El cuerpo es un campo de batalla

Pachi Valle Riestra

Escribe: Rebeca Vaisman / Fotos: Giancarlo Shibayama
Ella dirige una nueva pieza de danza: De pichangas y muñecas, un estudio sobre los estereotipos de género a través del movimiento. El estreno llega en un momento en que la conocida bailarina, directora y coreógrafa peruana se cuestiona sobre su propia identidad. Este año una seria lesión le hizo retirarse de la danza. Sin el baile, ¿quién es Pachi Valle Riestra?
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Ya es de noche. María Paz Valle Riestra se sirve una copa de vino. «Es algo que no estoy dispuesta a dejar», dice, y sonríe. El vino le encanta. Este año María Paz, Pachi, ha tenido que aprender a dejar muchas actividades. Una de ellas –quizá la más importante– es el baile. Una lesión en la rodilla le cambió la vida. Ahora hasta le duele caminar. Ella siempre ha necesitado moverse, por eso ha empezado a nadar por las noches, aunque le parece que está desarrollando una alergia al cloro. Sus ojos todavía están rojos cuando se sienta en la sala de su departamento; la copa está sobre la mesa. Pachi tiene 45 años recién cumplidos. Cuando tenía 37 o 38 quiso ser madre. Lo intentó pero no pudo.

Su cuerpo le estaba tratando de hablar. Por esos años sufrió su primera lesión importante en la rodilla izquierda. Luego descubrió cuatro hernias en las cervicales. Estaba a punto de estrenar una obra que dirigía, producía y bailaba, y tras bastidores recuerda haber sentido un agotamiento nuevo, profundo. «Tomé una conciencia de mi cuerpo extrema, insoportable», recuerda la bailarina. No quiso escuchar lo que su cuerpo le decía. Siguió bailando con la misma intensidad, entonces se lesionó el menisco de la rodilla derecha y con el tiempo desgastó todo el cartílago. Hoy Pachi tiene artrosis y la pierna de una mujer treinta años mayor. Durante esta entrevista esperaba que le confirmaran si estaba apta para realizarse una intervención quirúrgica: si es así, le cortarán la tibia, colocarán una pieza de titanio y alinearán su pierna. Podrá moverse con facilidad, sin dolor. Pero no podrá bailar profesionalmente nunca más.

Pachi Valle Riestra suele inspirarse en Lima para crear sus coreografías. Eso ha hecho ahora: DE PICHANGAS Y MUÑECAS, la obra que se estrenará en el Teatro Municipal en el marco del FAEL, es un estudio de género a través de la danza

«Te voy a contar la realidad del bailarín de danza contemporánea en el Perú». Pachi toma el primer sorbo de vino: «Nunca recibe paga por ensayos; y ensaya meses. Meses de trabajo que no cobra. Y en los que, además, trabaja con su cuerpo. Eso implica agotamiento y riesgo. La realidad del bailarín es difícil en todo el mundo. Pero aquí, en el Perú, es más». Por eso fue tan importante que su obra DE PICHANGAS Y MUÑECAS ganara la Residencia de Gran Formato en Danza; una convocatoria que por segundo año realizó la Municipalidad de Lima. La obra recaudó 80 mil soles para su producción, lo cual permitió que los once bailarines reciban un sueldo. Además, el premio incluye el espacio de creación: las amplias salas del Teatro Municipal acogen hasta hoy los últimos ensayos. El estreno se realizará en el marco del Festival de Artes Escénicas de Lima [Fael] del 21 al 24 de noviembre. «Es una oportunidad de las que se ven poco en Lima», afirma Pachi. Ella no puede bailar ni enseñar. Ya no. Pero sí puede crear y observar.

Muchas veces se inspira en Lima para sus coreografías. Eso ha hecho ahora: la obra es un estudio de género a través de la danza, así es como la describe su directora. El primer acto, figurativo, pretende retratar muchos de los comportamientos reconocibles del hombre y de la mujer limeños. Empieza con los juegos de muñecas para niñas y de pelota para niños. Termina con la valentía presumida del gallito de su cuadra y en los disfuerzos de la chica coqueta. Pachi no solo se basó en textos –libros de la socióloga Liuba Kogan y poemas de Marita Troyano, entre otros–, sino también entrevistó a gente de diversas procedencias, de distintas edades y ocupaciones. «¿Pero de qué hombre limeño estás hablando? ¿Y de qué mujer? ¿De la pituca, la regia o la arribista?», le preguntaron muchos de esos entrevistados.

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El segundo momento de la obra es abstracto. Tiene que ver con los conflictos internos que los parámetros culturales generan en los individuos. «Tiene que ver, por ejemplo, con cuán duro es para un hombre tener que reforzar continuamente su masculinidad. Ay de él si se muestra débil, afeminado u homosexual», afirma Pachi. «Como trabajo en televisión vivo alucinada. Todavía tenemos la dupla de reporteros: el hombre es el gracioso y la mujer se hace la sonsa para encantar. La televisión nos retrata y nos deja muy mal parados». ¿Pero cómo puede hacer un bailarín para que su cuerpo escape a los paradigmas sociales? ¿Cómo encontró su propio movimiento el cuerpo de Pachi Valle Riestra? Cuando era niña, tenía barbies y muñecas. Era fan de Angie Dickinson en la serie LA MUJER POLICÍA. Pero también fantaseaba con ser Rafaela Carrá y ser cargada por diez hombres. Un conflicto, resume Pachi. «Soy un producto de mi sociedad, y eso me fastidia». Arquea la espalda, deja que sus muñecas se tuerzan. Se burla de ella misma: «Hay cosas que están metidas en mi cuerpo y que no puedo sacar».

Por eso le sorprendió la reacción de la gente a su alrededor cuando se hizo pública su bisexualidad. «Pero ella que era tan femenina… ¡Es una machona!» Eso decía la gente», recuerda Pachi. «¿Cómo pude pasar de un extremo al otro? Estas reacciones no me hicieron dudar de mí. Pero sí hicieron que me pregunte, de nuevo, qué es ser femenino y qué es ser masculino». Pachi habla rápido. Si se detiene a pensar, gesticula. Busca las palabras en el movimiento de sus manos. Se responde: «No lo sé. Creo que biológicamente existe aquello que te dan los estrógenos y lo que te da la testosterona. Y creo que hay muchas maneras de ser femenino o masculino. A mí me gusta jugar con muñecas, pero no que me traten como una».

«Si no soy bailarina, no sé quién soy». Ese fue el primer pensamiento de Pachi Valle Riestra, uno que la ha acompañado buena parte de este año. Pero ya no piensa así. «Si ahora puedo hablar de esto, es porque ya lo he procesado», afirma, en la sala de su departamento. Sentada, con una copa de vino –que le encanta– sobre la mesa. Quiere reinventarse, dice. «Yo he amado bailar. Ahora quiero un cambio. Solo que todavía no sé cuál va a ser». Como toda bailarina, Pachi está concentrada en el siguiente paso.