Dromómanos

Cuatro jóvenes inquietos recorren Latinoamérica cazando historias en un Volkswagen azul

Textos y fotos (desde La Paz, Bolivia): Alejandra Sánchez José Luis Pardo Pablo Ferri Jaled Abdelrahim
Cuatro periodistas jóvenes e hiperactivos –tres españoles y una mexicana– deciden dejarlo todo y viajar en un Volkswagen gris desde Tijuana hasta Tierra del Fuego para seguir la ruta del narcotráfico y, de paso, «entender quiénes somos los que habitamos este continente».

Dromomanía. Dícese de aquella inclinación excesiva u obsesión patológica por trasladarse de un lugar a otro. Alejandra, José Luis, Pablo y Jaled son víctimas orgullosas de este síndrome. Cuatro amigos que un día, aburridos de la rutina de sus empleos en un diario, trasladaron sus escritorios a oficinas menos ortodoxas: el desierto mexicano, una playa caribeña, algún pico alto en las montañas de los Andes.

Se hacen llamar Dromómanos. Periodistas curiosos por impulso, nómadas con causa y ávidos de la razón más que de la aventura. Con libretas en mano, una cámara fotográfica y un camino, comenzaron su camino en diciembre de 2011 en México, y se propusieron llegar, en un año, hasta la Patagonia argentina, en un Volkswagen Pointer de 2003, documentando en el camino las historias que pasaban por sus ojos y oídos. Durante el viaje, una oferta laboral les cambió ligeramente los planes: un diario mexicano les ofreció hacer una serie sobre narcotráfico en América Latina. Aceptaron sin pensarlo.

Así comienza esta historia. Con casi trece meses en la carretera, 32 mil kilómetros de recorrido y sin haber llegado aún a su destino [hoy en día están en Bolivia], los dromómanos cuentan algunas de las peripecias del camino, entre el peligro de los cárteles, los paisajes interminables y la gente inolvidable que conocieron atravesando el continente.

San marcos, Guatemala
Marzo 2012 [Alejandra]

Primer paso: ir al departamento de San Marcos, donde el rey es un narcotraficante muy querido, llamado Juan Ortiz, Chamalé, quien durante años ha tenido alianzas con el cártel de Sinaloa y está a punto de ser extraditado a los Estados Unidos.

—El narco guatemalteco es traicionero —me dijo un periodista local—. No advierte y mata sin anunciarlo.

Hace un par de meses, un reportero había sido asesinado frente a su computadora en la habitación del hotel donde escribía un artículo sobre narcotraficantes guatemaltecos. A otro, que quisimos entrevistar y se negó, unos hombres lo sacaron de su casa a las tres de la mañana. Iba en calzoncillos con la cabeza cubierta por un saco. Lo subieron al coche y lo pasearon toda la noche para que no publicara una noticia sobre la fuga de unos hombres que habían matado a un futbolista. Su periódico no quiso parar la publicación y tuvo que escapar a ciudad Hidalgo [México], donde estuvo refugiado casi un año. Con esos antecedentes me di cuenta de que estoy investigando un tema de riesgo y que este viaje de cuatro soñadores recorriendo Latinoamérica ha terminado, cuando apenas inicia, para empezar a trabajar de verdad.

Nos hospedamos en el segundo mejor hotel de San Marcos. No hay hospedaje en ningún otro lugar. Pero la paranoia me ganó. Pensé en poner almohadas en la cama y o esconderme en una habitación vacía. Llamé a mi madre y a mi mejor amiga para decirles que estoy en un sitio peligroso y que si no saben nada de mí pronto llamen a la embajada. José Luis, en cambio, fumaba tranquilamente en el aparcamiento del hotel.

Con los días, la paranoia ha sido sustituida por la costumbre. Y el peligro por la insensatez. En nuestro trabajo el único que corre riesgo es el reportero local. Nosotros siempre nos vamos.

San José, Costa Rica
Mayo 2012 [José Luis]

Hoy descubrimos que somos unos impostores. Nos despertamos pensando que éramos periodistas con una lista pendiente de entrevistas, pero unas horas después, mientras estábamos en el Ministerio de Seguridad de San José esperando entrevistar al jefe de la Policía Antidrogas, unos policías nos dijeron que nuestro destino era dormir en el calabozo, que era el lugar que le correspondía a gente como nosotros: peligrosos narcotraficantes.

