Cátedra de Seducción

La primera escuela de seductores de América Latina.

Ilustra: José Luis Carranza
Dicen que gilear es como a aprender a andar en bicicleta o a tocar un instrumento. Entonces un grupo de hombres se matricula en la primera escuela de seductores de América Latina. Se llama Seducción Secreta, queda en Buenos Aires y las clases cuestan 130 dólares. Las hay teóricas y también prácticas, durante la noche y en discotecas. Un cronista se enrola en este curso de tres días que promete éxito comprobado con las mujeres. ¿Se puede enseñar a ser un casanova?

La música de la discoteca está muy fuerte y la morocha –vestido bien apretado– baila sensual sin saber que en segundos formará parte de un examen. El alumno se acerca, le comenta algo al oído. Ella sonríe. Dice que no. Se acomoda el vestido y sigue bailando. Pero sonrió. El alumno sabe que la sonrisa es un signo de interés y vuelve a intentarlo. A unos metros, acodado contra la barra, un profesor observa atento. Mira cómo se desenvuelve el aprendiz: la forma de acercarse a la mujer, la postura del cuerpo.

Al rato, en cuanto el alumno, desmoralizado, renuncie a su objetivo, habrá una charla, una conversación en la que alguno de los instructores de la primera Escuela Latinoamericana de Seducción analizará el caso y le aconsejará formas de actuar, estrategias de respuesta. Consejos varios para que la próxima morocha no se le escape.

Día uno

Es viernes, son las diez de la noche y estoy sentado en el living de un departamento en el barrio de Belgrano, uno de los más caros de Buenos Aires, que, a partir de hoy y durante los próximos dos días, será el aula donde nos enseñarán las técnicas secretas para conquistar mujeres. Entre el pupitre y el pizarrón, otros siete alumnos esperan sentados. Los instructores piden que nos presentemos. Son dos. Se parecen bastante: ropa de marca, treinta años, ojos negros, el pelo rapado bien corto y la seguridad de un vendedor. Gesticulan de forma poco espontánea. Hablan como si para ellos no hubiera secretos. Sin embargo, no transmiten sabiduría, están convencidos de lo que dicen. Actúan. Parecen estar representando un monólogo repetido frente al espejo decenas de veces. En ningún momento, los alumnos sabrán si los profesores son ganadores natos. En ningún momento, el supuesto prestigio de estos dos gurúes se pondrá en juego. Ellos no están acá para demostrar nada. Hoy, su función es enseñar.

Hasta hace un rato me preguntaba quién podría anotarse en un curso intensivo de seducción. Imaginaba que gente tímida, sin embargo el tipo que está a mi derecha –1.80, musculoso, 35 años– dice que él no tiene problema en conocer mujeres, que cuando entra a un bar las chicas se le acercan para hablarle. El profesor no le cree. Ninguno de nosotros le cree. El problema –sigue él sin hacer caso a las burlas– es que al rato de hablar con una chica no sabe qué hacer, le da vergüenza tratar de dar un beso. Durante la conversación su sex appeal se diluye en la nada.

Junto a él, un alemán, pelo rubio, ojos bien celestes, que casi no habla español. Alguien comenta que su problema, seguramente, radica en una dificultad idiomática. Él solo se ríe. Al parecer, no entendió el comentario.

Hay otro que dice ser empresario y exitoso, traje de marca y mucho, mucho gel en el pelo. El instructor lo menciona como un alumno avanzado. Viene a las clases desde hace ocho meses.

Hay uno muy tímido que pronuncia su nombre en voz baja, un operario de fábrica preocupado por cuánto va a salir la entrada al boliche, un estudiante de Filosofía, y otro que dice no saber ser divertido.

Como si se tratara de un grupo de autoayuda, cada uno cuenta su historia, los motivos que los trajeron hasta aquí.

El estudiante de Filosofía es un experto en teorías de seducción. Conoce técnicas, estrategias y conductas para la conquista; los nombres de los especialistas del género, las palabras de la jerga. El profesor se sorprende. «¿Y si sabés tanto para qué venís?», le pregunta. El problema, comenta él, es que en el boliche no se anima a hablarle ni a la que atiende en la barra.

–No se preocupen. A veces, no saber qué decir hace que uno crea que para hablar con una mujer se necesita una excusa. Ese es el primer error: sépanlo, la excusa no existe. De cualquier modo, vamos a estudiar diferentes rutinas que los ayudarán a vencer el miedo inicial– tranquiliza el instructor.

