El escultor que trataba a las rocas con delicadeza

Rodrigo Zúñiga

Escribe: César Ochoa / Fotos: César Campos
Rodrigo Zúñiga es un escultor que sufre el síndrome de Tourette, un trastorno que le hace tartamudear y realizar movimientos involuntarios. Casi toda su vida ha descargado su ansiedad practicando deportes extremos como el surf y patinaje, pero ha conseguido el rumbo de su vida en el trabajo de acariciar la piedra hasta darle forma

Cuando Rodrigo Zúñiga tenía trece años y salía de una misa dominical junto a sus cuatro hermanos y su madre, sucedió algo que marcó su vida para siempre. Ese día, al cruzar la calle, le vinieron unas ganas incontenibles de tocar el piso, así que se agachó y lo tocó. No le importó quedar atrasado ni pararse en medio de la pista, en pleno tráfico limeño. Fue casi como un reflejo. Solo el frenazo violento de un automóvil hizo que su familia vuelva la vista de golpe hacia él. Aunque el coche no le llegó a impactar, esa situación fue como la gota que derramó el vaso. Antes ya había mostrado ese comportamiento. Y no era el único. Desde hacía buen tiempo que se le veía realizar cosas raras, repetitivas: se levantaba todos los días a las seis de la mañana para cantar o hacía rezar a su familia unas diez veces antes de cada comida. También tartamudeaba muy seguido. Aquel frenazo trajo un susto, pero también un diagnóstico. Rodrigo sufría el síndrome de Tourette, un raro trastorno que se caracteriza por múltiples tics físicos y vocales, que muchas veces van acompañados de comportamientos obsesivo-compulsivos, como realizar acciones repetidamente, siguiendo un deseo que puede más que el control voluntario.

Casi veinte años después, y con Tourette como insistente compañero al hablar [los demás síntomas son menos frecuentes], Rodrigo Zúñiga es un hombre de cabellos rubios y revueltos, de frente amplia como de piedra pulida y nariz delgada, como esculpida con un cincel. Siempre usa jeans y polos viejos y polvorientos, y pasa sus días al fondo de un gran taller de ebanistería cerca de la playa La Encantada, en Chorrillos. No es un ermitaño, tampoco un antisocial. Rodrigo es un hombre que vive su vida al extremo, un hombre que hace algo entregado en cuerpo y alma o no lo hace. La escultura en piedra, ese difícil arte de domar la dureza, es lo que él ha elegido como oficio. Y ahí está, a ratos dándole a la roca con cincel y martillo, a ratos con esmeril y mascarilla para protegerse del polvo. Ese taller, dice, es casi como su santuario.

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Rodrigo es un río incontenible de energía y emociones. Casi a la misma edad en que recibió el diagnóstico de Tourette se empezó a interesar por el arte. Su padre, el arquitecto José Zúñiga, lo llevaba a ver las obras, las galerías y los museos. Así fue que Rodrigo conoció a la escultora Gloria Palacios Álvarez Calderón, quien ha hecho con la piedra maravillas abstractas. «Ahí fue cuando me enamoré de la roca», dice Rodrigo, con voz enérgica. Sus manos se mueven mientras habla, de adentro hacia afuera y de arriba hacia bajo. Cada palabra es tan importante como la anterior. Pero llega el momento, la cúspide de su entusiasmo se refleja en su hablar. «Ya, bueno… Ya, bueno… Ya, bueno», sale de su boca, y le sigue un silencio de tres segundos hasta que su voz se libera: «Entonces le dije, “Gloria, yo también quiero picar la piedra”. Y ella me respondió, “Es toda tuya”». Desde ese día, cualquier roca, no importa qué tan dura o grande sea, solo puede tener un destino frente a Rodrigo.

