El artista que habla con el movimiento

Iván Sikic

Escribe: César Ochoa / Foto: Liam Cullinane
Hay muchas formas de hacer crítica social con el arte: desde grafitis hasta historietas. Pero lo que Iván Sikic ha elegido es el performance. ¿Qué quiere decirnos alguien que invita al público a verlo trabajar como empleada doméstica o que sube y baja escaleras durante cuatro horas en una calle de Australia?
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Un hombre descalzo, con el torso desnudo y un mechón de flores amarillas en la cabeza sube y baja unos cuarenta escalones de un patio de Federation Square, un centro de edificios de la zona financiera de Melbourne, en Australia. Son casi las siete de la noche, cae una ligera llovizna y corre un viento helado. El hombre ha estado así durante las últimas cuatro horas y la escena termina cuando se va a bordo de un taxi que ha venido a recogerlo. El misterioso sujeto es peruano, se llama Iván Sikic y es un artista que usa el performance como modo de expresión, y en el que, generalmente, su cuerpo es el protagonista.

Con I Live in The Lucky Country and I Love It!, realizado en agosto de este año, Sikic quiso ponerse en el pellejo de todos los inmigrantes que –como una suerte de Sísifo, ese personaje mitológico condenado a empujar por siempre una roca montaña arriba solo para que volviera a caer– tienen que empezar de cero una y otra vez en ese afán por integrarse a ese nuevo país. Luego de su performance, Sikic abordó un taxi hacia el aeropuerto, donde tomó un vuelo rumbo al Perú. «Esa acción representó la necesidad de reconexión con mi lugar de origen. Y es que creo que, al final, un inmigrante no llega a integrarse del todo a otro país». Así es Sikic: directo, fuera de serie y atrevido.

Si alguien tuviera la necesidad de encasillar a Sikic, bien podría ubicarlo como un artista que está entre Banksy, ese prolífico artista del street art británico que utiliza el grafiti para criticar a la sociedad; y la yugoslava Marina Abramović, esa artista del performance que ha tenido la osadía de exponerse durante seis horas a todo lo que la gente quisiera hacer con ella usando 72 objetos que iban desde látigos hasta pistolas cargadas. Sucede que este limeño de treinta años que se mudó a Australia hace diez para estudiar artes creativas y escénicas, prefiere dar una respuesta corporal a la hora de dar a conocer su postura frente a distintos temas socioculturales que le preocupan. Así lo hizo en Lima Linda 1.0, un performance que duró setenta horas, lapso en el cual convivió, en silencio total, con el artista Félix Méndez [a quien conoció por primera vez al inicio del trabajo]. Sikic, vestido de empleada doméstica; su compañero, vestido de mujer.

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Iván Sikic es un artista que ha saltado de la mirada convencional. Como si se hubiera quitado una venda de los ojos, reacciona ante lo que le parece injusto. «El cuerpo tiene una potencia distinta: una energía ante la cual hay que estar presente para entenderla»

Con Lima Linda 1.0, Sikic hizo las veces de empleada ‘cama adentro’ y su labor consistía en acatar las órdenes que Méndez dejaba escritas en un espejo. Para empezar, Sikic se sometió a un rapado de cabeza y hasta tuvo que lavar los pies de su jefa. Con esta convivencia que se desarrolló en el teatro El Galpón de Pueblo Libre a fines de setiembre, Sikic criticó lo que, según él, es una forma de esclavitud silenciosa socialmente aceptada, que está grabada en nuestra idiosincrasia como país. «Lo vi cuando vivía en Lima. Luego de vivir fuera del país pude notar que, en los casos más extremos, es una situación lamentable en la cual entran en cuestionamiento nuestros valores y los derechos de los trabajadores».

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Sikic es un artista que ha saltado de la mirada convencional, y, como si se hubiera quitado alguna venda de los ojos, reacciona ante lo que le parece injusto. «El cuerpo tiene una potencia distinta: una energía ante la cual hay que estar presente para entenderla», dice. Para él, aunque sólo le llegan noticias de que el Perú ha crecido económicamente, muchas cosas siguen siendo iguales. «Muchos artistas dan una respuesta estética a los temas que les llaman la atención. Yo, a través de acciones simples, busco dar una respuesta empírica», dice. No busca dar un punto de vista totalizador: exige que cada espectador saque sus propias conclusiones. «Mi trabajo termina cuando el espectador me ve: él es quien debe forjarse una respuesta».