Cuando llegamos a Costa Rica, el país más feliz del mundo, como reza un cartel de promoción para los visitantes, nunca sospechamos que en realidad éramos una amenaza para esa felicidad. Pero formulamos la primera pregunta y la respuesta fue una retahíla de cuestiones que parecían destinadas a saber si éramos los primos del Chapo Guzmán –el hombre más buscado por el FBI e Interpol– o algo parecido.

—¿Qué día entraron en el país? ¿Por qué frontera? ¿Qué hacen aquí? —preguntaba el jefe de los servicios de inteligencia—. Mis informantes niegan que sean periodistas haciendo un reportaje.

Pablo y yo no salíamos de nuestro asombro. El jefe de los servicios de inteligencia estaba convencido de que había desenmascarado a los dos españoles que estaban sentados en su oficina. El rostro del tipo se contraía, y sus cejas simulaban dos acentos contrapuestos cada vez que le respondíamos con una sonrisa de ¿qué está diciendo? El mismo gesto se repetía mientras examinaba una acreditación que le di.

—Esto lo puedo sacar yo de internet en cinco minutos.
—¡Pero si está firmado por el editor!
—La firma también la podría haber copiado.

Todo era muy surrealista, pero lo más extraño era aquello de los informantes. ¿Quién había perdido tiempo en seguir nuestros pasos? Obtuvimos la respuesta cuando el jefe de inteligencia mandó llamar al hombre que le había proporcionado tan valiosa información. Se abrió la puerta de aquella sala aséptica, desprovista de cualquier decoración, y apareció un cincuentón bajito con ojeras, papada y barriga prominentes.

—Soy José Meléndez, el corresponsal para Centroamérica de El Universal de México —se presentó después de tomar asiento frente a nosotros—. He llamado al subdirector del diario y me dice que no los conoce.

El tipo estaba cargado de razón. No conocemos al subdirector de uno de los mayores diarios de México. Tampoco a los de otros medios para los que escribimos. Somos periodistas freelance, no solemos sentarnos a discutir con nadie en una sala de reuniones.

—O me traen mañana sus pasaportes y una acreditación firmada por el editor o mando cerrar las fronteras y los encierro en el calabozo.

Fue lo último que nos dijo antes de dejarnos marchar. Unas horas más tarde llevamos al Ministerio de Seguridad lo que nos había pedido. Entrevistamos a toda la plana mayor de la lucha contra las drogas en Costa Rica. El ministro se tomó unas fotos con nosotros. «Si tienen problemas en la frontera se las enseñan y si no [los dejan pasar] me llaman», nos dijo. Todos volvían a sonreír. Habían recuperado la felicidad prometida en los carteles turísticos.

Preguntamos por el jefe de inteligencia, pero nos dijeron que no se encontraba. Ese tal Meléndez tampoco volvió a aparecer.

Caracas, Venezuela
Agosto 2012 [Pablo]

Llevamos un par de semanas en Caracas buscando testimonios para ilustrar una historia que había llamado nuestra atención: la capital venezolana presenció el asesinato de más de 120 policías en el último año y medio. Es una tendencia que habíamos observado leyendo periódicos en diagonal. «Mira otro», «y otro», «y otro».

Habíamos leído que los malandros de las barriadas estaban detrás del acoso a los uniformados. Supimos que muchas veces solo se vengaban de las malas artes policiales; que el precio de las armas había subido en los últimos meses y que los agentes son presa fácil cuando andan solos; que matar a un policía eleva el estatus de cualquiera en su banda. Entonces quisimos conocer su territorio y así dimos con el padre Alejandro.

