El filósofo del desierto

Un modelo para vivir en armonía con la naturaleza

Escribe: Bruno Monteferri / Fotos: Dana Bonilla
Un poeta riega con sus manos un pedazo de desierto. La vida comienza a florecer, incluso los animales regresan. Dieciséis años después, un fundo orgánico lleno de frutales cubre lo que antes estuvo seco. El filósofo puso en práctica sus ideas: tejió un modelo para vivir en armonía con la naturaleza

Un pueblo que ha perdido su sentido de pertenencia a la naturaleza lo ha perdido todo», escribe Alberto Benavides en El campo es santo, uno de sus tantos libros. Filósofo por devoción y poeta por naturaleza, a Alberto lo conocí a inicios de 2012, cuando yo andaba de paso por el desierto de Ica buscando gente que tuviese una verdadera convivencia de armonía con su entorno natural. Samaca, el refugio y fundo orgánico que Alberto ha creado en el medio del desierto, fue una parada obligatoria en mi viaje.

Podrían plantearse varias teorías sobre qué hace a Samaca un lugar único. Unos dirían que hay algo subliminal en el resonar de las campanas de la iglesia que llama a sus habitantes a acercarse a la mesa. O que son los baños bajo el sol, la luna y las estrellas, los que hacen que tus sentidos se agudicen y uno preste más atención al paisaje. Pero también puede que sean los miles de detalles, incluidos el museo, la biblioteca y la luz que lo pinta todo, los que hacen de Samaca un lugar lleno de realismo mágico: de pronto uno puede estar en medio de una conversación con aves curiosas o ver a un filósofo que ha elegido una chacra para instruir a sus visitantes sin que ellos lo noten.

Vivir en el campo

Cuando cumplió 45 años, Alberto Benavides dejó Lima para irse a vivir a Samaca, «donde descansa la arena». Samaca está ubicada a una hora de Ocucaje, en el valle bajo de Ica, y se llega a través de un viejo camino sin señales, entre dunas y formaciones que recuerdan a tiempos prehistóricos. Allí, Alberto construyó un refugio para él, sus hijos y quienes quieran visitarlo. Un sitio para recuperar un poco de soledad y silencio. Lo llamó la Escuela Libre Puerto Huamaní, un lugar para el ocio creativo donde se aprende a regar y cosechar la tierra con cariño, poesía, creatividad y nada de pesticidas.

Samaca ha pasado de ser un sitio abandonado a un fundo orgánico donde el agua ha vuelto a brotar y decenas de personas viven en armonía con la tierra que los alimenta. Se trata de un fundo orgánico certificado, que apuesta por cosechar la tierra sin degradarla. El fundo tiene trescientas hectáreas, setenta de ellas dedicadas a la agricultura. Allí se han sembrado 9 mil olivos, así como otras especies nativas como el molle y el huarango, combinando las técnicas agrícolas de los antiguos peruanos y las modernas para labrar la tierra. Rafo, hijo de Alberto, ha estado involucrado en la reforestación de huarangos y en la creación de un vivero para seguir cultivando especies nativas. La familia Benavides quiere convertir a Samaca en un área de conservación privada, un sello más que ayudará en la venta de los productos orgánicos que salen de este fundo. Podría decirse que la mejor forma de apoyarlos es comprando lo que producen, pero lo cierto es que uno se está ayudando a sí mismo.

Un camino voluntario

En Samaca la mayor parte de la energía se genera por molinos de viento, los platos se lavan con ceniza y todo tiene el potencial de convertirse en una manifestación artística: hacia donde uno mire, encuentra frases y fragmentos de poesía pintados sobre pedazos de madera. El objetivo es que este lugar se convierta en un referente que rinda tributo al trabajo comunitario, a revalorar esos detalles que hacen único a un espacio, y a demostrar que es posible ser feliz llevando una vida sencilla en el campo. Se trata de transitar hacia modelos de vida más coherentes y sostenibles. Samaca es parte de un movimiento mundial que privilegia la agricultura orgánica; que opta por pequeños fundos en lugar de extensas tierras donde se cultiva un solo alimento; que busca una coexistencia más armoniosa con la naturaleza. Una vez ahí, uno puede conocer de primera mano cómo se trabaja la tierra mientras se deleita con los productos que Samaca ofrece al mundo.

Visítanos

A Samaca solo se llega por tierra. Desde la Panamericana Sur, cinco kilómetros después de pasar el ingreso hacia Ocucaje, un camino de tierra se interna en el desierto. Dado que no existen señales y resulta fácil perderse, recomendamos contactar directamente con el personal de Samaca. Pueden escribir al correo samacaperu@gmail.com o llamar a los números 444-3672 y 445-7156.

Con frecuencia hay camionetas que ingresan y salen del fundo que pueden ayudarte a llegar sin contratiempos. Cerca a Samaca se encuentra una de las joyas de Ica, el llamado Cañón Amarillo. Enero y febrero son meses ideales para visitarlo, cuando es más probable que tenga agua. Uno puede subirse a una 4×4 y viajar desde Samaca hacia Punta Lomitas y acampar allí. Lomitas es una playa visitada por pescadores deportivos que lleva su nombre por una de las puntas que forman parte de la Reserva Nacional Sistema de Islas, Islotes y Puntas Guaneras. Allí el vaivén de las praderas de macroalgas, el baile de las aves en la orilla, los colores del atardecer y los lobos marinos te harán preguntarte por qué no habías venido antes.

Ayúdanos a conservar

Los productos que se cultivan en Samaca son diversos. Los clásicos son el aceite de oliva, la miel de abeja, los tomatillos silvestres y el jarabe de huaranga. También se puede comprar una serie de productos en polvo [zanahoria, nabo, romero, acelga, rabanitos], envasados, en potes de vidrio; productos secos [aceituna, mango, romero, menta, hojuela seca de membrillo, arveja, cebollas, hierba buena]; y harinas [de alfalfa, huaranga, zapallo, arveja]. Y para el postre, dulce de ciruelas, membrillo y confitura de zapallo. Puedes conseguir estos productos en:

• Bioferia del Parque Reducto en Miraflores, todos los sábados de 8:00 a.m. a 2:00 p.m.
• Galería Dédalo en el pasaje Saenz Peña, en Barranco. O en Amaranto, ubicado en el Jirón Ayacucho 269,
también en Barranco.