Las rutinas, explica, son libretos que los seductores arman antes de salir de cacería. Así evitan los silencios incómodos. Siempre tienen algo que decir. Una frase inicia una conversación, se une con otra y otra y varias forman, al final, una rutina.

Sin embargo, ya no hay tiempo para más. Son las dos de la mañana y tenemos que ir al boliche: acaba de empezar la primera clase práctica.

–Esta noche ocúpense de conseguir e-mails y números de teléfono. No intenten dar un beso. Acuérdense: solo podemos correr una vez que aprendimos a caminar.

La semilla

La seducción como negocio surgió en Estados Unidos en los noventa. Al principio, consistía en cursos teóricos que mezclaban la autoayuda con la Programación Neurolingüística (PNL). Hasta que en 1998, un tipo que se hacía llamar Mystery revolucionó el mercado con clases prácticas. «El que no cree en mi método, que me acompañe a un bar», desafiaba.

Así empezó todo. Luego aparecieron otros maestros: David De Angelo, Style, Ross Jefries, Tyler Durden. Gente que sin ser modelo, estudió técnicas y estrategias, y se convirtieron en los reyes de la noche. Sus clases eran aclamadas. Pronto, las discotecas de Estados Unidos se llenaron de muchachos adoctrinados. Flacos que encaraban mujeres con una rutina, con un speech decidido luego de semanas y semanas de ensayo.

El problema era que muchos, por falta de inventiva o por pereza, usaban libretos similares. En una sola noche las mujeres escuchaban el mismo chiste nueve o diez veces. Los ideólogos de la comunidad se dieron cuenta de que había que cambiar algo. Y empezaron a trabajar «la mentalidad». Agregaron ejercicios para que el aprendiz de seductor no se desmoralizara ante la primera negativa, sumaron consejos para saber cómo pasar de presa indefensa a cazador compulsivo.

Hoy, las academias de seducción forman parte de una tendencia mundial. Se calcula que en América Latina hay más de 20 mil personas que pertenecen a alguna comunidad. En Internet existen foros donde los alumnos comparten experiencias y relatan con detalle una salida a un bar o las peripecias de una cita.

En Argentina, un curso de tres días: teórico y práctico, con clases en boliches, cuesta 130 dólares. En Europa, un entrenamiento de dos días no se consigue por menos de 400 euros. Una clase personalizada –ocho horas con un instructor que ejercita y pone a prueba al alumno– no baja de los 1.500. Para quien da el servicio, no hay inversión. Solo talante. Lo que se dice: rentabilidad pura.

Día dos

Sábado. Diez de la noche. El aula. Los instructores teorizan sobre la nada. Basan su saber en experiencias propias que usan como poderosos axiomas universales. «La mujer sabe de ustedes solo lo que ustedes le muestran. Lo central no es la belleza, ni la plata: lo central es la actitud», dicen, y nos piden que hagamos un resumen de cómo nos fue el día anterior.

El alemán cuenta que conoció una sueca con la que, según parece –no se le entiende demasiado–, se va a encontrar en los próximos días. El estudiante de Filosofía está pletórico. Consiguió siete e-mails y cinco números de teléfono. Descubrió que su problema era la autoexigencia: cada vez que hablaba con una mujer solo se concentraba en el momento en que debería acercarse para besarla. Dice que nunca había pensado que fuera tan fácil. El instructor lo tranquiliza: «Ese fue el primer paso».

El empresario, alumno avanzado, llegó más lejos. En dos ocasiones, apoyó sus labios sobre los de una mujer.

El musculoso, el operario, el que no sabe ser divertido y yo optamos por el perfil bajo. Ninguno dice nada. Nos reímos con los chistes de los otros pero, egoístas, nos guardamos la experiencia.

Los instructores nos dan ánimo, nos alientan. La premisa es perseverar. «Persevera y triunfarás» es el lema y, aquí, en este curso de hombres dispuestos a casi cualquier cosa con tal de conseguir un teléfono, besar a una mujer, esa máxima, es indiscutible. «No les vamos a enseñar qué hacer para que no los rechacen, sino que los ayudaremos a reducir las negativas», indican.

Han estudiado detalles que a uno, interesado en algo más que en atraer féminas las 24 horas del día, nunca se le ocurriría analizar. «Después de hacer contacto visual con cualquier mujer, tienen tres segundos para ir a hablarle. Uno, dos, tres y van. Actúen rápido. No les den tiempo a pensar», dice uno de los profesores y explica algo clave, algo que todo hombre debería saber pero que muchos desconocemos por no manejar los códigos del lenguaje corporal.

