en su casa de Lima conviven dos labradores, Bronco y Chacal, de cinco años; una perrita, Sol, que encontró abandonada en Lurín; y Allison, otro labrador, cuyos dueños ya no podían tener más en su casa. Algunos podrán bromear, señalando que la casa del piloto Tommasini parece un albergue.

Como toda buena broma, tiene mucho de verdad.


A mediados del año pasado, José Luis fundó el albergue para perros Adopta Kan, en un terreno que alquila en Lurín. Un espacio sin construir de casi cien metros cuadrados. En este se han levantado habitaciones con paredes de madera y techos de malla. Dentro de esas habitaciones-casitas viven trece perros. «La idea es que no estén todos juntos, que cada uno tenga su espacio y se sientan cómodos», explica Tommasini. Tienen dos cuidadores que los alimentan y limpian, y que todos los días los sacan a pasear y ejercitarse por Lurín. El piloto y benefactor suele darles el alcance en esos paseos. Además, se ha establecido una alianza con un veterinario.

En Adopta Kan se encuentran cachorros de dos meses hasta perros de tres años, recogidos en Lima y en el mismo Lurín. Está Roger, por ejemplo, que fue encontrado con la pierna rota en una calle del Rímac. Lo habían atropellado. Una vez en el albergue lo operaron y le pusieron clavos. Ahora anda entre los otros. Muchos amigos y conocidos de José Luis le avisan cuando notan a un perro desorientado en sus cuadras. Tommasini se pone en contacto con personas encargadas de recoger al animal y llevarlo al albergue. Alguna vez lo ha hecho él mismo.

Desde que abrió, ha tenido lugar una adopción: la de un par de hermanos encontrados en una caja, cuando tenían dos meses. Su nuevo dueño decidió no separarlos, se los llevó juntos.

Se espera que las adopciones se incrementen este año.


Tommasini se prepara para el campeonato de 2013, cuya primera fecha será en un par de meses. «Es verdad que he tenido suerte: cuando se han cruzado perros en plena carrera no ha sido en momentos en los que he estado al límite», admite. «Claro que existen situaciones en las que no tienes tiempo para reaccionar, y otras en las que tratar de atajar un obstáculo puede ser muy peligroso. Espero que algo así no suceda. Pero si es por perder un poco de tiempo, yo freno. Prefiero hacerlo». Este año, lucirá el logo del albergue en su auto, entre los de sus auspiciadores. Y le pedirá lo mismo a sus compañeros pilotos. «Es que es necesario que más gente dé el ejemplo», dice convencido. «Mientras más gente haga algo concreto, más conscientes serán los otros». Está seguro que los otros pilotos no se negarán.