El cura conoce a jóvenes de las barriadas porque él mismo vivía en una y enseguida nos invitó a visitarla. Eran quinceañeros bronceados que fumaban, andaban de arriba a bajo con las canciones de sus celulares y sus jeans a la moda. El barrio era una calle en pendiente, angosta y soleada. Pequeñas construcciones beige de una y dos plantas sobre el valle verde. En la parte alta de la calle, cerca de la carretera, un muchacho había muerto hacía pocos días. Unos amigos del padre Alejandro nos explicaron que alguien lo había matado y que luego una moto lo arrastró un par de kilómetros hasta el basurero. Pero el barrio, según él, era «tranquilo».

Calle abajo, un grupo de chicas de catorce o quince años, varias de ellas con bebé en brazos, jugaban con sus celulares y nos miraban con curiosidad. Les dijimos hola, les pedimos una foto y todas pusieron cara de Charlize Theron anunciando perfumes caros. Una se lo tomó muy en serio –o pensó que yo vivía de hacer fotos– y preguntó si me quedaba con ella. Era la abeja reina, la Charlize Theron del barrio, así que me ruboricé. Pedía que me quedase como si supiese que con un poco de insistencia lo conseguiría. Por un momento pensé que ella lograría convencerme, porque nadie le dice que no a Charlize Theron, aunque allí oliese a marihuana y hubiese perros olisqueando basura y niñas de quince cargando bebés.

En realidad no quise decirle que buscaba chavales de su edad que me explicaran por qué aparecían tantos policías muertos en Caracas. Que no me podía quedar, vaya. Luego ella dijo que se venía conmigo y que me la llevase y… bueno, seguimos calle abajo.

Paseamos durante horas y colegas del sacerdote se ofrecieron amablemente a llevarnos hasta el metro al final de la tarde. Pasamos por donde mataron al chico. El carro fue por encima de donde estuvo su cadáver días atrás. «Hasta ahí lo llevaron», me dijeron, y señalaron el basurero. Cuando los dejé, me quedé pensando en el chico muerto y el basurero, en los estudiantes y en Charlize Theron. Pensé en la casa donde vivía ella, una casa de una planta o dos y fachada beige, plantada sobre el valle. Me pregunté si tendría hijas, si algún día saldría de allí, si la matarían por equivocación o porque alguien pensaría que lo merece por algún motivo que yo jamás alcanzaría a comprender. Pensé también que en realidad no se parecía a Charlize Theron, pero que daba absolutamente igual.

Cauca, Colombia
Octubre 2012 [Jaled]

Para un fumador empedernido es importante encontrar un rinconcito donde escaparse a echar sus cigarros. Alejandra y yo estamos reporteando la situación que viven los poblados indígenas del norte del Cauca (Colombia), y el tejado del edificio donde estamos alojados, la sede del cabildo indígena de Corinto, parece el lugar perfecto para maltratar mis pulmones, que por la noche suelen pedirme una ración extra de nicotina. Al fin y al cabo, subido allí estaría cumpliendo con el toque de queda no oficial –eran como las diez de la noche– que los habitantes de esa ciudad soportan desde hace mucho.

Ocurre que las poblaciones indígenas de este departamento, integradas por 250 mil habitantes de cerca de una decena de etnias precolombinas, viven desde hace seis décadas atrapadas en medio del fuego cruzado que mantienen en los montes el Ejército y el grupo guerrillero de las FARC. Sus tierras se convirtieron en la línea de medio campo del partido de bombas, cohetes, minas y balas que vuelan de cerro a cerro por encima de sus cabezas.

Tres adolescentes miembros de la Guardia Indígena, el desarmado cuerpo de seguridad nativo, permanecen en el caserón para protegernos. Sobre las once y media de la noche, horario infantil para mi ritmo de sueño, subo a fumarme mi penúltimo cigarro en la terraza y vuelvo adentro para intentar descansar. Imposible pegar el ojo. A la una, mientras todos duermen, pienso en volver a mi rinconcito, pero de pronto mis planes se trastocan.

En el exterior arranca una tormentosa y larga guerra de ráfagas de balas cuya procedencia y destino parecen cercanos.

Entonces alguien golpea con fuerza las puertas desde fuera. Me invade el miedo y pienso que los guardias tendrán un plan para estos casos. Pero resulta que a ellos la guerra les pilla de rutina. Lo más impactante de todo es comprobar que cuando me incorporo en mi saco y enfoco las caras de los que están a mi alrededor con una linterna, Alejandra es la única que ha adoptado mi posición y mueca de temor en el rostro. El resto, acostumbrados al ruido, ni siquiera se ha enterado.

