De botella en botella por Cuba

Un par de mexicanos recorrió los caminos de La Habana llevando cubanos en un auto alquilad

Escriben: Mónica Ocampo y José Luis Tapia
En la isla, ‘dar botella’ no solo es dar un aventón. Es una forma de recorrer el país y entender a una nación que vive el mito acerca de la libertad de sus habitantes. Un par de mexicanos recorrió los caminos de La Habana llevando cubanos en un auto alquilado. No hubo en la carretera mayor revolución que esa.
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Viernes 2:00 p.m. La Habana

Marta –sesenta años, natural de Santa Clara, a 240 kilómetros de La Habana, profesora de Química en un colegio secundario– esperaba la guagua, que es como conocen al autobús en Cuba, en un paradero casi vacío. Situación extraña: los paraderos en la isla siempre están repletos. Porque conducir un auto es un privilegio que cuesta. Y bastante. Más que en una ciudad europea. Por un auto Hyundai, pequeño, poco consumo en combustible, hay que desembolsar 55 dólares, incluyendo los impuestos. Todas las empresas son estatales y los precios son estables. Un litro de gasolina cuesta el doble que en México. Tampoco hay opción, el proveedor es uno solo. «Por eso, pedir botella es casi una necesidad», dice Marta, y parece disculparse. Porque, claro, en la Isla hay otras cosas que están bien, como la educación. Dice que es un derecho de todos, aunque le cueste más de dos horas llegar a las clases.

Viernes 6:00 p.m. Varadero

Roberto tenía un pasaporte cubano-ecuatoriano. Subió al auto con recelo. Aquí, en la carretera, la sospecha viaja en ambos sentidos. Dijo que esperaba a su chofer, pero había recibido una llamada suya en la que le comunicaba que la máquina se había estropeado. No iba a llegar. Malas noticias, mucha espera. Pero la suerte parecía sonreírle: el cargamento de televisores pantalla plana que fue a recoger a la aduana desde Ecuador aterrizó en la isla. Su negocio es comprarlos allá y luego venderlos en Cuba a precios más accesibles. El cubano gana en pesos y compra en una moneda de cambio único, controlada por las autoridades del gobierno.

Lunes 2:00 p.m. Matanzas-Colón

Dayneris trabaja en Matanzas. Su destino era Colón, su pueblo natal. Enseña Historia de Cuba en la Universidad Camilo Cienfuegos. Gana 625 pesos cubanos al mes, poco menos de 24 dólares. Sus silencios eran elocuentes. Su compromiso además era mediado: «Solo explico cómo funcionan las cosas y ustedes sacan sus conclusiones», dijo, y sus ojos escapaban del retrovisor. Cuando nació, ese capítulo de la historia cubana que todavía le toca vivir se encontraba en su etapa revolucionaria. Ahora, sus alumnos la cuestionan, preguntan. Ella no lo niega. Se produce un debate en su fuero interior: quiere a Cuba, a su historia, pero cuando habla de los logros de la Revolución percibe la incredulidad de una audiencia que se resiste a vivir entre tantas carencias. En clase, por ejemplo, no puede reconocer que en Cuba sí existen las clases sociales. Hay cubanos que reciben dinero de sus familiares en Miami y entonces visten, se alimentan y viven mejor. Otros se dedican al mercado negro de algo –comida, combustible, ropa– o al turismo. Hablar de democracia tampoco le resulta fácil.

Hubo una generación de cubanos y cubanas que tenían nombres que empiezan con la letra Y. Su acta de bautismo era su nacionalidad. Su padre se inspiró en una gimnasta medalla de oro en los Panamericanos de 1983. Su esposo se llama Yoandi y un amigo suyo, que no es músico, se llama Yon Lennon. Así, con Y, porque el gobierno no permitía registrar nombres en inglés.

