Del mar al cielo

Por Rodrigo Alomía/ Foto de Bryan Luna
Alas del Mar es un aeroclub fundado hace poco más de tres años por los pilotos César Castillo y Gerardo Cortada en el balneario de Santa María. Desde ahí vuelan y ofrecen paseos a bordo de los ultraligeros, unos pequeños aviones deportivos con capacidad para dos personas con los que quieren difundir los deportes aeronáuticos.
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El Tiburón tiene más de treinta colmillos filudos que su hocico entreabierto deja ver. Su trompa es larga, brillante y azul, y su par de ojos pareciera que siempre apuntan con dirección al cielo. Esta mañana en el aeródromo de Santa María, ubicado en el balneario homónimo, el Drifter tándem azul y amarillo del piloto y paracaidista César el Chino Castillo, al que él bautizó como Tiburón, está estacionado esperando su próximo despegue.

A pesar de que el día está nublado, Castillo —59 años, la barba cana y una estatura por encima del metro ochenta— augura un buen vuelo. Él está sentado en una improvisada salita de estar que está afuera del hangar donde descansan dos ultraligeros más, el Aguilucho y el Otorongo. Desde que hace seis años Castillo adquirió el Tiburón, cuya estructura está compuesta por tela, tubos y planchas de aluminio unidas con cables tensores, volar se volvió usual como para alguien que maneja su carro para pasear por la playa. Solo que en este acto de repetición constante no existe ese sabor a rutina que lo agria todo. Todo lo contrario. Si bien no hay semana en que Castillo no deje de treparse en su ultraligero, para él cada vuelo es como el primero que hizo en su vida.

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«Con Gerardo escogimos el nombre Alas del Mar porque queríamos resaltar la simbiosis entre el mar y el aire», explica mientras rebusca en su mochila una de las cámaras con las que grabará el vuelo que haremos dentro de pocos minutos. Al igual que el nombre del club no fue coincidencia —César y Gerardo, además de pilotos, practican surf y vela, respectivamente—, los nombres de los ultraligeros que aquí yacen son en su mayoría de animales de agua y aire que comulgan con la personalidad de su piloto. «Es la principal política del club», dice y suelta una risotada.

Un día del 2011 el Chino y Gerardo se reencontraron en el aeroclub de San Bartolo después de años de no verse las caras. Se habían conocido en la segunda mitad de la década de los setenta en la desaparecida escuela y aeródromo de Collique, donde entablaron rápidamente amistad. Luego cada quien siguió su rumbo. Gerardo puso una empresa de aerotaxis en la selva peruana, que terminó cerrando por la álgida situación que se vivía entre el terrorismo y el narcotráfico; el Chino siguió en la aviación y voló desde helicópteros hasta aviones de transporte, se convirtió en un experto paracaidista y más tarde trabajaría viajando por el mundo como auditor en seguridad operacional de la Organización de Aviación Civil Internacional.

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Cuando volvieron a verse hace poco más de tres años, el Chino ya piloteaba el Tiburón y se lo prestó a su amigo para que aprendiera a manejarlo. Fascinado por la experiencia, Cortada terminó comprando al Aguilucho, un Chinook Plus 2 canadiense que en su idioma nativo significa «torbellino de viento». El 23 de setiembre de ese año, luego de dejar el aeroclub de San Bartolo por el de Santa María, fundaron Alas del Mar con una premisa: difundir los deportes aéreos desde el sur de la ciudad a todo Lima.

«Desde arriba, las casas de Santa María se ven diminutas y parecen de juguete. Sobrevolamos la playa San Bartolo Sur y el Chino cuenta que en ocasiones, cuando las olas están altas, desciende con su ultraligero para acercarse al mar»



El motor de 52 caballos de fuerza y la hélice del Tiburón se encienden y rompen el silencio y calma del aeródromo. El Chino acomoda la cámara GoPro en el ala derecha de su ultraligero, se enfunde en un overol azul y se coloca los lentes tipo googles sobre los ojos. También se pone un casco. Trepa sobre su pequeño avión, revisa que todo esté bien, y lo echa a andar hasta el final de la pista de aterrizaje, donde da una vuelta en curva. Coge velocidad, el viento empieza a pegar nuestros rostros, la hélice ruge, más velocidad y de pronto el hocico del Tiburón ya está apuntando a las nubes, como queriendo devorarse el cielo.

Desde arriba, las casas de Santa María se ven diminutas y parecen de juguete. Sobrevolamos la playa San Bartolo Sur y el Chino cuenta que en ocasiones, cuando las olas están altas, desciende con su ultraligero para acercarse al mar. «Está bien que tú seas rayado, pero cómo vas a meter a tus hijos a volar», recuerda que le reclamaban sus amigos cuando se enteraban que quería traspasar su pasión a Raffaella, Daniel y María José. «Pero como verás, la aviación y el paracaidismo es parte fundamental de nuestras vidas», dice el Chino mientras un puñado de bañistas extienden sus bracitos para saludarnos desde la arena. Las últimas décadas de su vida están repletas de episodios que constatan su afecto por volar —como ese 10 de setiembre de 1982 en que se casó con la paracaidista Sara Montenegro, lanzándose juntos desde una avioneta—, pero lo que hoy lo mueve, junto a Gerardo y el grupo que conforma Alas del Mar, es el objetivo único de difundir la aviación peruana en todas sus disciplinas con la creación de un centro cultural aeronáutico. Es un sueño con el que quieren pisar tierra para acercar a más personas a las nubes.

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