Corro hacia Alejandra porque en esos casos la cercanía da calma. El dilema es: ¿hacemos de periodistas de guerra y subimos a mi rincón de fumar para ver qué está pasando desde arriba, o nos metemos en nuestros sacos y cerramos la cremallera hasta arriba? Es entonces cuando creemos escuchar pasos en el tejado.

«Ven, escondámonos detrás de esta columna», le sugiero a mi compañera como si tuviese alguna idea de qué hacer. Pasado un rato agazapados como cobardes y habiendo cesado el combate, decidimos volver a nuestros sacos como permanecen los jóvenes que nos acompañan. Comprendo que mi malestar es ridículo si lo comparo con el que viven día a día los hombres, mujeres y niños que viven atrapados diariamente en esta situación. Sin duda, hay mejores formas de dejar de fumar.

Aunque sospecho que por hoy no habrá más cigarrillos.

Vraem, Perú
Noviembre 2012 [Alejandra]

Tres hombres en una moto se bajan a ayudarnos a empujar el coche para pasar una pequeña cascada en la carretera que va del Cusco al Vraem, una zona de conflicto donde militares y narcoterroristas batallan por el control de las tierras, que tienen como principal cultivo a la hoja de coca. Nos piden que los llevemos a Kepashiato, a unos 45 minutos de distancia, pero luego notan que no cabemos y deciden seguir su camino.

Kilómetros más adelante, una señora que recoge hoja de coca con otras cuatro mujeres y decenas de niños nos pide que llevemos al pueblo a su hija enferma de dos años. Decimos que sí y de repente se suben cuatro niños al coche. Tres de ellos van atrás, conmigo, entre cuatro maletas, almohadas, sacos de dormir, libros y una hielera. El otro va adelante, con José Luis. Tuvo que meterse por la ventanilla pues la puerta del viejo Volkswagen no abre.

La niña llora. Tiene fiebre y las manos llenas de heridas hechas por una especie de hongo. Su hermano mayor, que la lleva en las piernas, la consuela. Le enseño un peluche de Angry Birds, que Pablo trajo para el viaje, y empieza a reír. Los niños habían recogido la cosecha de la hoja de coca y la estaban secando antes de que empezara a llover. Era sábado. Aprovechaban su día libre para ayudar a su madre, una costumbre muy común en el Vraem.

Fernando, el mayor, dice que quería ser chef internacional. Su hermano Daniel, el que va al frente, le cuenta a José Luis que hace unos meses había visto a un alemán, «así de blanco», y le pregunta si en España se habla español. Su otro hermano duerme sobre mí regazo.

—¿Tú sabes para que se usa la hoja de coca? —le pregunto a Fernando, de doce años, que está a punto de entrar a secundaria.
—Sí, por eso me gustaba más cultivar café —responde fríamente.
El chico habla como adulto y es especialmente seco cuando habla de la coca.
—¿Cada cuánto vienes?
—Los fines de semana. Con la coca hay cosecha cuatro veces al año. Tenemos mucho trabajo.
—¿Y quién la compra?
—Siempre viene gente diferente.
—¿Te quieres dedicar a eso?
—No, yo me voy a ir de aquí.

Pero Fernando nunca ha salido del Vraem. Me enseña a decir las pocas palabras que sabe en quechua. Dice que no hay forma de decir «hola», aunque si «cómo estás». Recuerda que la escuela iba a llevarlos a Cusco de excursión, pero las madres de los estudiantes se negaron por miedo a la carretera, que hace más de doce horas hasta allá. «Al menos he visto el zoológico que está aquí», dice. Mañana quiere ir a jugar fútbol pero no podrá, tiene que volver a recoger lo que queda de la cosecha.

Llegamos a Kepashiato pasadas las tres de la tarde. El consultorio del doctor está cerrado. Sin decir una palabra, Fernando toma a sus hermanos de la mano y se van caminando. Apenas se despide. No quiso que los lleváramos a su casa.