Nadador que reza bajo el agua

Mientras bracea por el Amazonas, el río más caudaloso del mundo.

Escribe: Carlos Fuller M. / Fotos: Marco Garro
Hace un año, Juan Antonio Orjeda se propuso recorrer mil kilómetros como parte de una cruzada en contra de la violencia infantil y adolescente. Y ya ha nadado por aguas de todo el Perú. Su quinta travesía lo llevó a la selva. Se propuso nadar de San Joaquín de Omaguas a Tamshiyacu, más de sesenta kilómetros en el río Amazonas. ¿Qué pasa por la cabeza de un nadador en cada brazada por el río más caudaloso del mundo?

¿Cuántas personas en el mundo están por hacer lo que estoy a punto de hacer? Me he levantado a las cuatro y media de la mañana y ya estoy caminando por la calle principal del poblado de Nauta, en Loreto. A mi espalda está la laguna principal del pueblo, no hay nadie por las calles. El paiche golpea su aleta roja contra el agua tranquila. He pasado toda mi vida en La Punta y cuando duermo en otro lugar me agobia el silencio. Estoy acostumbrado al chocar del agua contra el rompeolas.Aún es de madrugada y el cielo está completamente negro. Suenan los grillos.

Camino en medio de la pista, llevo mi traje de nadador cerrado hasta la cintura y un polo de licra. A mi lado está Pelé Solís, un marino de las fuerzas especiales que me ha ayudado en mi entrenamiento. Me consulta acerca de mi hombro, le digo que está bien. Llevo pegadas unas bandas cremas para evitar lesiones. También me sigue mi hermano, Alberto, con el líquido que necesitaré en la travesía. ¿Cómo se llega al puerto? Me cruza un mototaxi, salen algunos perros, me encuentro con los primeros niños. «¿A dónde vas?», me pregunta uno. Voy a nadar por ustedes, por el río Amazonas. «¿Tú solito?», me mira curioso. «Te vas a ahogar».

Desde el puerto de Nauta, por el río Marañón, partiré en lancha hacia San Joaquín de Omaguas, donde comienza el río Amazonas. Ahí empieza mi travesía, nadando hasta Tamshiyacu. Más de sesenta kilómetros por el río más caudaloso del mundo. Desde hace un año nado en aguas abiertas hasta completar mil kilómetros en contra de la violencia infantil y adolescente. Voy ciento veintiocho.

Llegamos a un mercado y luego a un puerto. Una multitud de personas espera en el muelle. Serán unas cincuenta. Me persiguen cámaras, algunos niños tocan mi traje negro. «Es el Aquaman», escucho que dicen, y siento que estoy a punto de explotar. Ya quiero meterme al agua. Tenemos que irnos, se hace tarde. Llamo a mi madre, ojalá que conteste porque son las cinco de la mañana. A esta hora suele sacar a pasear a los perros. Aló, ¿mamá? ¿Cómo estás? Estamos en Nauta, a punto de embarcarnos en la lancha. No te preocupes, todo va a salir bien. Estoy con Alberto, que me va a acompañar. Te quiero mucho, cuídate. Escucha la radio y mándales saludos a mis perros. Un beso, te quiero, madre. Reza, reza. Prende unas treinta velas.


Al alejarnos de Nauta, se encienden las primeras luces amarillas en el puerto negro. Cinco para las seis a eme. El cielo se aclara, ya se pueden ver el río y los árboles que lo rodean. Me echo, estiro las piernas. ¿Cómo me voy a lanzar? ¿Llegaré? No puedo fallar, los niños me están esperando. Pienso en mi madre que está en La Punta, en mis amigos que están atentos a la radio. En la lancha hay ocho personas, entre prensa y asistentes. También están Pelé y mi hermano. Todos esperan algo de mí. Que llegue. No. No puedo defraudarlos.

No es la primera vez que nado en el Amazonas. Vine hace un mes para conocer la ruta. Llegué a San Joaquín de Omaguas y el calor era terrible. Los niños del pueblo me acompañaron y cuando estuve frente al río me impacté. Era enorme. Mientras avanzaba por la orilla sentía el fango metiéndose entre mis dedos. El agua estaba caliente y a los pocos pasos me quedé sin piso. Todo mi cuerpo entró en alerta. Pensaba en las pirañas, en la anaconda, en los lagartos; en la chuchupe, una víbora de mordedura mortal; en los caneros, unos peces que se meten por la uretra para chuparte la sangre.Nadaba con miedo, si tocaba un tronco sacaba la mano pensando que era una boa. Pero los niños estaban a mi espalda, no podía darme la vuelta. Solo podía comenzar a bracear. Aquella vez nadé diez kilómetros.

«San Joaquín a la vista», escucho gritar al piloto. Me paro. Estiro mis músculos por última vez. Las piernas, los brazos, la espalda. Muevo mis hombros, los siento bien. Me cubro el cuerpo con champú para que el traje de neopreno entre. Es caliente, pero prefiero el calor a la mordedura del canero. Me coloco la capucha roja, los lentes blancos, tapones en los oídos. La lancha se detiene en el Amazonas. Sacamos un kayak que me va a acompañar a lo largo del viaje.

Es amarillo y lleva dos remos. «Todo sea por los niños», grito para darme fuerzas. Salgo a la proa y me paro frente al paisaje. Por primera vez sale el sol entre las nubes. Una muralla verde de árboles y un río inmenso que se pierde entre la bruma del fondo. Es hora. Me agacho y me paro de manos en la proa. Me miran todos en la lancha, en el guardacostas que nos acompaña, en el kayak. Me lanzo para atrás y siento el chapuzón, estoy sumergido.

Tengo el agua en la boca. Está tibia y tiene sabor a tierra. Doy mis primeras brazadas. Un, dos, tres, cuatro, respiro; un, dos, tres, cuatro, respiro. Tengo que mantener la cabeza afuera para ver por dónde voy. Abro los ojos bajo el agua, todo está oscuro; todo es marrón, como si de pronto estuviese ciego. Esta agua es muy diferente a la del mar. En el mar, el agua es densa y una sola brazada te impulsa una buena distancia. En el río, no. Mi brazo toca el agua y pasa rápido, como queriendo aferrarse a algo sin encontrar a qué.