Ariel Magnus

El escritor que odia el ruido

Escribe. Manolo Bonilla
Cada escritor tiene una manía. Se dice que Ernest Hemingway escribía de pie. William Faulkner, con un vaso de whisky. Cortázar, escuchaba jazz. T.S. Elliot solo podía escribir durante tres horas. Mark Twain contaba las palabras que escribía cada día. Y el escritor argentino Ariel Magnus tiene hipersensibilidad en el oído. Detesta el ruido. No soporta la bulla. Duerme con tapones en las orejas. El sonido de su computadora lo perturba. El autor de la novela Un Chino en Bicicleta, ganadora del premio La Otra Orilla en 2007, está contento porque su departamento ahora tiene ventanas acústicas. ¿Sobre qué escribe un autor que no quiere escuchar a nadie?

Ariel Magnus ha salido del chifa. Una llamada al celular ha interrumpido su almuerzo frente a un plato de pollo tipakay. Durante los diez minutos que tarda en arreglar el asunto telefónico, han desfilado tres mozos llevando platos de comida cantonesa. Se ha sentado una pareja de estudiantes y el resto de comensales, una docena, siguen ocupados en sumergir su wantán frito en la salsa de tamarindo. Todos parecen disfrutar su almuerzo aquí en Belgrano, en el barrio chino de Buenos Aires. Aquí, en Todos Contentos, el mismo chifa donde transcurre la ficción de Magnus. «Sentía que la novela era como un wok en el que iba tirando los ingredientes y el humor era como ese sillao unificador», dijo para un diario argentino acerca de Un Chino en Bicicleta. Para escribirla, Magnus estuvo sumergido en el mundo chino. Leyó todo lo que encontró acerca de China. Hasta se compró un wok y un libro de recetas que nunca usó. Se basó en una pequeña historia real: un pirómano de Shanghai que incendió once tiendas de muebles en Buenos Aires en el año 2005. De allí, su imaginación se disparó.

Magnus no ha hablado con su agente literario. Tampoco con alguna importante editorial de libros. No lo han llamado para decirle que ganó un concurso de novela, como en 2010 con La Otra Orillaen Colombia. No es su esposa, preguntándole si pagó el cable. Magnus ha hablado con una persona importante en su escritura, y en su vida: el hombre que instalará ventanas acústicas en su departamento. En su edificio, hay niños y bulla. No la soporta. «Sobre todo cuando escribo. Tengo que cerrar las ventanas, pongo doble ventana en el cuarto donde trabajo, cierro la puerta y tengo unas páginas en Internet que tienen ruido blanco, para tapar los ruidos exteriores. Cuando duermo uso tapones en los oídos. Soy un fanático del silencio», dice Magnus. Hace poco, su computadora portátil se malogró. La reemplazó por una MacBook blanca, solo porque le aseguraron que no emite sonido alguno. Ni siquiera el de los ventiladores. Tampoco los soporta. Cuando escribe no fuma, no escucha música jamás, ni toma alcohol.

Es un monje medieval que a veces boludea en la web.

Pero en el chifa todo es bullicio. El tamarindo tiene un color rojo intenso. Parece radiactivo. Sin embargo eso parece no importarle al escritor que engulle los trozos de pollo bañados en la salsa. A las otras dieciocho personas que pidieron un menú en este chifa de Belgrano tampoco. Ariel Magnus no ha pedido la sopa wantán, prefiere las galletas. Ahora los comensales devoran su arroz chaufa en medio del alboroto de comandas en chino. Magnus lleva barba candado, gafas pequeñas y la cabeza calva. Es un autor que publica un libro al año. Escribir es un asunto primordial para él. «Vivo para escribir. No escribo para vivir. La escritura me permite vivir. No sé cuánto me vaya a durar».

Magnus también odia que lo interrumpan. «De chico, cuando vivía con mis viejos y desde que tenía 15 años, si me venían a interrumpir, los sacaba a gritos. Era un histérico total». Sí, Magnus escribe desde muy chico. Y en ese entonces, vivía de noche. Recién dormía a las seis de la mañana. Empezaba a escribir a las cuatro de la tarde y seguía durante toda la noche, para que nadie lo molestara. Magnus necesita soledad y silencio para escribir. Tampoco considera que los libros de un autor sean, algo así, como sus hijos. «Para mí, son como un polvo. Terminó, y fue lindo mientras duró». Tampoco es que sienta vergüenza. El escritor argentino escribió hasta los treinta años sin siquiera pensar en publicar. «Para mí, era una pose. Me parecía una basura. Detesto todo, las giras, todo del mundo editorial. Pero, claro, cuando llega un premio como el de La otra orilla, me encanta», dice Magnus, que entonces tuvo que salir de gira con su libro. «Si hace diez años me pedías una foto, te decía anda a cagar. Ahora, bueno, está bien. Se que eso servirá para vender un libro más y para tener un día más para escribir sin salir a buscar trabajo». Escribir es el fundamento de su vida. «No como ir al chifa y no comer postre».


Siendo niño, Magnus encontró los diarios íntimos de su abuelo, escondidos en la biblioteca. Allí supo que quería ser escritor. Y cuando su madre le regalaba libros, descubrió otra manía: le gustaba leerlos en el idioma original. Estudió en un colegio alemán y podía leer, además, en inglés y portugués. Entonces, empezó a traducir pequeños fragmentos en su mente. Magnus también es traductor. Fue un cuento de Kafka, el primero que tradujo a los 24 años cuando estuvo en Alemania durante seis años. «Estoy más orgulloso de lo que traduje que de lo que escribí. Trabajo traduciendo lo que me gusta y quiero transmitir». Por ejemplo, Conquista de lo inútil, el diario de filmación de Werner Herzog cuando grabó Fitzcarraldo en Iquitos.

Lee más autores ingleses y alemanes que latinoamericanos. Empezó a estudiar Literatura Española en Argentina, pero no le gustó y viajó al país teutón donde también estudió griego, latín y sánscrito. No creía en publicar pero sí en los griegos. Hasta cinco años antes de la aparición de su primer libro, Magnus no leía a autores vivos. Era una regla. «Era un retrógrado con mis lecturas. No me interesaba leer las entrevistas de un escritor. Ni reseñas, menos críticas». En Alemania, ese país de personas frías y donde el saludo es un ademán de cejas, encontró el silencio.