Conexión interna

Por Gabriela Ramos / Fotos de Tino Vargas
Milan Kelez es reconocido por su talento sobre las pasarelas y su vínculo con la dirección de arte. Pero hace algún tiempo descubrió una afición espiritual que lo llevó a convertirse en instructor de yoga, y hoy divide su tiempo entre su carrera de modelo, el programa Nature Temple Retreats y la Fundación Perú Yoga.
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Si uno conversa con Milan Kelez se dará cuenta de inmediato de algunos detalles de su postura. Al sentarse usualmente recoge las piernas sobre el asiento [en este caso, una banca rústica de madera] y extiende su columna hacia el cielo, con lo cual sus hombros forman una perfecta línea recta. «El alineamiento es básico en el yoga», me dice. Es natural, entonces, que luego de practicar por varios años esta disciplina la postura fluya en él sin ningún esfuerzo.

Milan creció en un barrio de Magdalena con una fuerte influencia del catolicismo. «Como la mayoría de peruanos», añade. Sin embargo, su chip interno cambió cuando empezó a trabajar como modelo, se mudó al extranjero y comenzó a viajar constantemente. Disponer de tanto tiempo libre entre vuelo y vuelo despertó en él una curiosidad interna un poco amilanada hasta ese momento: quería averiguar sobre algunos temas que le parecían inquietantes, como la existencia de diversas religiones.

En medio de esta vorágine de investigación intelectual –y de su presencia en pasarelas y como director de arte de algunos proyectos– encontró casi por casualidad una herramienta que le permitió hallar el equilibrio necesario para no volverse loco repartiendo su tiempo entre tantas actividades. «Empecé en el yoga por invitación de un amigo en Miami», cuenta el popular modelo. «Recuerdo que en mi primera experiencia me sentía fuera de este mundo. Para mí fue como una droga, pero lo bueno es que era natural, orgánica, y elaborada por mi propio cuerpo».

Luego de un periodo dedicado a esta práctica, Milan se dio cuenta de ciertos cambios evidentes en su forma de ser. Cada vez se estresaba menos y ya no perdía la paciencia como le solía ocurrir. El yoga, poco a poco, lo había ayudado a conocerse más y a tomar en cuenta una serie de pautas para sentirse mejor. «Si estaba un poco sensible, me preguntaba a mí mismo si había dormido bien la noche anterior, si había comido saludable o si había ayudado a alguien ese día», recuerda. Después de todo, el yoga va más allá de ser una actividad física y se convierte en una filosofía de vida. Precisamente Milan quiso transmitir este precepto a los que lo rodeaban, así que decidió convertirse en instructor.

Con esta meta clara viajó a Koh Phangan, una isla en Tailandia, en la que llevó un entrenamiento de ‘détox yoga’ en el Yoga Sanctuary Center, y después se trasladó a California, «la meca del yoga», asegura. Allí completó un curso de profesorado en el Liberation Yoga Studio.

Una de sus primeras experiencias como profesor –y una de las que más aprendió– fue con un grupo de niñas de diez a doce años. «Normalmente las niñas son muy dispersas, pero a partir de la tercera clase empezabas a ver su evolución. Ya no se comían las uñas, no interrumpían a sus compañeras… aprendieron a escuchar. Fue un cambio notorio», señala.

«Recuerdo que en mi primera experiencia haciendo yoga me sentía fuera de este mundo. Para mí fue como una droga, pero lo bueno es que era natural, orgánica, y elaborada por mi propio cuerpo».

Sus constantes idas y venidas lo trajeron de vuelta a Lima. Aquí decidió que quería propagar el yoga en su propia ciudad. Empezó por instruir a su mamá, luego compartió algunas prácticas con personalidades ligadas a la industria de la moda, como el propio Mario Testino, y finalmente optó por crear el programa détox Nature Temple Retreats, con el que organiza retiros para conectarse con uno mismo y aprovechar la filosofía yoga al máximo.

En paralelo Milan trabaja de la mano de la Fundación Yoga Perú, una ONG abocada a llevar la meditación a zonas y poblaciones marginales. Precisamente la última sesión en la que participó enseñando un poco de hatha yoga fue con un grupo de madres adolescentes. «Ser adolescente es fortísimo, ser madre es complicado y ser las dos cosas al mismo tiempo… ¡me muero! Estas chicas llegan con un montón de tensión, y el yoga les entrega una oportunidad para aprender a bendecir el momento en el que se encuentran», explica.

Esta experiencia, junto con la enseñanza a grupos de niños y ancianos, le ha dejado un sinnúmero de lecciones. Milan nunca deja de ser un alumno –me confiesa–, y como tal está continuamente preparado para aprender. Acaba de seguir una capacitación de yoga restaurativo en Argentina y se encuentra embarcado en otra vinculada a Yoga Angels Jamaica.

Cuando le pregunto si luego de estos años considera su pasión por el yoga como algo definitivo, mira al cielo y contesta que, aunque no puede asegurarlo por completo, cree que sí, que siempre lo seguirá practicando. «Te ayuda a tomar decisiones y, sobre todo, te enseña que no importa la decisión que tomes: siempre puede haber una siguiente opción». Por el momento, Milan permanece dedicado a su opción más certera.
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