El oficio de cazar criaturas submarinas con una cámara de fotos

Escribe:Gianfranco Languasco / Fotos: Bernardo Sambra
Bernardo Sambra es un fotógrafo submarino cuyo pasatiempo favorito es esperar bajo el agua. Es capaz de quedarse quieto durante una hora para retratar un pez microscópico o seguir por cinco días a un tiburón ballena para verlo alimentarse. ¿Cuánto puede sumergirse un fotógrafo para capturar un mundo desconocido?

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Cuando Bernardo Sambra salió del mar de la playa Waikiki en su primera inmersión submarina, descubrió que en su cabeza había una malagua, esas medusas que suelen dar una picadura terrible. El ardor punzante que sintió ese día lo alejó del mar. Una dolorosa señal marina parecía condenarlo a la vida terrestre. Pero, siendo un niño inquieto de once años, Bernardo no pudo contener las ganas de regresar a las profundidades de ese mar verdoso limeño. Al siguiente verano ya se le podía ver vestido en un esnórquel y saliendo airoso de sus cacerías de pulpos, lenguados y cangrejos. El mar te quita, pero también te da. Y a él le ha regalado toda una vida de exploraciones en lo profundo del océano, un mundo a veces turbio donde él es un pescador de imágenes.

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En nuestro mar oscuro y frío, donde la gente debe ponerse un wetsuit para bucear [a diferencia del Caribe, donde solo se necesita un esnórquel y ropa de baño], cualquiera podría pensar que no hay mucho para ver. Es más, lo que a Bernardo Sambra le atrae no son los peces grandes, sino los pequeñísimos que casi nadie ve porque no hacen lo que él hace: esperar.


En un mundo obsesionado con las fotos instantáneas, Sambra es un fotógrafo submarino muy paciente. Todo comenzó cuando cayó en la cuenta que la relación que tenía con el mar se tornaba muy agresiva: era un tipo acostumbrado a comer lo que pescaba. No fue hasta que un amigo le regaló una cámara Nikonos [una línea de Nikon para hacer fotografía submarina] que decidió dejar de ser el terror de los peces para convertirse en un hombre que solo quiere verlos en su hábitat natural para que vivan por siempre en sus fotografías.

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Con la fotografía submarina, Sambra encontró una mejor forma de contarle a la gente lo que veía abajo. Descubrió que mientras más profundo iba, los colores se perdían. El rojo, a diez metros bajo el agua, ya no es rojo. Era sorpresivo tomarle fotos a algo de un color y que en el revelado saliera de otro. Eso es lo que más le gustaba: asombrase con lo que capturaba su lente. La gente siempre le comentaba lo genial que debía ser nadar con ballenas y tiburones, pero Bernardo Sambra demostró que lo novedoso estaba en el más mínimo detalle submarino, aquello que todos suelen obviar.

En lo pequeño hay cosas difíciles de creer. Los detalles del microsistema marino son imperceptibles, de menos de un centímetro. Los nadadores pasan buscando al tiburón o la tortuga, pero cuando se detienen frente a un arrecife de coral ya no quieren moverse durante la hora y media que dura el oxígeno. A Bernardo Sambra le ocurrió. Fotografió a cangrejitos que están por la noche encima de un pólipo de coral esperando a su presa, peces pequeños que huyen del depredador y nudibranquios, moluscos imperceptibles que no tienen caparazón. El cazador terminó por ser cazado y ni siquiera por los grandes depredadores.

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Tomar fotografías submarinas no es sencillo. Entre el lente y el objetivo hay agua con miles de partículas encima. El flash se refleja en ellas y va contra la foto. Además todo está siempre en movimiento. No se puede usar zoom y cargar todo el equipo. Antes de tomar la fotografía, se debe tener en cuenta la profundidad, la corriente, temperatura, cuánto aire queda en tanque y, recién ahí, disparar. Hay fotos que no toman mucho tiempo. Retratar a un cardumen de barracudas es un instante. Pero Bernardo Sambra es un hombre paciente con los detalles. Una vez le tomó una hora sacarle una foto a un blenio en Indonesia. Esperó a que el pez se acostumbre a su presencia.


Bernardo Sambra se abrió a aguas internacionales. Si quería ver tiburones, iba a la Polinesia. Las ballenas están en el Caribe. Los corales, en Indonesia y Asia. Los animales grandes, en Galápagos. Por el tiempo que pasa bajo el agua, Bernardo no pudo sumergirse solo a especular. Hay una investigación previa, hace el viaje sabiendo qué va a buscar y entra al mar con un guía que le ayuda a encontrar lo que necesita. La planificación incluye que Bernardo pueda pasar ocho horas bajo el agua gracias a una mezcla especial llamada nitrox, que es aire comprimido con un agregado de oxígeno. En uno de sus últimos viajes ha llegado a pasar hasta cinco días buceando con un tiburón ballena.

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Bernardo encuentra en el mar diferentes momentos. A veces es un escape, otras es diversión, a veces es momento familiar, cuando bucea con esnórquel al lado de su esposa, Valerie Crousse [quien también toma fotografías submarinas] y sus dos hijas. El mar, además, es un espacio para sus citas. Ha planificado tres hasta el momento: la ruta que recorrerá en el mar peruano, un buceo con el pez espada y un reencuentro con el tiburón ballena, para verlo en otra faceta. Durante diez días de luna llena en agosto los tiburones ballena aprovechan que los atunes desovan en el Caribe para alimentarse. El fotógrafo que siempre piensa en los detalles submarinos no los ha visto en una ingesta compulsiva. Por lo pronto, él ya sacó cita para ese festín.