Dueño de las tablas

Por Gabriela Ramos / Fotos: Phoss
Para Alberto Isola, el boom teatral es una ilusión: el buen teatro ya se hacía en los auditorios peruanos desde que tenía quince años. A puertas de estrenar Otras ciudades del desierto, la nueva puesta de La Plaza, conversamos con él sobre el amor de su vida: el teatro.
isola1
Alberto Isola llega a la Taberna Queirolo caminando con un aire despreocupado. Lleva lentes de montura ancha y negra, y un gorro oscuro que lo protege del sol. Bajo el brazo carga una pequeña ruma de libros y publicaciones. Saluda amablemente. Su llegada desprende un velo de misterio: el que no tenga celular dificulta la tarea de ubicarlo, por lo que unos pocos minutos de retraso se convierten en una duda constante por determinar en qué momento aparecerá.

Llevas más de cuarenta años involucrado en el teatro…
¿Cuarenta años? ¡No! ¡Más! Empecé a los quince y ahora tengo 61. Así que son… 46 años.

¿Y cuál fue el primer chispazo?
Es un caso bien curioso. Si seguimos con la lógica del amor a primera vista, se dio en cuarto de media. Un hermano del colegio me invitó al club de teatro. Entré a ver un ensayo y literalmente –no exagero– no quise hacer nada más por el resto de mi vida.

¿Tenías alguna otra afición antes del teatro?
Quería ser como uno de esos autores del boom latinoamericano, pero me aburría escribir en solitario. Con el teatro descubrí la posibilidad de crear en el espacio y el tiempo. Además era muy tímido, así que la actuación me dio una posibilidad de acercarme a las personas.

Durante el último año de colegio, Alberto dirigió su primera obra. A partir de esa experiencia, en la ceremonia de graduación, el director del colegio dio un discurso en el que lo citó como un ejemplo de vocación. Él tan solo tenía 16 años.

Suena muy positivo poder tener la vocación clara a los dieciséis…
Sí, claro. ¡¿Qué habría sido de mi vida si no la hubiera tenido tan clara?! Y de ahí no he parado.

¿Tuviste alguna traba al intentar seguir tu vocación?
Casi de inmediato. Los Isola eran hombres de negocios, así que mi padre se opuso, pero llegamos a un acuerdo.

¿En qué consistió?
Si seguía dos años de letras en la Católica, luego podía dedicarme a lo que quisiera. En ese entonces, la universidad estaba en la plaza Francia, y el TUC, a solo media cuadra… Sin querer, mi papá me puso en la puerta del teatro.

Historias pendientes

Al terminar esos dos años de estudio, Alberto corrió a mostrar sus notas a su padre. «Todas altísimas, excepto Matemáticas», confiesa con un pequeño rastro de culpabilidad y resignación.

Ya con su carta de libertad en la mano, partió hacia Milán a estudiar dirección teatral.

A primera instancia querías ser director y no actor.
Esa es una parte extraña de mi vida. Nunca me concebí a mí mismo como actor. Pero cuando empecé a estudiar dirección, también empecé a actuar.

¿Qué debe tener una obra para que la dirijas?
Es curioso porque hemos hablado de amor desde el comienzo. Tiene que haber un proceso de enamoramiento. A veces la obra te atrapa a la primera lectura, pero no siempre. No es un proceso racional.

¿Qué historia sientes que te falta contar?
Te voy a ser bien sincero: hay una nueva generación de directores y directoras con los que, como actor, quiero trabajar. Además estoy más interesado en proyectos nuevos como director. Más que en obras consagradas, estoy participando en proyectos que recién se van a escribir.

¿Entonces eres abierto al cambio entre generaciones?
A un lado de mí, el cool, le encantaría decir que sí. Creo que en general lo soy, pero a veces también –no me encanta aceptarlo– me apego a algunas cosas. Hay ciertas creencias y principios sobre los que sí soy terco.

¿Como cuáles?
La pasión por el teatro. Aunque no es solo pasión, porque todo el mundo habla de ella. Es la disciplina, la actitud de respeto… Yo vengo de una generación distinta –odio hablar así, pero te lo voy a decir–, a la que le costó mucho. A veces siento que hoy en día hacer teatro es un poco más fácil que antes.

Pero, en líneas generales, ¿crees que podría decirse que el teatro peruano ha avanzado?
A ver, no hay boom. Hay que partir de ahí. Un boom para mí es un montón de teatros llenos de gente. Ahora solo hay algunos teatros llenos… y no siempre.

_MG_8900 come oggetto avanzato-1 ret

Mientras responde esta pregunta, Alberto se saca los lentes y los deja a un lado. Empieza a recordar que a los quince años, cuando su afición comenzaba, se armaba de un saco e iba a todos los teatros del centro de Lima. «Y recuerdo haber visto cosas muy buenas», aclara con voz firme antes de advertirme que no es que la nostalgia lo haga ver el pasado con añoranza. «Lo que ocurre es que somos un país con una muy mala costumbre: pensar que todo empieza con nosotros, que antes no había nada. Somos muy desmemoriados».

