Los viajes de un diseñador social

Por María Alejandra López
Giulio Vinaccia, reconocido diseñador industrial italiano de origen colombiano, visitó el Perú para capacitar a los artesanos del interior del país. Su meta: reformular la visión local del diseño y destacar la importancia del arte en la economía mundial. Esta es la historia de un artista social.
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Foto de Augusto Escribens

Hace tres años, en el Foro Europeo en Alpbach, Austria, un invitado particular llamó la atención del público que acudió para analizar las cuestiones sociales y políticas más importantes de la actualidad. Hasta ese momento, Giulio Vinaccia era el único diseñador de la historia que había asistido a un evento de semejante envergadura para exponer una realidad evidente, pero, a la vez, difícilmente comprendida por las economías mundiales: la creatividad tiene un valor agregado. «Todos me miraban como a un extraterrestre», recuerda Giulio. «“¿Qué hace un diseñador aquí?”, se preguntaban».

El diseñador industrial, que ha trabajado con firmas internacionales de la talla de Ferrari y Pirelli, no solo ha destacado gracias a su estudio con sede en Milán –desde el cual desarrolla luminaria, muebles, artículos deportivos y aparatos electrónicos–, sino también en un rubro poco reconocido en el ámbito empresarial: el diseño social, labor que parte de la premisa de utilizar el diseño como una herramienta para el desarrollo de los artesanos. La idea es rentabilizar el arte de las comunidades y adaptarlo a los lineamientos del mercado internacional.

Sin buscarlo Giulio se convirtió en consultor de diseño e innovación de la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial, y con esa misión ha recorrido casi todo el mundo, desde Afganistán hasta Madagascar. Quizás por eso se autocalifica un zelig, hombre camaleón capaz de mimetizarse con el ambiente y las personas.
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Otra vuelta de tuerca

Para Giulio las profesiones de su familia son un karma. Su abuelo y su padre eran arquitectos, y este último también fundó la primera Facultad de Diseño en Colombia, donde Giulio estudió junto con su hermano. Luego ambos viajaron a Italia por una convocatoria del gobierno que buscaba captar talentos italianos que vivieran en el extranjero.

Su exitosa labor como diseñador social comenzó hace catorce años, cuando trabajaba para un famoso estudio en Italia cuyo nombre no planea revelar. Durante una de las habituales reuniones con los empleados de la marca, reflexionó sobre el rumbo que había adquirido su carrera. Ya no quería continuar por el mismo camino. «¡Nos pasamos un día entero discutiendo los tonos de rojo de la nueva colección», recuerda, indignado. «No tengo vocación de misionero, pero mi trabajo no podía resumirse a eso».

Al día siguiente realizó una llamada a Colombia, el país que lo vio crecer, para pedir un gran favor a un amigo cercano que se había convertido en el nuevo viceministro de Industria, y fue muy claro con su pedido: «Quiero tener una experiencia con los artesanos colombianos para que puedan compartir conocimientos con mis amigos diseñadores». Ese fue el nuevo rumbo que tomó su carrera. Tenía cuarenta años y una sólida trayectoria a sus espaldas. «Nunca es tarde para empezar de nuevo», afirma.
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Las visitas al Perú

Giulio Vinaccia visitó el país en noviembre del año pasado. En aquella oportunidad estuvo en Piura [en concreto en Chulucanas y Catacaos para observar la producción de joyas], y en Puno y Juliaca [para conocer de cerca la producción de alpaca]. Su viaje concluyó en Arequipa, donde visitó el Alpaca Fiesta.

Este mes regresó para concluir su trabajo: una asesoría directa para crear el Centro de Innovación Tecnológica de Diseño. «Cuando regresé, sentí mucha nostalgia», confiesa Giulio, quien admite haber visitado el Perú por primera vez cuando era un backpacker y se dedicaba a recorrer el mundo en compañía de sus amigos. Se quedó sin dinero cuando su travesía llegó a la ciudad del Cusco, y para conseguirlo tuvo que establecerse como taxista temporal de turistas. «Lo único que teníamos era un carro y conocíamos bien las rutas», revela sobre sus aventuras en la sierra peruana.
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El cariño que siente por Sudamérica no nació a raíz de sus viajes universitarios, sino durante su infancia en Colombia, donde pudo conocer las diferencias entre esta parte del mundo y Europa. «Es difícil conectar dos mundos, el de la artesanía tradicional, que es un método para vivir y expresar una cultura, y el de las marcas y productos actuales».

Según el diseñador, el equilibrio radica en hacer productos contemporáneos sin perder de vista la tradición que los hace especiales. «En nuestros días, todos tienen iPhones, laptops… ¿por qué no hacer estuches con la misma técnica?», sugiere. «Un ejemplo de innovación peruana es Meche Correa en la moda… Aquí lo que falta innovar son los productos», añade respecto a la situación actual de la artesanía peruana.

El año pasado, en Madagascar, Giulio gestionó el proyecto Tsara [traducción de ‘bello’], y se adentró en las regiones más necesitadas del país. Una de las visitas que más lo enorgullece fue la que tuvo con las mujeres artesanas de Farafangana, quienes tejen fibras naturales en bolsos, sombreros y esteras. A partir de su capacitación pudieron reivindicar su trabajo en modernas sillas y acceder a la demanda de sus derechos a través de una mejora económica en sus salarios.

El trabajo en Madagascar no ha concluido, pero, a la par, en febrero Giulio se iniciará como coordinador de diseño y artes creativas en los países de la costa del mediterráneo: Marruecos, Nigeria, Túnez, Egipto, Líbano y Jordania. «Luego tengo un trabajo en Camboya», agrega, como si para él no existieran las distancias. «Y en el futuro quisiera volver al Perú».
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