Jumi Lee

En "Bienvenida".

Una historia visual de César Guerrero Erazo.
Una historia visual de César Guerrero Erazo

Isla Honshu.

Martes.

Tarde.

Afuera, estaba húmedo. Las calles, vacías. Como todos los setiembres en Osaka. Dentro, Natsuki, la misma mirada perdida, paseaba el filo del cuchillo sobre el atún. Más allá, el pulpo, el shamoji del itamae y los hangiri de ciprés. A veces, veía su reflejo pálido en el acero. «Irasshai», dijeron al unísono Kaori y Kohana, más cerca a la puerta. Sonó la campana y entonces seis personas vestidas de negro irrumpieron en el local. Se desplazaban despacio, como cuidando sus sombras. Cargaban medidores, rebotadores, lentes, filtros de luz, vestidos, joyas. Natsuki se detuvo y los veía llegar. Los forasteros en esta región perdida de Osaka no eran muy frecuentes. El último de los hombres de negro, la detiene, la coge del brazo y la atrae hacia sí con violencia. El makisu salió volando de sus manos. Una mujer de negro la sentó en una silla, al lado de la barra, y la empezó a maquillar, la peinaron, le pusieron sombras en los ojos. Natsuki era otra. El fotógrafo la apuntó y empezó a disparar. Cambiaba de ropa instantáneamente al sonido del obturador. Un kimono tan breve como un haiku dejaba al descubierto sus piernas largas. Flash. Ahora parecía una fiera guerrera yamabushi. Flash. Un vestido sangre de salmón. Flash. Natsuki empuja hasta abajo el cuchillo. Perfectos sushis se formaron al costado sobre el makisu. Los hombres de negro ya no están. «Irasshai».