El paraíso está al sur

Por Rodrigo Alomía / Fotos de Omar Said
A solo dos horas del distrito de Quilca, en la provincia arequipeña de Camaná, se hallan las caletas mejor preservadas del país, en una zona rodeada de mares cristalinos que invita a los viajeros a dejar la ciudad y compenetrarse con el entorno.
Caleta San Jose
Antes de emprender la ruta rumbo al albergue San José, hay que aceptar una suerte de contrato implícito que la naturaleza del lugar nos impone: aquí las redes de telefonía móvil no funcionan, la señal de wifi es inexistente y el fluido eléctrico solo está operativo desde las seis de la tarde hasta las diez de la noche. Y es que esta extensión del litoral peruano donde el sol resplandece todo el año ofrece una experiencia única a cambio de desprendernos de las comodidades diarias de la vida citadina.

Una caleta, según Gonzalo Llerena [anfitrión y fundador del albergue, además de experto conocedor de la zona], es una entrada de agua con una playa muy corta cercada por cerros, lo que provoca que el mar llegue calmo en vez de estrellarse. De ahí la ausencia de olas, que favorece la práctica de deportes como el kayak. «Acá no hay carros, ni alambres ni letreros de propiedad privada: toda esta naturaleza pura ayuda a que los grupos se integren más», comenta Gonzalo, quien hace más de treinta años conoció esta caleta y nunca más la abandonó. Él nos propone un recorrido de tres días para aprovechar la belleza inalterada de este punto del país.
Caleta San Jose

LA TRAVESÍA
Para llegar a San José primero se debe viajar hasta el distrito de Quilca, un centro poblado importante de la época preincaica ubicado en el kilómetro 845 de la Panamericana Sur. Para hacerlo existen dos opciones: tomar el servicio de movilidad que el albergue recomienda y que parte desde Camaná hasta Quilca en un trayecto que tarda cincuenta minutos, o viajar en automóvil particular y atravesar el camino de trocha que se abre paso entre arenales e imponentes bahías desiertas.

Una vez en el puerto artesanal de Quilca, podrán embarcarse en una travesía de dos horas a través del mar [con suerte avistarán algunos delfines] hasta llegar a San José.

Si optan por hospedarse en el albergue homónimo, el lugar ofrece un bufet suculento a base de pescados y mariscos. «Cuando nos visitan los japoneses quedan impresionados con los choros negros que servimos en un bowl para que uno mismo pueda limpiarlo», comenta Gonzalo en alusión a la frescura de los implementos que usan, que han impresionado al propio Gastón Acurio.

Pero tal vez prefieran comer ligero y reservarse para la mañana siguiente, que es de excursiones. Esperan las caletas vecinas.
A tener en cuenta Sin título
LA CAMINATA
La caminata arranca después del desayuno. Comienza en la caleta La Francesa, llega a la pampa El Ancla, donde efectivamente hay un ancla de galeón enterrada, que data desde hace más de trescientos años, y continúa hacia la caleta Ancumpita, denominada también La Aguja por ser una de las más largas del área, con un brazo de mar de casi 500 metros de aguas esmeraldas. Finalmente, en el último tramo de trekking, nos topamos con la caleta La Huata, donde hay pozas de agua y colpas construidas con piedra, ceniza volcánica y costillas de ballena en las que antiguamente los pobladores de la sierra del Colca guardaban el cochayuyo, un algo que les servía de insumo.

En La Huata una embarcación los esperará para visitar la isla de Hornillos, famosa por su rica fauna, donde conviven en paz familias de lobos marinos, pingüinos de Humboldt y las simpáticas nutrias marinas del Pacífico, que lamentablemente se encuentran en peligro de extinción.

Alrededor de las cuatro de la tarde, tras un día de intensa excursión, la embarcación está lista para zarpar y regresar a San José.

En las caletas hay que aceptar una suerte de contrato implícito impuesto por el entorno: aquí las redes de telefonía móvil no funcionan, la señal de wifi es inexistente y el fluido eléctrico solo está operativo desde las seis de la tarde hasta las diez de la noche.

EL ACUARIO
Caleta San Jose
El último día, aunque queda corto, alcanza para treparse a un bote y visitar una zona que Gonzalo llama El Acuario, donde hay fosas repletas de peces y bellas presas perfectas para fotografiar. A la una de la tarde, después del almuerzo, la embarcación los trasladará de regreso a Quilca, como punto final de la travesía.

A pesar de que San José aún no cuenta con la denominación de reserva natural, Gonzalo la considera como tal. «Es una reserva paisajística y arqueológica», refiere. «No hay un sitio igual en el Perú donde niños, adultos y ancianos puedan compenetrarse de una forma tan cercana». La invitación está hecha.

«Acá no hay carros, ni alambres, ni letreros de propiedad privada: toda esta naturaleza pura ayuda a que los grupos se integren», comenta Gonzalo Llerena, fundador del albergue San José.

Caleta San Jose