Lunes 6:00 p.m. Colón-Santa Clara

Adicnae tiene el cuerpo forjado por el sol y lleva aretes dorados, tan grandes como su sonrisa. Venía de visitar a su marido, Vicente, quien cumple una condena de cinco años en la prisión de máxima seguridad de Agüica. Su delito puede parecer una broma. Fue condenado por haber matado un caballo. Tenía una carreta y daba servicio particular. Para comprar el caballo, tuvo que pedir un préstamo de 10 mil pesos cubanos –unos cuatrocientos dólares– a su hermano que vive en Estados Unidos. Pero el equino sufrió un infarto un día que hacía tanto calor como para freír un huevo en la vereda. El trámite normal era reportar la muerte al Estado y obtener seiscientos pesos en compensación, pero Vicente prefirió destazar al animal, meter la carne al refrigerador para poder comerla o venderla y sacar algo más. Un vecino se dio cuenta y lo acusó, entonces Vicente fue apresado. Tras un juicio donde no pudo demostrar las causas reales de la muerte del caballo, lo mandaron a la Agüica. ¿Acaso el caballo no era suyo? «Eso no implica poder hacer con ellos lo que se quiera», dice Adicnae. En la isla no existe la propiedad privada. Todo es del Estado.

Si su esposo seguía con buena conducta, en un año terminaría de pagar la condena. Aún le quedaban un par de horas para llegar a casa, en Caibarién, donde la esperaban sus dos hijos. El más pequeño de ellos empezó a gatear cuando Vicente ingresó a prisión.

Miércoles 7:00 p.m. Santa Clara

Yamisleidy esperaba botella en la parte más oscura de la carretera que atraviesa San Juan de Los Remedios. Fue necesario poner las luces altas para distinguirla. Regresábamos de un día de playa en Cayo Santa María, y ella –blanca, 35 años, frases cortas– iba al hospital central de Santa Clara para ver a un hermano recién operado de apendicitis. Sería una de sus últimas oportunidades para verlo. Faltaba una semana para que se fuera de Cuba a reunirse con su marido, un residente legal en Marathon, Florida, al otro lado del mar.

Cinco años pasaron desde su última separación. Su esposo se fue, como tantos otros, con la ilusión de mejorar su calidad de vida. Era pescador y por eso no temió cuando tuvo que desafiar al mar para salir. «Esa misma noche, me habló por teléfono», recuerda, y agradece a Dios por haberlo cuidado hasta llegar al otro lado. Y también le agradeció cuando lo mantuvo con vida después de un accidente en auto. Viaja con su hijo que va a entrar a la universidad. Y teme por él. «Ojalá no se me descomponga con las tentaciones del capitalismo. Ya sabe, uno acá tiene sus limitaciones y allá con tanta cosa se me va a volver loco».

Sábado 10:00 p.m. Malecón de La Habana

Ella, afro, estudia Derecho. Él, rasta, estudia Filosofía. Ambos van a la misma universidad y tienen casi la misma altura. Ella se llama Irene y él, Freddy. Y si no vivieran en la isla, podrían amarse más. Aunque, ahora, a las cuatro de la mañana, en el malecón de Cienfuegos, parecen devorarse a besos. Después de formar parte de las brigadas para el censo del año pasado, se despedían de la ciudad con una botella de ron. Esperaban el tren que los llevara a casa.

Irene quiere titularse para ayudar a la gente como Vicente, «[…] porque no es justo que aquí se castigue más a quien mata a un caballo que a una persona». Su juventud es impulsiva y su herencia es exótica. Su madre, rubia, de Rusia, conoció a su padre, negro, de Cuba, en Siberia, cuando estudió Refrigeración por esas tierras frías. Para Irene, claro, es una ventaja única tener dos nacionalidades. Su problema es otro, el mismo de la mayoría de sus compatriotas: tener el dinero suficiente para hacerlo. Freddy es más escéptico. «Siempre decimos que el año próximo todo cambiará, y ya perdimos la cuenta de cuántos años llevamos diciendo eso».

Paradero final

1.500 kilómetros duró nuestro road trip. Después de eso, Cuba dejó de ser la misma. Nuestros problemas en México son otros, pero también los tenemos. La falta de confianza en el prójimo es, quizá, el peor de ellos.