El hombre que luchaba con un merlín

Juan Francisco Helguero

Escribe: Gianfranco Languasco / Foto: Sebastián Incio
Pescar un merlín demanda tanto esfuerzo que es considerado un deporte. Cuando Juan Francisco Helguero atrapa un ejemplar tras varias horas de lucha, no lo mata para servirlo en un restaurante gourmet, sino que lo devuelve al mar como una forma de rendirle un homenaje, como dándole al pez una oportunidad de revancha

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El banco de Máncora es un área marina frente a las costas de Tumbes y Piura que guarda un ecosistema único: delfines, ballenas jorobadas, lobos marinos y sobre todo merlines, esos peces con pico largo que pueden medir hasta cinco metros y pesar 650 kilos, tanto como nueve veces el peso promedio de un hombre.

En ese escenario, Juan Francisco Helguero, un legendario pescador de merlines de Punta Sal, pasa diez horas al día buscando batallas con esas frenéticas criaturas. Cuando Ernest Hemingway, autor de El Viejo Y El Mar, llegó a Cabo Blanco para pescar un merlín negro, dijo que «las novelas solo se pueden escribir cuando se han vivido». A sus 62 años, Helguero tiene para escribir una biblioteca completa sobre enfrentamientos en altamar.

Él es un limeño que luce siempre un bronceado ligero y que llegó a este extremo apacible del mundo en 1982, atraído por la idea de abrir un hotel. El mar de Punta Sal lo atrapó para siempre. De hecho, fue uno de los primeros en aventurarse en busca de los peces más furiosos: en 1992 adquirió una lancha de pesca de altura, la primera que llegó luego de cuarenta años a Punta Sal. Aquellos años dorados de los cincuenta parecían volver, la misma del exclusivo Cabo Blanco Fishing Club, que llegó a atraer a Hemingway con hambre de merlines.

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Juan Francisco Helguero es miembro de esa sociedad peruana de pescadores deportivos que se aventura en los mares no para matar a esos preciosos ejemplares que dan pelea cuando pican el anzuelo, sino que es de esos caballeros que los regresa al mar luego de haberles ganado el combate. La mejor forma de rendirles respeto, dice, es perpetuando
su especie.

Hoy en el norte hay alrededor de diez lanchas especiales para la pesca deportiva. Helguero sabe que cazar un merlín no es fácil y que los pescadores tienen una predilección por las presas difíciles. Mientras que en el río se puede pelear con una corvina, que es un pez de apenas diez kilos, en Punta Sal un pescador se mide con el merlín gigante que puede nadar a 110 kilómetros por hora. «Cuando lo enganchas con el anzuelo y pareces tenerlo seguro, el merlín puede zafarse solo con dar dos saltos simples», dice Helguero.

Muchos aseguran que, en promedio, se puede cazar un merlín en media hora. Quizá se referían a los más pequeños. Un merlín azul o negro puede demandar, como mínimo, cuatro horas de enfrentamiento encarnizado. Hay que tener mucha paciencia y coraje para pescarlo, pero aún más para dejarlo ir: el merlín dará una lucha tan enfurecida, que matarlo sería deshonroso.
Tampoco es necesario matarlo. En Ecuador, en cambio, lo incluyen en el ‘menú picudo’ junto al pez espada. Juan Francisco Helguero respeta a su presa y por eso le da una oportunidad a la revancha.

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Hasta hace quince años, los pescadores peruanos tenían que ir a Salinas, Ecuador, para los torneos de pesca, frente a rivales con mejores lanchas y experiencia. Para un país con gran litoral como el Perú, que es una zona potencial para encontrar merlín, solo era cuestión de tiempo y algo de empuje tener nuestro propio torneo. Para eso se creó, en 2008, la Cofradía Punta Sal, que organizó el primer Campeonato de Pesca Deportiva, con doce pescadores peruanos y doce ecuatorianos invitados. Sin embargo, de cinco ediciones de este torneo, solo una vez venció una lancha peruana.

Para Helguero, esto se debe a que los pescadores que antaño llegaban a Cabo Blanco eran en su mayoría extranjeros, quienes llegaban atraídos por historias como la del merlín más grande del mundo, de casi ochocientos kilos. En ese entonces, de todos los socios del Cabo Blanco Fishing Club, solo el fundador era peruano. Además, la brecha es abismal: Guayaquil es una ciudad donde la pesca deportiva tiene mucho arraigo, con un yacht club en Salinas con capacidad para doscientos botes y zona de pesca a diez millas.

Aun así, hay logros que valen la pena resaltar. De los cinco torneos disputados, al menos en tres hubo un peruano que alcanzó el podio. Por si fuera poco, la embarcación de Juan Francisco Helguero se impuso a más de treinta embarcaciones en el Torneo de Salinas del 2012, quien clasificó al Campeonato Mundial de Pesca de Altura en Costa Rica.

La Cofradía de Punta Sal se rige por las reglas de la International Game Fish Association [IGFA] que, entre otras cosas, establece que el merlín capturado debe ser registrado en la Billfish Foundation [Fundación de los peces picudos]: hay que consignar el lugar de captura, la descripción del pez, especie y fecha. Luego de eso, debe ser devuelto al mar con un tag, un pequeño arpón clavado a pocos milímetros en la piel del pez, el cual lleva una manguera donde hay un número de teléfono para reportar que lo encontraron.

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Cada merlín tiene un puntaje. Un merlín rayado equivale a doscientos puntos. El merlín azul, por ser más difícil de encontrar, equivale a trescientos puntos. El merlín negro te da cuatroscientos puntos. Si es marcado con un tag, reconocen como premio cincuenta puntos adicionales. Mientras que peces como el perico equivale un punto por libra siempre y cuando consigas, al menos, veinte libras. Por cada libra de atún, son dos puntos. En altamar, donde la tranquilidad de estar aislado es apabullante, navegar es el medio para alcanzar la batalla. Ir por el merlín es ir por el premio mayor. No importa que luego de diez horas de pesca, apenas hayan picado el anzuelo. Juan Francisco Helguero tiene una frase que resume el por qué siempre regresa a altamar: más vale un mal día de pesca que un buen día de trabajo en una oficina. El mar es donde siempre quiere estar.