«Si una chica les gusta, al ir a hablarle cuiden la posición de los pies. Nunca, óiganme, nunca, la apunten con la puntera de los zapatos. Si lo hacen, están indicando que les gusta. Eso no hay que evidenciarlo, sino sugerirlo», comenta.

Los alumnos que me rodean lo observan atentos, como si estuvieran frente a un gurú, un chaman del sexo. «No existe el fracaso –dice el instructor–, existen intentos fallidos hacia el éxito».

Luego, pide atención. Un tema importante: las rutinas. «Una de las cosas que más nos intimidan cuando empezamos es no saber qué decirle a las mujeres. Por eso, les vamos a proponer una serie de anécdotas o cosas graciosas que pueden usar cuando la mente se les ponga en blanco», dice, y anuncia la rutina del anillo.

El hombre ve que la mujer lleva anillo y, distraído, le pregunta por qué decidió ponérselo justo en ese dedo. Las mujeres, dice el instructor, suelen ponerse las sortijas en el mismo sitio. Por lo que esta mujer, a la que hacemos referencia, responderá algo, cualquier cosa, no importa. Él, luego, le comentará que el lugar en donde uno ubica el anillo dice mucho de la personalidad de quien lo lleva. «El dedo pulgar representa a Neptuno, Dios del mar, independiente del resto, ya que no habita en el Monte del Olimpo. Es el único dedo fuera de la mano. Concluye: ella debe ser individualista e independiente», comenta el profesor, y nos pide que tomando ese caso como guía inventemos nuestros propios guiones.

Frente a mí, el estudiante de Filosofía anota sumamente concentrado.

La graduación

Dos de la mañana. Puerta de la discoteca. Segunda clase práctica. Repito mentalmente las claves que nos dieron para el acercamiento. Sonreír. No gesticular mucho con las manos. No tener los hombros tensos. No balancearse. No arreglarse la ropa ni tocarse la nariz, no pasarse la mano por el pelo una y otra vez. Caminar tranquilo. Lo principal es tener mente de abundancia: si no es esa morocha, será otra.

Hay demasiadas.

Cuando empezó el curso estaba convencido de que todo esto era una estafa, le digo al estudiante de Filosofía. Ahora dudo. Supongo que, en el fondo, algo de razón tienen.

–Si a cada mujer que pasa le pedís un beso en algún momento, sea por lástima, sorpresa, gusto o simplemente para cumplir con la estadística, una te lo va a dar –digo.

Lo que no digo, pero sí pienso, es que muchos, ilusionados, pagan para que les suban la autoestima. Para que alguien venga y les dé ánimo, les diga que no importa ser feo, tener mal aliento, no ir tan bien vestido. Pagan para tener un grupo de pertenencia y conocer a otros que por timidez, pereza o falta de agilidad mental, tampoco pueden entablar una relación.

Cada vez que le comento a una mujer que existen cursos de seducción, la reacción es la misma: «¡Qué estupidez! ¡Nunca le daría un beso a alguien tan tonto como para ir a ese lugar! ¿No se dan cuenta de que les están robando la plata?».

Sin embargo, en la mayoría de las revistas femeninas hay secciones enteras dedicadas a contestar preguntas de adolescentes dubitativas que no saben qué hacer frente a lo que les sugirió su compañero de curso, hay columnas y columnas con consejos para despechadas, hay sugerencias para las que no pueden encontrar al amor de su vida. A nuestro pesar, las mujeres cuentan con hojas y hojas de ayuda gráfica.

El estudiante de Filosofía me dice que deje las reflexiones para otro momento.

–Vamos a encarar –propone. Y sin esperarme se acerca a una morocha que está detrás de nosotros.

La invita a bailar. Lo ignora. Él insiste. La morocha dice que no con la cabeza. «Estoy cansada», parece mentir, y vuelve a negarse. «Bueno, fue un gusto», responde él y, altivo, camina hacia el baño.

Sonríe. Sabe que no existen los fracasos. Sabe que no fue él quien perdió. Sabe que en este lugar hay muchas mujeres dispuestas a besarlo. Que es cuestión de ir y probar con otra. Sabe que, a partir de hoy, día de la graduación, ya no es más un simple amateur. Es consciente de que en sus venas, recorriéndole de punta a punta los capilares, fluye sangre perseverante, conquistadora sangre de seductor profesional