EL PAN DEL SUR

Por Jesús Cuzcano / Fotos de Oliver Lecca
Cuando se está conduciendo a toda velocidad por una carretera, es bastante común pasar por alto algunos lugares. En medio de la Panamericana Sur, una de las carreteras más concurridas por los limeños en temporada de verano, se encuentra una panadería que rompe con este paradigma. A diferencia de otros lugares, la cantidad de personas que llegan allí hace imposible no verla.
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Si se está viajando por la carretera con dirección a las playas del sur de Lima, resulta casi imposible no percatarse, allá por el kilómetro 51.7, de una parada ubicada al lado del camino. La pérgola en torno a la cual se reúnen autos y buses es nada menos que el Tambo Rural, una panadería artesanal que lleva asentada allí más de diez años.

Tambo Rural da la bienvenida a los viajeros desde muy temprano. A las seis de la mañana ya se puede observar a los primeros autos, o buses, afincados de su lado de la carretera. Frente a estos se observan cuatro hornos que queman sus primeras brasas con el fin de hornear los panes a la leña [o panes de piso] en tan solo cinco minutos.

«¡Caramba! !Qué absurdo! ¿Poner una panadería en medio de la carretera?» fue una expresión que Roberto García, administrador del lugar, escuchó hace más de diez años [antes de iniciar este negocio] de parte de alguno de sus compañeros, cuando el éxito que tendría esta panadería era desconocido por sus fundadores.

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Por ese entonces, tanto Roberto como su cuñado Reinaldo [dueño de la panadería] se dedicaban al fundo y a la granja de pollos que tenían en ese mismo lugar. La idea del negocio no surgió inmediatamente. Un día uno de los trabajadores del fundo construyó el que sería luego el primer horno de Tambo Rural [hecho con leña de eucalipto]. Pero lo hizo con un fin bastante funcional: además de tener un lugar dónde podrían hornear sus propios panes, necesitaban una forma de vender las aceitunas que se cosechaban en el fundo.

La idea de crear una panadería en medio de la carretera parecía descabellada hasta que al vender sus primeros productos, a los viajeros que por allí transitaban, Tambo rural alcanzó un sorpresivo éxito.

Quién no ha tenido, alguna vez, un desayuno compuesto por un par de panes con aceituna? Los viajeros, que llegaban hasta allí desde muy temprano, tampoco escapaban a esta costumbre. «Empezábamos a las tres de la mañana a hacer la masa a mano –dice Roberto–. Imagínate…». Cuando Tambo Rural empezó a presenciar su prematuro éxito, la preparación aún se hacía de la forma más rústica posible.

No pasó mucho tiempo para que a los panes rellenos con aceituna se le sumaran otras variantes, como los rellenos de jamón, queso y orégano, y años después la fugasa mixta y las carnes al horno de leña. La idea de una panadería en medio de la carretera no parecía tan descabellada después de todo.

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Si se llega al lugar hoy, y se observan los cuatro hornos y a las treinta y cinco personas que trabajan junto con Roberto, horneando las masas y atendiendo la larga cola de personas que se congregan en el lugar, será difícil creer que aquella panadería es la misma que la de hace una década.

El pan del Tambo es blando, esponjoso, aún posee la esencia artesanal con la cual fue creado. Si está por la Panamericana Sur, solo tiene que hacer una breve parada al lado del camino para dar al viaje un sabor diferente.

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