Los ninjas de Lima no atacan a matar ni desaparecen sin dejar rastro

Por Rodrigo Alomía / Foto de Alonso Molina
Existen desde hace cuatro mil años, pero no fue hasta el siglo XIV que los ninjas gozaron de fama. Trabajaron en espionaje, infiltración y sabotaje en tiempos de la guerra civil japonesa: una suerte de CIA o FBI de su época. Todavía se les considera seres míticos: sombras que acechan y firman su paso con la muerte. Hoy, la primera escuela de ninjas del país, revive este arte marcial, lejos de esa imagen letal y oscura que solemos ver en las películas.

Juan Ramón Rodríguez frunce el ceño esta mañana. La risa que parece formarse en la comisura de sus labios no es más que un gesto de incomodidad por aquel recuerdo. «Vengo a inscribirme… pero quiero saber, ¿después de cuántos meses aprenderé las técnicas necesarias para matar?», le dijo un muchacho incauto. El fundador de Bujinkan Perú Dojo, la escuela de ninjutsu con sede en Japón y más de diez sedes en el mundo, no recuerda bien cuándo sucedió, no porque su memoria sea frágil, sino que ya perdió la cuenta de las veces que ha tenido que lidiar con personas desinformadas. Entusiastas que solo quieren saber cómo saltar frenéticamente de una pared a otra, o cómo batirse a duelo con las katanas, esos sables japoneses de un metro de longitud y con un filo mortal. «Practicar aquí [en Bujinkan] no solo significa desarrollar las habilidades físicas, sino la parte mental y espiritual», aclara Rodríguez. La esencia del ninjutsu es el control y el dominio espiritual; no romperle el cuello ni clavarle una daga en el pecho al más osado de los desafiantes.

En el tercer piso de un edificio del distrito de Breña, un grupo de jóvenes vestidos de negro trotan alrededor de un salón de suelo de goma que no supera los noventa metros cuadrados. Fuera del cuadrilátero de goma, el sensei Juan Ramón Rodríguez —el único peruano que posee el décimo quinto Dan, el grado máximo que se obtiene en el ninjutsu solo por detrás del soke Masaaki Hatsumi, la máxima autoridad mundial— observa atento el calentamiento de sus discípulos.

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Los integrantes de Bujinkan llevan una vida normal. Algunos son padres y abuelos como Juan Ramón Rodríguez. Otros trabajan para una empresa multinacional como Héctor Chafloque. Y también hay enamorados, como la pareja que forman los estudiantes Raquel Quintanilla y Marco Martínez.

En las calles el sol arde y dentro del dojo el piso sintético solo incrementa la sensación de calor. Visten un pantalón y camisón negro de mangas largas [shinobi gi], han trotado siete veces el cuadrilátero y sus frentes están empapadas en sudor.

Estos jóvenes, que ahora practican en parejas técnicas de semicontacto, también están entrenados en el manejo de armas tradicionales japonesas como el kusari fundo [una cadena amarrada a dos tubos para estrangular], los shuriken [estrellas con hojas de metal que estaban envenenadas en el pasado], katanas, y más. Las armas no son más que la extensión del cuerpo, dicta la teoría del arte marcial. Por eso saben que no es imprescindible un objeto para combatir. Un golpe bien asestado en la carótida es suficiente para cortar el flujo de la sangre al cerebro, provocando una muerte cerebral en segundos. O basta con que el pulgar repose de la forma correcta en los otros cuatro dedos para partirle las costillas a cualquiera de un solo golpe.

Saben innumerables habilidades —técnicas de asfixia, de presión a puntos de dolor, de desmayo— que podrían usar en momentos diferentes y con quien quisieran. Pero ninguno va por las calles impartiendo lecciones gratuitas de ninjutsu. Existe una disciplina, un código que no se permiten quebrantar aún cuando la sangre hierva de ira.

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Toshitsugu Takamatsu, maestro de Masaaki Hatsumi y considerado el último ninja histórico en los tiempos de guerra en la primera mitad del siglo XX, dijo alguna vez: «Sin el marco mental adecuado, la continua exposición a técnicas de combate puede llevar a la ruina, en vez de al desarrollo personal».

¿Y qué significa eso para un ninja hoy en día? Un buen ejemplo de ello fue un alumno de Rodríguez que tenía setenta años y entrenó durante dos, hasta que la negativa de su familia pudo más y dejó las clases. «Él solo quería aprender, nada más, esa era su motivación», comenta el sensei. El deseo del desarrollo personal no depende de la edad, y cualquiera con deseos de aprender ninjutsu puede hacerlo, y así manejar armas y técnicas que parecen salidas de una película. Pero la clave está en desarrollar el espíritu y cuerpo en un equilibrio par. Acá no vale los excesos ni la violencia.

Por eso los guerreros de la noche eran tan cautelosos en el pasado: deseaban cumplir su trabajo sin que nadie los descubriera porque su última opción era matar; y el ninjutsu actual, además de impartirse, se ha batido a duelo contra todos los mitos e ideas falsas que aún existen.

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Cuando la clase acaba, los shino gi son remplazados por shorts y polos ligeros. El sensei Juan Ramón Rodríguez y sus alumnos abandonan el dojo, no sin antes inclinar sus cabezas hacia adelante a modo de reverencia al cuadrilátero donde han entrenado. Al descender las escaleras, su conversación no es ocupada por planes maestros para perpetuar algún cometido nocturno: hablan sobre qué tal estuvieron las fiestas por Año Nuevo y cuán ansiosos están por ese entrenamiento intensivo que tendrán en Huampaní el próximo mes. Así continúan hasta perderse por las calles de Breña.

Antiguamente, algunas familias japonesas se refugiaban en las montañas para cuidar celosamente las técnicas de ninjutsu que se transmitían, únicamente, de generación en generación.

Hoy los ninjas ya no son clandestinos. Pero aún tienen muchos prejuicios por aniquilar.