El artista que anudó hilos, calles y personas

Por Jesús Cuzcano / Fotos de Oliver Lecca
Pancho Basurco es un artista textil peruano que rompe las barreras de lo convencional. Luego de recorrer algunas de las comunidades más remotas del Perú y parte de Europa, se presenta con el propósito de llevar su arte a otro nivel. Ya no solo busca enlazar hilos, sino también vidas.
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Puno, 11 de octubre de 2014. Sentado en el suelo, Pancho Basurco lleva a cabo un ritual durante el último día del festival Hatun Ñakaj. Un chamán está a su lado. El artista extrae con las manos un conjunto de telas de la tierra, como si tirara de un cordón umbilical. Así presenta su proyecto más reciente: Anudando la tierra.

De pronto, a raíz de su acción, todo se descontrola: hay música, danzantes, las personas van de un lado a otro, mientras anudan telas con las manos y crean una gran red de colores… Pancho las observa sonriente. Comprende la complejidad de un tejido y hace un símil con la vida: «Al igual que un hilo, cada persona es un universo en sí, y, a su vez, forma parte de algo más grande».

De niño Francisco Basurco vivía en una casa de campo en Pachacamac. Rodeado de animales, plantas, troncos y chacras, el pequeño que aún no conocía su futuro como artista pasaba el tiempo dibujando y pintando. «Desde chico aprendí a ser consciente de la conexión que tengo con la tierra», dice más de dos décadas después.

A principios de los noventa, impulsado por el deseo innato de expresar su arte, comenzó sus estudios como diseñador gráfico. Fue por esas épocas que el joven Francisco se quedó anonadado tras oír el comentario sorpresivo de uno de sus profesores. «¿Tú qué haces acá? –le dijo–. Tú no eres diseñador; eres artista».

Años después, como quien sigue una premonición, optó por dar un giro y matricularse en la Escuela de Bellas Artes. En aquel entonces también viajaba con frecuencia a la ciudad del Cusco, y sentía que aquel lugar lo seducía. Pancho es así, una persona que disfruta del contacto con la naturaleza y hace lo posible por no racionalizar sus emociones. Por eso se mudó a la ex ciudadela inca hacia 2000. «Simplemente sentí que tenía que vivir allí», sonríe. «Para mí eso era suficiente».
Allí empezaron sus primeros experimentos con los textiles. «Dejé los bastidores, el óleo, la pintura tradicional con la que trabajaba en la escuela y empecé a comprar yute». No tardó mucho tiempo en darse cuenta de su pasión por el arte precolombino, gusto que encontró mayor asidero cuando se percató de que en el país existen pocos registros de aquella expresión artística, y decidió viajar por el interior del Perú en busca de inspiración. «Si no había una historia de la cual aprender, yo la iba a buscar».

Su proyecto fue evolucionando. Llegó a Europa en 2003, y ese mismo año, junto con otros cuatro artistas peruanos, hizo su primera exposición en Ginebra: La modernidad del arte precolombino. Después su arte llegaría a Alemania, Holanda, España y Francia, pero, como buen amante de la tierra a la que pertenecía, Pancho regresó.

Una tarde de 2008, ya de vuelta en Lima, entró a la galería Artco de San Isidro, donde exponían piezas que utilizaban técnicas prehispánicas. Buscaba una oportunidad para mostrar su trabajo en el Perú, pero en primera instancia lo rechazaron. «Me dijeron que lo que hacía no era arte», recuerda Pancho, que no se dejó amilanar por la negativa. De entre sus cosas rescató un CD en el que recopilaba las investigaciones que había realizado durante su expedición por el Perú, y equiparando el arte precolombino con obras como las de Joan Miró, M. C. Escher o Vasili Kandinski, logró captar la atención de las personas que en ese momento estaban presentes en la galería. «Les hice una especie de miniconferencia», cuenta con orgullo.
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Al finalizar su discurso, Pancho sintió que algo estaba a punto de iniciarse. Silvia Cabieses, directora de la galería, alzó la mirada. «¿Cuándo quieres exponer?», le preguntó. Él sonrió, y al poco tiempo expuso allí su primera muestra en el país: Tocapus.

Pero su arte con los hilos solo era una parte de lo que quería hacer; estaba en busca de algo más, de un arte que cobrara vida. «No somos un Perú de museo; somos un Perú que respira, que está vivo», advierte. Fue así como llegó a Anudando la tierra, un proyecto que inició en 2013 con la idea de no ser el único protagonista de su obra. Quería que el universo de hilos que creaba se reflejara en una expresión comunitaria, una que lograra mostrar que todos somos parte de un todo. «Es como si, enérgicamente, cediera la posta a la gente y ella misma lo hiciera».

Desde entonces el proyecto ha celebrado nueve intervenciones dentro del país, en lugares tan ignotos como Tambopata (Madre de Dios), Yarinacocha (Ucayali) o Paucartambo (Cusco); se ha trasladado a Uruguay y Bolivia, y este año ya se proyecta a Taquile (una pequeña isla en el lago Titicaca) y al templo del Coricancha (Cusco).
Pancho recuerda con claridad la primera vez que dio vida a su proyecto. Fue en Pachacamac, cerca de la casa de campo donde dibujó sus primeros trazos. El artista creyó necesario que fuera allí. Para él la vida es un conjunto de ciclos, y este tenía que cerrarlo.

«El textil vendría a ser una contraposición de lo que nosotros somos: seres individuales que pertenecemos a un todo».

Ya es de noche en la ciudad de Puno. La presentación de Pancho en el festival de arte Hatun Ñakaj está por terminar. El corazón de la ciudad está cubierto por una red de telas de colores. El artista sujeta algunas y las dirige al suelo, como si el cordón umbilical que en un principio sacó de la tierra retornara a ella. Luego hace una pausa: el ciclo se ha cerrado. El proyecto se puede llevar a cabo en otro lugar.

¿Qué es entonces lo que Pancho Basurco busca proyectar con su arte? Sin el afán de sonar pretencioso, él responde de una manera simple: «Creo que es un acto de celebración de la vida».
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