Cuba

La historia de una revolución perdida

Escribe: Joseph Zárate // Foto: José Vidal, Franz Krajnik y Milko Torres (Colectivo Aleph Photo)
Cincuenta años después, las paradojas que encierra la «pobreza feliz» de La Habana (Cuba) continúan. Un régimen que brinda salud, educación y alimentación gratuita, pero bajo el precio de la represión y la carencia de libertades. Durante doce días, tres jóvenes fotógrafos peruanos registraron los que podrían ser los últimos días del gobierno castrista. Esto fue lo que vieron.

La Habana.
Bullanguera, mulata, desvelada.
Recibió con los brazos abiertos, en 1959, a los que imaginaba sus libertadores. Medio siglo después, dicha ciudad es la capital de una isla llena de contradicciones. Las tristes secuelas de una revolución
equivocada.
Año 2011. La Habana vieja se parece mucho a una mezcla del Centro Histórico de Lima con el distrito de San Isidro, solo que mucho más grande y envejecida. La ciudad da una sensación de espacio detenido en el tiempo.
En la isla se habla mucho y se calla bastante. La gente susurra cuando se refiere a este “señor” (no es difícil imaginar cuál) y los diálogos telefónicos son tan herméticos como los oráculos de la santería. Los cubanos carecen de acceso a internet. La mayoría de los usuarios dispone de correo intranet, sin la posibilidad de chatear en línea ni navegar por la red. Saben que sus mensajes pueden ser leídos. Hay viejos ex revolucionarios que consideran que el régimen es lo mejor que le ha pasado a la isla. Algunos de ellos se encargan de vigilar a sus vecinos y denunciar acciones contrarrevolucionarias, escribiendo informes de inteligencia dirigidos a la policía cubana.
En Cuba hay dos tipos de economía: los pesos sirven para pagar malos servicios a precios irrisorios y el mercado paralelo en dólares. Si usas aire acondicionado toda la noche, la cuenta sube a cinco dólares al mes (una fortuna si se considera que el cine cuesta quince centavos de dólar y el salario mínimo anda por los diez y quince dólares mensuales).
No es raro, por eso, que los médicos traten de explicar su salario en funciones nocturnas de taxistas. Lo que les dan en las libretas de alimentación nunca es suficiente. Con los despidos en el gobierno de Raúl Castro, las barberías son uno de los pocos negocios que se han privatizado. La idea es que el Estado les dé las barberías a los empleados para que ellos las administren. En tanto, mucha gente continua en sus puestos por vocación o simplemente para salir de sus casas.
En los años noventa, con la libre circulación del dólar, también aparecieron las jineteras (conocida variante local de la prostitución). Dicen que ellas te hacen creer que se enamoran de ti. La fantasía de una jinetera no es que le pagues, sino que te cases con ella y la saques de la isla.
En los cementerios cubanos cada vez se entierra a menos gente joven. Eso tiene que ver con el notable progreso que trajo en salud la Revolución. Pero también tiene otra lectura: los jóvenes se van de la isla, los viejos se quedan. De hecho, las madres se preocupan porque a partir de los catorce años todos los estudiantes deben irse «becados», es decir, de internos. Antes existía la opción de seguir viviendo con sus padres, pero ya no hay maestros para atender esas escuelas.
A pesar de ello, el nivel cultural de la mayoría de cubanos es envidiable. La educación es gratuita y continua. Cualquier persona en la esquina, un barrendero o un mendigo, te habla de filosofía, de política, de cine. Pero hay un gran contraste entre el valor de su educación y ese espacio físico –casonas viejas y destartaladas– en el que se capacitan.
Los juegos de los niños cubanos no dependen de grandes tecnologías, a diferencia de otros países. Un palo de escoba y una tapa de gaseosa para jugar beisbol o un pequeño balón que es lanzado de mano en mano son suficientes para mantener la alegría en los ratos libres.
Los distintos repartos o barrios de la Habana se someten a apagones programados cada semana. Tiempo suficiente para que se descomponga la leche, se pierdan las dos películas del sábado en la televisión o padezcan ante el zumbido de los mosquitos. La Virgen de Loreto, la de la Caridad del Cobre y el popular San Lázaro reciben solicitudes relacionadas a la luz.
Para que dure más tiempo, dicen.
Aunque la isla caribeña está bañada por el sol y el viento, no hay fuentes alternas de energía. El sol que saca brillo a las pieles de las mulatas cae al mar sin dejar más rastro que un horizonte que resplandece a lo lejos. La luz parece escaparse en una balsa. Aunque algunos dicen que, ausente ese «señor», ella regresará.