Desiré Mandrile

Es una viajera musical

Escribe: Javier Wong Q. / Fotos: Macarena Tabja y Fernando Criollo
De niña, mientras escuchaba a Paganini, un eximio violinista del siglo XVIII, se enamoró del conde Drácula. Pasó su adolescencia en Canadá, se hizo fan de Michael Jackson y leyó las sagas de Harry Potter y El señor de los anillos. Regresó a Lima y solo escuchaba Telestereo, la única radio que saciaba sus ansias musicales. Y hace un par de años, al igual que Gianmarco, entró a la escuela del Grammy. Cuando sube al escenario y canta, Desiré cierre los ojos y cree viajar a un lugar donde nada le incomoda.

Desiré Mandrile cierra los ojos.

Se para en medio del escenario en pleno ensayo. En una hora empezará el concierto. Una luz roja inunda la sala del teatro Británico, en Miraflores. La batería marca el ritmo: suave, pausado. Luego, empieza a sonar el bajo. Es una noche de jazz y soul. «Estamos todos locos ahorita», dice Mandrile. El guitarrista practica los acordes, los coristas calientan la voz y dos danzantes repiten la coreografía, una y otra vez. «Dos más y ya», le grita Mandrile al jefe de sala. Tienen que ir a cambiarse para el show. El sonidista se acerca y le dice, «Desiré, esto no va, se cancela».


Siempre le ha gustado la noche. En la universidad reprobó un curso porque empezaba a las siete de la mañana. Su nivel productivo aumenta de madrugada. «Mis arreglitos a las canciones son bien oscuros, ¿no crees?». Por eso compone, por eso canta: se va a un mundo gótico, negro. «De luna llena». Se siente sexy, lleva su cuerpo al compás de la música. Allí, entre la oscuridad y el misterio, puede sentir lo que tanto le gusta: la magia, lo maravilloso. De noche conecta más con esa parte suya.

Cuando habla, Mandrile tararea ritmos de la nada. Silba y chasquea sus dedos. Ahora está en su estudio que tiene los parlantes en silencio y algunos cables desconectados. Sigue allí, pero se ha ido. «No soy consciente de que me están mirando. Me voy a otro lado».

Luego regresa.

A los ocho años, Mandrile se enamoró de Drácula. Les decía a sus amigas que se había casado con el vampiro. Cada vez que salía un nuevo libro de Harry Potter, lo leía de un tirón. También devoró la trilogía de El señor de los Anillos. Cuando cierra los ojos, puede transportarse a ese mundo y vivir las historias que en él están descritas. Imagina ser la amante del conde de Transilvania; estudiar con Ron y Harry en Hogwarts; festejar con Frodo y Sam la derrota de Saurón. La música es su viaje. «Me voy a mi universo ideal».