El actor que siempre desaparece

¿Qué es lo que le queda a una persona que pasa la mitad de su vida haciéndose pasar por otro?

Escribe. Javier Wong Q. / Foto. Marco Garro
Su camioneta se desbarranca y da siete vueltas de campana. Lo persiguen a gran velocidad con una moto. Se arroja al vacio de un edificio luego de agarrarse a balazos con un par de sujetos. José Luy es un doble de acción en el Perú. ¿Qué es lo que le queda a una persona que pasa la mitad de su vida haciéndose pasar por otro?

José Luy está en la cima de un submarino, rodeado por el mar. Lo único que sobresale es la torreta, la parte más alta de la nave. «Cámara corre. Tres, dos, uno: ¡acción», se escucha. Solo entonces salta. Su cuerpo impacta con el agua y se hunde. «Sentí mi cabeza rozar con la base, estoy seguro, el pelo se me levantó antes de sumergirme», dice. Cuando emergió a la superficie, le pidieron que haga la toma de nuevo; él no accedió. Su margen de control era escaso, no iba a arriesgarse y salvarse por un par de centímetros nuevamente.


Luy tiene 54 años, habla y se mueve despacio, como en una película de intriga. Viste de negro, es de contextura gruesa y tiene las orejas coloradas. Ha resistido los embates de una profesión en donde pasar desapercibido resulta el arte más elevado. Ser invisible es su mejor carta de presentación. Hacer maniobras imposibles con el auto, ser perseguido en una moto a gran velocidad, agarrarse a balazos con otro personaje o saltar al vacío desde el sexto piso de un edificio. El oficio de Luy lo obliga a no existir dentro de los márgenes de la pantalla. Su pericia es ser tomado como otro. Es, en cierta forma, un rey del engaño.
Los dobles de acción también pueden decir «no», como Luy aquel día en el submarino. No se trata de ser un temerario, se debe tener autocontrol. «El miedo se puede medir de distinta manera y en distintas situaciones dependiendo de cada persona», dice el doble de acción peruano. José Luy no le tiene pánico a las arañas ni terror a los espacios abiertos, tampoco se conmociona al ver sangre Solo le tiene miedo a lo que no controla, a lo que escapa de sus capacidades: un cable que no se ajustó bien, el arnés flojo o una distancia mal medida. Lo que diferencia a Luy, al miedo de Luy, es que un error puede conllevar su muerte instantánea. «Es como la vida, pero llevada al extremo».

José Luy muestra unos videos con sus acrobacias. Su carrera como doble empezó en una producción americana. La película se llamaba Misión en los Andes. «Mi primera escena fue en moto», recuerda mientras busca más videos en su laptop. Él no estudió para lo que hace, terminó la carrera de Administración y luego extrajo conchas de abanico por cuatro años. La primera vez, de curioso, fue a un casting y lo eligieron. Tenía 27 años. «Debemos saber hacer de todo», dice el doble que ha pasado la mitad de su vida haciendo de otro. Ellos aprenden a manejar su cuerpo como peces en el agua. Si algo le ocurre, algo grave, su carrera acabaría. Luy lo sabe, por ello el cálculo forma parte habitual de su rutina profesional.

Los dobles de acción miden su miedo. Al igual que un analista financiero toma riesgos calculados o un técnicode fútbol plantea una formación ofensiva, Luy busca reducir sus chances de fracaso teniendo todo concienzudamente planificado. «O no pasa nada o te mueres». Hay escenas que tienen que salir a la primera. La volcadura de una camioneta en la serie Al Fondo hay Sitio lo hizo repetir la acción tres veces, el vehículo no se volteaba. Cuando lo hizo, dio siete vueltas de campana y José terminó con el ojo morado y parte de la cara golpeada. Heridas menores. Cálculos, no muertes, a lo mucho cicatrices de guerra.

En la sierra, Luy tuvo que idear una escena maestra. Era un atropello, el carro golpearía a un personaje de la película La luz en el cielo, donde hizo de conductor y víctima. «Yo conduzco el carro y llego al límite de chocar al personaje», cuenta el doble. Luego, él mismo es impactado y rueda por una pendiente. «Pegaron las tomas y parece que el personaje está siendo atropellado». Ahora José Luy se cambia, abre una gran maleta y se coloca implementos extraños. Rodilleras multicolores, trajes hechos de asbesto y una voluminosa pechera. El trabajo de Luy y de los otros dobles se encuentra supeditado a la magia de la cámara. «¿Realmente fue solo eso lo que hice?», se preguntó al ver sus hazañas. Quince segundos de acción pueden convertirse en un par de segundos en la edición final.



El año pasado se estrenaron ocho películas peruanas. Estados Unidos produce 800 y en Bollywood, se proyectan 900. Doblistas internacionales hacen mucho más escenas que Luy. La industria los requiere. Hay un mercado activo que mueve millones e incluso dobles que dirigen. James Lew, leyenda hollywoodense del doblaje que ha orquestado batallas enteras junto a Steven Seagal, estrenó su propia película: Eighteen fingers of death. Se trataba de una parodia de sí mismo. Lew doblista convertido en Lew estrella de Hollywood. Luy, el peruano, nunca ha sentido la necesidad de figurar delante de la pantalla. Va en contra su filosofía de lo que significa el doblaje. «El talento es saber que uno puede lograr hacer la escena». Lo que aprecia es la destreza multifuncional que pueden tener los dobles. Saltar, esquivar, caer, disparar, pelear. También es un investigador de experiencias. Los dobles, invisibles y escondidos, deben conocer momentos críticos, extremos, que tal vez nunca han vivido pero interpretan de cuando en cuando.


En Tarapoto, Luy trabajó en una película del director norteamericano Eli Roth ―el nazi judío de la película de Tarantino Bastardos sin Gloria―. Se llamaba The green inferno y la trama involucraba varias escenas de peleas en la selva. Aquí el protagonista no es José, sino una actriz que él llevó. Estaban en el río Amazonas, filmando sobre un barquito. El guión pedía que la chica salte al río. Lo hizo y casi se mata por el fuerte caudal. «El momento que te gritan acción te marca, ya no hay vuelta atrás».

Ahora Luy está paralizado. Le han pedido que se mantenga quieto para tomarle unas fotos. Justamente eso debe evitar en los set de grabación, quedarse frío. Los momentos antes de rodar una escena son como los de un nadador esperando la chicharra: se hacen eternos. Se requiere concentración y no ahogarse ante una misión que demora segundos; más aún cuando tu vida depende de ello.

Este no es un oficio para distraídos. Todo tiene que calzar. La escena debe superar a la realidad misma. Debe engañar a los espectadores. Resulta un gran ejercicio de psicomotricidad. Cabeza y cuerpo enfocados plenamente durante los pocos segundos que el doble entra en acción. Aquí su oficio cambia. Una carrera de cien metros planos requiere un cuerpo automatizado. José Luy no. Él debe pensar y detenerse cuando escucha “corte”. Al momento que la cámara dispara, el gesto de Luy cambia. Cobra protagonismo. Las luces apuntan hacia él y se convierte en la estrella, en el amo del autocontrol y el delirio orquestado. La escena acabó. Su momento de fama fue visto por todo el equipo de producción. Fue un héroe durante diez segundos y ahora regresa, se hace invisible de vuelta.