DAKAR 2013

Carrera de vida o muerte

Si Sigmund Freud estuviera vivo diría que el Rally Dakar es una carrera de evidente raigambre tanática. Que detrás de una competencia tan violenta y dura se esconde el impulso humano de ver pasar de cerca el rostro de la muerte. Pensar en dejar la sala de casa para enterrarse bajo nubes de polvo y arena puede parece una idea exótica, pero no lo ha sido para más de 1.500 participantes inscritos en la competencia, la mayoría repitiendo el plato.

Raúl “El Mono”Orlandini

El año pasado, Raúl estuvo en la India. Compartió la pista con Sebastián Bettel, campeón de la Fórmula Uno de 2011, y otros bravos del rally mundial. Allá, El Mono ganó el campeonato sudamericano de rally y la FIA (Federación Internacional de Automóviles) lo invitó a la premiación anual. De chico, cuando iba a ver las carreras junto a su viejo, nunca pensó estar allí, en Nueva Delhi, al costado de los mejores conductores del planeta. Su papá, Raúl, ganó cinco veces los Caminos del Inca y lo incentivó a coger el timón y pisar los pedales. A los diez años corría karts y ahora, con 27, hará algo que su padre pudo hacer: el Dakar. «Es el reto más importante de mi carrera», dice Orlandini, que ha hecho dieta, ha ido al gimnasio y ha practicado los movimientos del carro en arena, superficie poco conocida para él. El ritmo es implacable: dos semanas de competencia con un solo dípor qué decidió ser piloto. «Eres tú, el carro y una mezcla de concentración y adrenalina. El mínimo error te puede matar», comenta el piloto que se metió a la laguna de Paca, en Junín, el mismo que dio cuatro vueltas de campana en un desierto en Ica. Todo gira alrededor de la experiencia. En su caso, los genes también ayudan. Mientras el grueso de corredores no puede dormir antes de empezar el campeonato, a Orlandini hay que despertarlo. Lo mismo ocurre con aquellos que priorizan la velocidad en un campeonato. Raúl sabe que para ganar no necesitas una ventaja de diez kilómetros, lo único que hace falta es estar un centímetro adelante del rival.

Felipe Ríos

Ubicación. Mentalizar la ruta a seguir, regresar al camino y sobrevivir. Ya lo hizo antes. Recorrió nueve mil kilómetros, perdió cinco kilos y tuvo que someterse a las inclemencias de una ruta hostil. Soportar el agua helada de las duchas, dormir en colchones inflables, alimentarse de barras energéticas, cereal y fideos. Manejar entre ocho a diez horas al día y permanecer incomunicado por problemas con el GPS. Acostumbrarse a tener los dedos entumecidos y sobrellevar exigencias físicas que solo el Dakar es capaz de generar en un deportista. Tener que cuidar una moto de 180 kilos no era más que un simple hecho logístico; lo feroz estaba en el camino. La muerte rondaba, un piloto argentino perdió la vida; Felipe Ríos lo vio al lado de la ruta. El cuerpo tiene que aguantar, la cabeza también.

Y llegó al Perú. Banderitas flameaban en la frontera y la Plaza de Armas lo esperaba llena de bote a bote. Antes de la carrera no era tan conocido. Ese fue su momento de gloria, entrar y saludar a la gente. Su espalda estaba desecha y apenas podía mover el hombro, pero levantó el brazo y agradeció. «No quiero defraudar a todos los que me siguieron y apoyaron», dijo Ríos, desde Marruecos, donde corrió otro rally para prepararse para su segunda aventura en el Dakar.

Su hermano montaba moto y su padre fue ocho veces campeón nacional de downhill. La familia soportaba sus entrenamientos. Ellos son el soporte de Ríos. Trabajar con su padre, andar con su enamorada y los momentos familiares son los más aprecia este empresario y piloto. Ahora entrena mucho más fuerte, quiere superar el puesto 49 que ocupó el año pasado. Desea llegar a Santiago y sentirse conforme. Dice que repetirá los rezos mientras recorre el desierto y las montañas. Así no se siente solo.

Juan Dibós y Gonzalo Yzaga

«Un piloto nunca te dirá que le teme a la muerte. Ese chip nos lo quitan desde chicos, cuando comenzamos a correr», dice Juan Dibós, el automovilista de 52 años que tiene casi todo listo para regresar al Dakar. En la anterior edición, su camioneta abandonó en el décimo día. Fue víctima del terreno, de la inexperiencia en esta competencia, de las vicisitudes de la vida y las imperfecciones de un vehículo sobre exigido.

«La dureza del Dakar purifica el alma». La frase es del piloto Luis Mendoza, pero Dibós la parafrasea y la recuerda a su manera. De esas palabras, dice, tomó las fuerzas que comenzaron a faltarle unas pocas noches antes de abandonar la carrera, cuando se vio en medio del desierto, sin comunicación con el campamento y extraviado. La ruta era una mezcla de arena y piedras que detenían el carro cada quince metros. Dibós y su copiloto, Gustavo Medina, tuvieron que bajar del coche más de una vez, con pala para desatollarlo y un machete para arrancar arbustos del camino.

Que un piloto demore su llegada a los campamentos dispara una silenciosa alarma que comienza con un rostro de preocupación y se difunde entre los demás. Él no lo supo hasta que llegó, pero pasada la medianoche se había corrido el rumor de una demora que preocupó a todos. Poco después, Luis recuperó la ruta y entró al campamento luego de un buen rato perdido. Fue recibido con felicitaciones y abrazos de conocidos y desconocidos. «Recién entonces entendí lo que es el Dakar», dice, un año después, sentando en su taller mecánico.

Desde una de las ventanas de la oficina se ve el carro con el que volverá en esta nueva edición de la competencia. Es la misma camioneta, desarmada y armada de vuelta, pero esta vez irá con copiloto nuevo: Gonzalo Yzaga, de 41 años, que correrá por primera vez en la puesta deportiva más complicada del planeta.

Aún con la grabadora delante suyo, Luis no se detiene. Escribe con apuro, intentando llenar formularios a tiempo, tener los repuestos, armar conferencias. «La primera vez que participé fue como ir a Disney. El problema es que sentí que no me subí a todos los juegos». Por eso quiere volver.