Disculpa mi francés

¿Qué puede perderse una fashion blogger en la semana de la moda en París por llegar tarde?

Escribe. Talía Echecopar

Estoy tarde. Las manos me sudan, tengo un gran peso en la nuca y pronto empezarán a salir lágrimas de mis ojos. Siento que me pongo cada vez más y más roja, y las piernas se me empiezan a desmoronar. Tengo una mezcla de rabia, molestia, frustración, emoción y adrenalina. Estoy fuera del desfile de Chanel —la casa de moda francesa más renombrada desde su fundación en los años 20— con una invitación hermosa que lleva mi nombre, vestido de diseñador y toda la parafernalia para asistir a un evento de esa envergadura. No sirvió para nada. Una vez más, estoy tarde. Las puertas del Grand Palais de Paris están cerradas, resguardadas por varios «mastodontes» que dicen non, désolé. Mi francés machucado no me ayuda en nada a negociar para que se apiaden de mí y me dejen entrar.
Era lo que más quería después de recorrer la ciudad, de desfile en desfile, durante nueve días y en tacos. Esos días confirmé algo que sabía: Paris siempre será la capital indiscutible de la moda, de la elegancia, de lo chic. Fueron noventa y cuatro propuestas de los mejores diseñadores del mundo y un tropel de fotógrafos de todas partes del mundo que se estacionaban afuera de los espectáculos, esperando, para registrar el estilo de los invitados y de esos otros, que solo van para ser fotografiados. Dior, Yves Saint Laurent, Paco Rabanne, Givenchy son algunos de estos íconos franceses, que seguirán dictando la moda. Claro, Chanel también.
Y yo estaba fuera, sin poder entrar.
Las casas de moda parisinas establecen aspectos históricos que defienden ferozmente su linaje. No es sorpresa que las nuevas cabezas de Christian Dior y de Saint Laurent despertaron esos monumentos para garantizar un buen recibimiento de sus primeras colecciones prêt- -porter. Los diseñadores Raf Simons y Hedi Slimane, ambos outsiders, supieron vencer el mayor desafío para un diseñador de hoy en día: reinterpretar los códigos de una marca emblemática para que su legado sobreviva. Una de las casas que aún no lograba ese equilibrio entre el presente y el pasado es Paco Rabanne. Pero su última colección, a cargo de su nueva directora creativa, Lydia Maurer, ha encontrado el camino de vuelta. Cuando la vi en el desfile, reconocí al mismo diseñador Paco Rabanne, a quien tanto leí, al que tanto estudié en el capítulo de la moda de los años sesenta. Hay seducción y los vestidos acompañan el movimiento de la mujer que los lleva ―dos características que apreciaba el maestro― siguen vigentes sobre la pasarela. Es como ir al museo y apreciar en vivo todo lo que viste en libros, todo lo que te enseñaron en clase. Quizás puede parecer exagerada mi emoción, pero entrar a un desfile en Paris es un logro. Al salir –luego de los quince minutos como máximo que dura uno de ellos–, había mucha gente que se quedó fuera intentando entrar.
Y es que no hay lugar para todos. Los invitados son, principalmente, compradores de las tiendas por departamento y multimarcas más importantes del mundo, celebridades, editores de moda y solo cierto sector de la prensa especializada. El resto se queda fuera, esperando un milagro que los haga entrar. Cuando lo vi en París, Mario Testino, el fotógrafo peruano más celebrado en el extranjero, me lo confesó: «a tu edad yo venía a todos los desfiles a ver a cuál me dejaban entrar».
Hoy, todos lo invitan a primera fila.
No es extraño que Paris todavía tenga tanto poder sobre la moda. Nadie es más experto en actitud que los parisinos: todos en la ciudad parecen estar comprometidos con generar un mismo manifiesto. Esa combinación parisina de confianza en sí mismos e indignación arrogante –que puede parecer grosera– se trata de una pantalla elaborada para lograr lo chic. No es raro: la moda ama el drama.
También fue dramático esperar afuera del desfile de Chanel. Podía escuchar a Chromatics, el cuarteto de Portland invitado personalmente por Karl Lagerfeld, el amo y señor de la marca, para participar en el desfile. Pero no tenía esperanzas de entrar. Hasta que uno de los mastodontes de seguridad volteó y me dijo: allé, courez, courez (vamos, corre, corre). Entonces sentí majestuosidad, perfección y plenitud. Chanel tiene, de lejos, los desfiles más impresionantes, comentados y recordados desde hace varias temporadas. Esta vez, no fue
la excepción.
Como fui la última en entrar, me dejaron de pie, adelante, casi en primera fila, en frente de Jennifer Lopez, su novio y su hija. A su lado, estaba el rapero Kanye West, Mario Testino y otras celebridades. Solo nos separaba una pasarela. No sabía qué mirar ante semejante espectáculo: molinos blancos de diecinueve metros de altura bajo el techo de cristal del palacio. Las modelos pasaban frente a mí entre las enormes estructuras metálicas sobre un suelo en relieve con una estética de paneles solares. Era perfecto. Hasta sentía una ligera brisa de verano. ¿Era mi imaginación o solo los molinos de viento soplando? Paris me trajo de nuevo a mi pasado, pero esta vez para crear nuevos recuerdos, increíbles e inolvidables. Aprendí la lección, prometo ser puntual y mejorar mi francés.