Tu pasión por el teatro te ha llevado a actuar y a dirigir. ¿Nunca pensaste en escribir?
No me veo como un dramaturgo; a mí me gusta crear en el escenario. De hecho, cuando era chico, escribía unos poemas horribles y unos cuentos que nadie entendía. Incluso los enviaba a concursos. Era un petiso un poco soberbio y, como nunca ganaba, me daba ira y soñaba con vengarme.

¿Y ahora escribes?
Sí, pero ensayos. Estoy empezando un libro sobre la historia del teatro en el Perú entre 1821 y 1921. Espero terminarlo en un par de años.

Normalmente realizas obras en paralelo, y ahora también vas a escribir. Tu ritmo de trabajo suele ser superdinámico. ¿Cómo haces?
¡Ja, ja! Mi propósito de año nuevo es dejar de hacer las cosas en simultáneo. No se lo recomiendo a nadie. Felizmente he tenido suerte de trabajar con gente paciente. Hasta podía dormirme en un ensayo, y no se molestaban y avanzaban sin mí. Lo que pasa es que soy muy angurriento, voraz. Al igual que con la comida, en el teatro quiero hacer todo. Pero finalmente te empiezas a dar cuenta de que tienes que bajar un momento el ritmo.

¿Cómo te das cuenta?
Voy a contarte una anécdota para que te hagas una idea. Hace poco fui a pagar la luz y estaba en la cola. Se me acercó el guardia y me dijo que podía pasar a la fila preferencial. Cuando hacía televisión, era muy común que este tipo de tratos especiales ocurriera, así que le dije al hombre que no se preocupara, que yo esperaba. Él me respondió que a mí me tocaba la otra cola por mi edad. Para mí fue un shock, ¡imagínate! Me molestó darme cuenta de que el tiempo pasa y que la gente me ve de otra manera.

¿Te importa mucho la opinión de la gente?
Creo en la importancia de la crítica. Aunque me pico, termino por entender. Lo que me molesta es una crítica que no lleva a nada.

¿Cuál es la crítica que más recuerdas?
No hago cine a raíz de una crítica condenatoria sobre un pequeño papel que hice en la película coraje, de Chicho Durant. Dijeron que era la actuación más lamentable en la historia del cine peruano.

Afortunadamente ese bache no lo llevó a dejar de lado la actuación. Es más, a partir del 29 de enero, lo veremos encarnando a Lyman Wyet, su personaje en otras ciudades del desierto; un hombre de familia, actor de Hollywood, amigo personal de Ronald Reagan y, además, republicano. «Todo lo contrario a mí», aclara Alberto.

La obra discurre con la llegada de Brooke –interpretada por Wendy Vásquez–, la hija menor que regresa al nicho familiar. Ella está escribiendo un libro sobre un hecho traumático para sus padres, y aun así pretende obtener su aprobación, lo que desata una serie de conflictos familiares.

Siendo tan diferente a Lyman, ¿cómo te adentraste en el personaje?
Es un proceso fascinante y desordenado. Por un lado la primera cosa que trato de encontrar es una ligazón con el personaje. Pensé en personas que conozco y creo que se parecen a él. Pensé mucho en mi padre, también, que es de la misma generación…

Alberto interrumpe su respuesta para confesarme un secreto: para él un personaje no existe hasta que interactúa con otros actores. Justo ahora que el tiempo ha pasado velozmente, tiene que ir a ensayar a las seis en punto. Son los ensayos en los que Lyman terminará por definirse.

Su método –me cuenta– ya no es abocarse por completo a construir al personaje a través del estudio. «Lo mejor es dejar que aparezca solo, sin forzarlo». Y después de tantos años de experiencia sobre las tablas es imposible no creerle.

Te consideran un ícono del teatro peruano, ¿cómo llevas ese rótulo?
‘Ícono’ es una palabra que me pone nervioso. Creo que he hecho cosas buenas y tengo un acercamiento al trabajo bastante honesto. No sé si sea un ejemplo, pero sí una imagen para otras personas. Lo que no me gusta es que me endiosen. Me hace sentir que debo de hacer algo extraordinario, y no hay nada que te inhiba más que eso.

Antes de despedirme de él, intento saciar mi curiosidad y averiguar por qué odia los celulares. Me responde siguiendo una de las doctrinas teatrales: el aquí y el ahora. «Un celular es una intromisión a ese espacio», explica. «Peor cuando estás en una función y suena un celular… ¡Mataría al responsable! Yo prefiero concentrarme en el momento: creo que por eso soy un hombre de teatro».

isola3