Él sabe que su condición lo llevó a ver la vida de otra manera, a buscar otras formas de manifestarse, otras formas de utilizar su energía. Su hermano mayor, Micky Zúñiga, recuerda cómo lo veía correr la avenida Aramburú de palmo a palmo y saltando los obstáculos del camino, y cómo patinaba de Lima a Cieneguilla, agarrándose de la parte trasera de buses Enatrus para coger altas velocidades, como un rayo. «Era alucinante», dice Micky. «Tanta fuerza gastaba que se comía hasta seis platos de comida al día».

Al conocerlo, cualquiera pensaría que, con la fuerza que Rodrigo demuestra, sus piedras quedarían reducidas a pequeñas deformidades sin sentido ni misión. Pero él es un escultor que trata su materia prima con delicadeza. Es como ese arqueólogo que escarba con una brochita miles de veces una reliquia sepultada. No le importa que una pieza le tome medio año de trabajo. Rodrigo, así digan que es muy ansioso, trabaja la piedra con mucha paciencia.

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Una mañana, un coleccionista de arte, amigo suyo, coincidió con él en la calle, y resolvieron ir a correr olas a La Herradura. Al llegar a la orilla, Rodrigo vio una roca en forma de corazón, del tamaño de una llanta de camión. Desde el primer momento le fascinó esa forma que la naturaleza le había regalado. Él mismo la levantó hasta la furgoneta de su amigo y se la llevó al taller. Siete meses más tarde, el corazón tiene en su interior una trama de líneas que se superponen sin chocar, como una telaraña. «La piedra es dura, pero puede llegar a ser frágil, como el ser humano», dice Rodrigo. «Y una persona, aunque es frágil, con el tiempo puede llegar a ser tan fuerte como una roca».

Su obra, a la que bautizó como Corazón, se encuentra en la casa de aquel amigo coleccionista con quien la encontró. La adquirió no solo porque admira y estima a Rodrigo, sino porque la obra le fascina, y porque le conmueve saber cuánto esfuerzo se empleó en su realización. «Se entrega a la roca sin miedo. Es un buen artista y un gran tipo». Este escultor no teme a las miradas curiosas, esas que se extrañan verlo pasar todo desaliñado o patinar con el torso desnudo. «De dónde habrá salido este pastelero. Eso deben decir todos», dice Rodrigo, y suelta una carcajada.


En su taller, Rodrigo tiene piedras de varios tipos y tamaños. Son sus proyectos, rocas que ha encontrado en ríos y playas, o compradas, de mármol. Ahora lleva esculpiendo una gran roca, del tamaño y forma de un televisor de sesenta pulgadas, al que le está creando una trama parecida a la del corazón. «Ves estas líneas. Son intrincadas, complejas, como el ser humano». Por estos días, como siempre, frecuenta seguido al escultor Joaquín Liébana, su amigo y maestro, a quien suele ayudar para seguir aprendiendo. Pero ahora quiere salir, enfrentar el mundo, ser él mismo.

«Para realizar una obra tienes que aprender a leer la piedra, entenderla, respetar sus líneas», dice en su taller, acalorado, mientras se quita el polo. Sobre las mesas de trabajo están sus obras recientes. Un torso pulido de un hombre que no tiene rostro, solo una oreja. También está una esfera de piedra como balón de básquet al que ha vaciado su interior.

Él sabe que allá afuera está el mundo, ese que le dice que con el arte vivirá pateando latas, sin novia, sin dinero. Pero para Rodrigo, esas son tonterías. «Estoy seguro de que voy a lograr mis objetivos, de que al final voy a vivir bien, como ahora, o hasta mucho mejor». Rodrigo Francisco Zúñiga Giese, de 32 años, ojos verdes, cuerpo bronceado, es el escultor que acaricia la roca con cincel y esmeril. El mismo que regala su ropa y escucha jazz cuando trabaja, dice que al pasar muchas horas esculpiendo siente que un globo se infla en su mente. Entonces sale, con la fuerza de siempre, a despejarse. Por suerte, la vida sabe cómo encontrar el equilibrio.