Matar para vivir

Por Pablo Panizo / Foto de Victor Idrogo
De paso por Lima para presentar en la FIL 2014 La soberbia juventud, su más reciente novela, el escritor chileno Pablo Simonetti recuerda cómo desterró de su vida las imposiciones familiares y sociales que lo habían condenado no solo a esconder su homosexualidad, sino también a suspender por años la sensibilidad creativa que de niño lo caracterizó. Su decisión le permitió matar las caretas y ser quien realmente es.
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Han pasado dieciocho años desde que Pablo Simonetti dejó una carrera brillante en la Ingeniería Civil para sentarse en su escritorio y escribir literatura. Sin ninguna seguridad más que la certeza de que quería hacerlo, el autor de Madre que estás en los cielos llegó al mundo de las letras con una mano adelante y otra atrás, como un completo desconocido, pero, como le sucedió al admitir y vivir su homosexualidad, no tardó en descubrir que había encontrado su lugar.

Hasta los 35 años pasaste una vida entre números, y te dedicaste a la Ingeniería Civil. ¿Qué te sacó de los números?
Yo encontré un gran refugio en los números. Además creo que fueron una gran contribución a mi literatura porque las matemáticas son belleza, armonía, y me dieron la perspectiva de que a través de las palabras también puede alcanzarse una complejidad. Ahora no fueron 35 años plenamente dedicados a la ingeniería. Yo tuve un mundo imaginario, un espacio para las letras y las historias cuando niño y preadolescente, y sumergí esa parte de mi creatividad junto con mi orientación sexual cuando enfrenté la adolescencia. Esta identidad que surgía resultaba muy amenazante para mí, para el mundo en el que me había criado.Yo tenía más o menos trazado un camino: ser parte de una familia católica y conservadora, casarme, tener hijos, ser ingeniero. En ese sentido debía ser el hijo de mi padre, quien tenía una industria y siempre había querido ser ingeniero, pero no había podido serlo. Eran muchas fuerzas las que apuntaban a que yo me dejara llevar por el deber ser. Era otra época, principios de los setenta. Antes no primaba la idea que hoy existe de la creación de la identidad, del encuentro con lo que tú eres. Había todavía un sentido de pertenencia familiar y cultural muy fuerte.

¿Cómo rompiste con el deber ser para dar espacio a lo que realmente eres?
Cuando me reconocí como una persona gay, inmediatamente comencé a sentir otra vez las ganas de escribir, pero entre que me reconocí gay y me dediqué a escribir pasaron ocho años en los que trabajé como ingeniero. Creo que el que mi trabajo fuera muy aburrido finalmente me dio el impulso de renunciar, y así fue como empecé a escribir a los 35 años. Publiqué Vidas vulnerables, y mi madre me regaló todo lo que había acumulado de mí, entre lo que había varios cuentos y una carta en la que mi madre me decía: «tenías razón, estás en buen camino». Claro, ella había tenido mucho miedo cuando abandoné el camino que tan bien dispuesto estaba para mí. Ahora yo no lo miro sin resentimiento ni nada. Las cosas fueron así, mis padres fueron hijos de su época; yo, hijo de la mía. A mediados de los setenta ser gay en Chile era sencillamente autodestructivo.

¿Esos años como ingeniero fueron años de lectura?
Sí, eso me salvó y me hizo recordar muchísimo quién era yo. Recuerdo particularmente –y dado que estamos en el Perú– que leí Historia de Mayta [MVLL], que tiene un protagonista que es gay y lo vive con mucha culpa. Quizá el tratamiento de ese personaje fuese un poco peyorativo, pero igual me produjo una emoción grande saber que había otra persona gay en el mundo –y una persona tan distinta a mí, un guerrillero que está en la sierra y que tenía una profundidad humana. Cuando yo leía era de los pocos momentos en que yo me conectaba de nuevo con el Pablo que soy hoy y que fui cuando niño, y me producía una particular emoción porque era casi la única manera que tenía de contactarme conmigo mismo. Fue una compañía invaluable. Claro, tengo que pensar que no fue solamente la lectura, sino también el deseo sexual, que fue sumamente determinante. En un minuto dije: «bueno, no me puedo seguir oponiendo a esto porque sencillamente es parte de mí; así existo». Reconocí eso e inmediatamente por esas cañerías vitales nació la escritura.

