Las notas musicales de una chica limeña

Por Pablo Panizo / Fotos de Alonso Molina
La mujer que por años ilustró la columna de sexo del diario Perú 21 ha tenido que reducir drásticamente sus horas de trabajo frente a la computadora. Sus muñecas ya no soportan el ritmo. Sin darse cuenta Y antes de tener tiempo de lamentarse, Sheila Alvarado se ha tomado en serio una afición de toda la vida, y hoy la creadora de Limeña Girl estrena faceta como cantante.
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Es extraño imaginar a Sheila Alvarado sobre un skate. Es difícil imaginarlo porque antes uno debe desprenderse de su imagen habitual: zapatos brillantes, piernas descubiertas y coquetos vestidos vintage. Es más difícil aún porque esa es la misma imagen con que asociamos a su chica pin up, LIMEÑA GIRL, la creación con que por años –hasta diciembre pasado– ilustró la columna de sexo de Perú 21. Pero hay que hacerlo porque a sus 34 años ha adquirido un skate, y las zapatillas más grandes y coloridas que encontró. Se las ha comprado porque ya no puede montar bicicleta: siente un dolor intolerable en las muñecas cada vez que las somete a la vibración del timón.

Por la misma razón hoy ilustra cada vez menos. Sheila puede pasarse diez horas trabajando frente a la computadora, pero apenas se levanta del escritorio que ocupa junto al ventanal de su departamento, llegan de golpe el hambre, el sueño y el calor, y un intenso padecimiento golpea sus muñecas. Pese a los dos años que lleva en terapia física, sus manos ya no soportan el ritmo de trabajo que la llevó a crear cerca de cuatrocientas ilustraciones de Limeña Girl. «Por eso estás cantando», le ha dicho su madre. En parte tiene razón y en parte no. Lo del canto no es algo nuevo para ella: desde que de pequeña su papá cogía la guitarra para tocar huainos y yaravíes cada vez que Lima quedaba a oscuras por los apagones senderistas, ella lo acompañaba cantando. Como invitada también ha hecho coros en presentaciones de músicos amigos. Sí tiene razón su madre en que nunca se lo tomó en serio, como ahora. Recién hace unos meses decidió activar la grabadora de su computadora cada vez que se descubre entonando una canción que nunca antes escuchó. Luego coge el cuaderno y apunta lo que acaba de recitar.

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Así nació Los que se aman, un carnavalito andino dedicado a una gran amiga lesbiana y su pareja. Mi novia quiere casarse / casa yo le voy a dar / (…) voy a luchar a tu lado / (…) porque mi voz y la tuya / nadie las debe callar. La canción llegó a oídos de la organización Unión Civil Ya y fue elegida para su próxima campaña a favor del matrimonio homosexual. Así, en poco más de dos meses componiendo, Sheila se prepara para grabar su tercer videoclip, después de Pensar en ti y Bajo este cielo gris, presentados el pasado febrero.

«¿Cómo crees que me vaya cantando?», pregunta con naturalidad, como si hablar de su futuro fuese lo mismo que hablar de la nueva disposición que tienen los muebles verdes y rojos en su luminosa sala de paredes mostaza. Pese a que su nombre se hizo conocido a través de esas desinhibidas mujeres que exhibían su intimidad en los periódicos de cada miércoles, la ilustración no es todo en su vida. Hay dos cosas que quedan claras cuando se conoce a Sheila: solo concibe su vida ligada a la creación artística y, mientras se mantenga dentro del arte, nunca tendrá miedo a los cambios. A lo largo de su vida ha hecho danza, percusión, fotografía, poesía infantil –el año pasado ganó con El vals de las cometas en la V Bienal de poesía infantil del Icpna–, grabado y, por supuesto, ilustración erótica. Así como dejó la bicicleta y decidió aprender a dominar un skate, hace ya más de seis años dejó su especialidad de grabado para explorar la ilustración. Sus amigas la tildaban de loca: «No es tan artístico –le decían–. Nunca podrás alcanzar la misma calidad en tus trabajos». Para Sheila no había vuelta atrás: el ácido nítrico y el percloruro con los que trabajaba le generaron una infección a la vejiga que la tuvo en cama durante tres meses. Cuando se recuperó, asumió con buena cara la necesidad de encontrar una nueva ocupación.

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A diferencia de ese entonces, cuando entró a la ilustración sin saber siquiera cómo usar Photoshop, a Sheila el amor por la música nacional le nació en casa, y nunca se fue. En su reproductor de música, Radiohead y Kevin Johansen se alternan con Los Kipus, la banda que más escucha. «La mitad de mis amigos está pensando en los soniditos electrónicos. Están bien, me divierto, pero yo no funciono con eso. Prefiero conversar con alguien que sepa qué es un yaraví», dice. En poco más de dos meses, Sheila ha compuesto diez canciones. A excepción de alguna con sabor a nueva ola, todas son huainos, carnavalitos y yaravíes. La polifacética artista está conociendo su voz y explorando sus recovecos con libertad. «No soy María Callas –la famosa soprano griega–, pero me gusta cantar», ha dicho en más de una ocasión, y hoy lo repite. Por el gran ventanal de su sala se cuelan los cantos de pequeños pajaritos. Sheila piensa que los imita. En sus grabaciones, su voz suena por momentos chiquitita, como llegada del árbol vecino, y por momentos grande y melodiosa. Sonríe cuando cuenta a sus amigos que cuando ya era ilustradora era difícil ganar dinero, y que ahora no sabe cómo venderá música. «Ellos se ríen y me cantan una de mis canciones: qué va a ser de mí, qué va a ser de ti, bajo este cielo gris».