¿Cuándo decides declararte homosexual?
En Chile me pasaba que no conocía gays, no sabía a dónde ir ni con quién relacionarme. Llegué a Estados Unidos y el día de las matrículas de mi maestría había un gran picnic en la plaza central de Stanford organizado por la Asociación de Gays y Lesbianas; estaban por ahí los alumnos heterosexuales, los profesores, el rector. Los signos de aceptación eran muy grandes. Un mes después hubo una gran fiesta de esta misma asociación, a la que fui supuestamente a mirar [risas], pero iba con otras intenciones. Y cuando finalmente estuve con un hombre, me dije: «esto es, esto siempre fue». Para mí era lo más natural del mundo; eso era lo impresionante. En todo ese proceso surgió la necesidad de escribir, pero no me atrevía a hacerlo porque debía desmontar todo esto que había creado para ser quien debía ser. Me costó, pero fui hablando con mis hermanos y amigos. Al final entré a una terapia que resultó determinante para renunciar a mi trabajo, dedicarme a escribir e irme a vivir con mi novio.

En tu última novela, La soberbia juventud, retratas también el problema entre el ser y el deber ser, que es el problema esencial en tu literatura. ¿Sientes que este momento en el que las personas cancelan su identidad por una que deben defender socialmente es una crisis a la que todos en algún momento debemos enfrentar?
Bueno, pueden ser quizá situaciones que no revistan un trauma familiar o social tan grande como era salir del clóset a finales de los ochenta. Estamos llenos de prejuicios en la cabeza, que por un lado te dan seguridad y por otro te encierran. Abrirse a la diferencia y superar esos prejuicios es algo que estoy seguro tendrá un efecto poderoso en la persona en tanto libera sus espacios creativos, imaginativos, vitales. Y al mismo tiempo creo que allanará la relación con los demás, porque serás capaz de relacionarte con la diferencia. Felipe [Selden, el protagonista de su última novela] al principio acepta que es gay pero no se desprende de las otras formas de discriminación, de prejuicios. No se da cuenta de que el problema en su familia no era solamente la discriminación por orientación sexual, sino también que era un sistema complejo de discriminación por mil formas de diferenciarse y de reconocerse entre sí. En ese momento en que uno es capaz de independizarse de todo este cuerpo, de este lugar rodeado de alambres de púas donde todo te pincha, hay que saltar al otro lado de la reja y ser capaz de estar en una situación en que el otro no signifique una amenaza ni te genere angustia.

El libro Madre que estás en los cielos se publicó en el 2004 y se convirtió en el más vendido en Chile ese año. ¿Cómo te tocó esa popularidad?
Fue muy extraño en verdad, porque cuando lo escribía le comentaba a una amiga que a quién le irán a interesar los problemas de esta señora moribunda, dueña de casa, inmigrante italiana. A priori parecía no ser una promesa de una historia interesante. Entonces cuando explotó en los medios y en las ventas me tomó completamente por sorpresa. Recuerdo una noche en que en una charla literaria había gente parada contra las paredes, habría 400 personas, y a mí se me fue el habla. Yo estaba entre emocionado y desconcertado. Después vino la feria del libro y había colas de personas que esperaban una firma. Uno pensaría que una experiencia así te va a cambiar, y, finalmente, lo que produjo fue que me cambió en mi relación con el público. Pero lo que no cambió –y esa es la maravilla– es que yo, a pesar de estar expuesto en los medios y en estas situaciones, siempre tengo un lugar adonde volver, que es mi escritorio. Llego a él y no tengo ninguna fuente de perturbación. Siempre puedo recuperar mi ingenuidad y el gozo primigenio de la literatura. Claro, uno se puede volver más cínico en la relación con los viajes y todas estas cosas, pero siempre uno sigue siendo el escritor aprendiz del primer momento, y eso es muy lindo porque uno siente la misma emoción.

Y es la garantía de que uno va a poder seguir escribiendo.
Claro. Mucha gente me pregunta si me da miedo que se me ‘seque el coco’, y le digo que no hay ninguna posibilidad. Sé que cuando vuelvo al escritorio, donde estoy completamente solo con mis personajes y mi historia, y sin la influencia de nadie, voy a encontrar la inspiración.