La vida es un álbum de fotos

Por Rebeca Vaisman / Foto de Augusto Escribens
Un grupo de artistas intenta reconstruir la identidad de una desconocida, a partir de un álbum de fotos encontrado en un mercado de pulgas de Berlín. Dirigido por Carla García, esta reflexión sobre la identidad, la soledad y la memoria tiene un nombre propio, un nombre de mujer: Proyecto Helga.

«Ante la foto de mi madre de niña me digo: ella va a morir. Me estremezco, como el sicótico de Winnicott, a causa de una catástrofe que ya ha tenido lugar. Tanto si el sujeto ha muerto como si no, toda fotografía es siempre esta catástrofe».

Roland Barthes, LA CÁMARA LÚCIDA

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En la sala de su casa, entre otras cosas, se puede ver la fotografía de una mujer en el día de su boda, una mujer con vestido de novia. Es una foto, por supuesto, importante.

—¿Es tu mamá? —le preguntan.
—No —responde ella —. Es una mujer de un barrio judío de Nueva York.
—¿Y qué hace acá?
—La tiraron por la ventana.

Carla García colecciona fotos perdidas. Olvidadas. O lanzadas por la ventana de un departamento afuera del Museo Guggenheim, seguramente en un ataque de ira. Ha encontrado fotos carné metidas dentro de revistas de aviones, y retratos de niños que deben haberse caído de la billetera a la madre. Y un día, hace seis años, encontró un álbum de fotos en un mercado de pulgas. Fue en el mercado de Mauerpark, en Berlín. Uno de esos lugares donde se ofrece la mitad de una dentadura postiza, anteojos sin vidrios y la media de un par, así lo recuerda Carla. En esa época aún no existía Instagram, y a los autorretratos disforzados no se les llamaba selfies. Para Carla, como nieta de fotógrafo, esas imágenes siempre habían sido un acontecimiento. Pero en ese álbum hallado en un mercado de pulgas de Berlín, una mujer desconocida, presumiblemente alemana, cuyas primeras fotos datan de mediados de los cuarenta, aparecía de espaldas, sin mirar a la cámara y en situaciones demasiado vulgares, cotidianas. «En esa época, ¿quién gastaba rollo en hacer fotos de una mujer de espaldas?», se pregunta, aun hoy, Carla. «Otro detalle que me impresionó es que la mujer del álbum no sonreía en sus fotos».

Carla García pagó veinticinco euros por el álbum, y lo trajo consigo a su regreso a Lima.

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Conociendo a Helga

Toma café negro, sin azúcar. Y es aficionada a los blogs. De hecho, cuando Carla viajó a Alemania, tenía uno que se llamaba Queloide [y que posteriormente se convirtió en un libro]. En una entrada de julio del 2008, García escribió sobre Berlín y sobre el álbum que había encontrado. Escribió sobre la extraña mujer que lo protagonizaba, a la que llamó Olga, Iris, Ingrid o Imtrud. Ella –quien quiera que fuera la mujer de las fotos– esperó mucho tiempo guardada enfrentado a la humedad de Lima.

El año pasado, Carla decidió que había sido injusta con esa mujer. La bautizó definitivamente como Helga, y con ese nombre inició la búsqueda de su identidad perdida. ¿Por qué acabó la vida de Helga, o al menos veinticinco años de su vida documentada en fotos, en un mercado de pulgas donde se venden objetos que no tienen valor? ¿Cuánto había valido la vida de Helga? ¿A quién le había importado? Carla revisó el álbum una y otra vez, buscó pistas, palabras, lugares: cualquier elemento que pudiese ayudarla a trazar una biografía real de Helga. «Pero hay muy pocas pistas de quién era ella realmente», dice, frente a su taza de café negro y caliente. Por eso decidió hacer, con ayuda, aquel ejercicio que siempre practica ante una nueva foto encontrada o rescatada: unir los espacios en blanco, inventar una vida.

Carla García, comunicadora con estudios en Literatura y egresada de la carrera de Publicidad, convocó a los artistas Ricardo Ayala y Ale Hop, primero. Y determinaron la metodología de trabajo. Estaba naciendo el Proyecto Helga.

Como directora del proyecto, García separó grupos de diez a quince fotografías de Helga, y se los dio a seis creadores para que escribiesen un texto. Cada grupo de fotos tenía imágenes distintas para que los artistas no llegaran a la misma conclusión. Al escribir debían asumir la perspectiva de uno de los personajes que acompaña a Helga en alguno de los momentos de su álbum. Así, Alicia Bisso escribió desde la visión de la hermana gemela, la hermana bonita pero envidiosa; Katya Adaui es la propia Helga, y reflexiona sobre su soledad; Luisa Fernanda Lindo pone en contexto el Berlín de la posguerra mundial. Rafo Ráez se transforma en el director de una junta de médicos que analiza la pérdida de memoria de Helga, y Ricardo Ayala escribe como su sobrino, uno de los que aparecen en sus fotos. Eduardo Tokeshi, finalmente, asume el papel del fotógrafo, autor del álbum de Helga.

Una vez escritos, Carla García dio estos textos a otros seis artistas visuales para que, usándolos de referencia junto con las fotos originales, crearan un video que termine de descubrir a Helga. Los encargados de esta segunda fase son Ale Hop, Héctor Delgado, Rubén Carpio, Aldo Cáceda, Hilda Melissa Holguín y, de nuevo, Ricardo Ayala. Pronto podrá visitarse la exposición del Proyecto Helga, en cuya curadoría Carla García ya trabaja. Y luego los resultados se publicarán en un libro. «Siempre he sido crítica del medio artístico peruano, en el que hay argollas obvias, y en el que la gente expone en los mismos lugares», explica García sobre su criterio de selección. «Quería trabajar con gente que no sea parte de ninguno de esos grupos, y que pudiera dar rienda suelta a su versatilidad y a su capacidad desde otros puntos de vista». Por eso el proyecto ha sido construido a través del diseño, de las letras, del videoarte y de la performance. Helga es un rompecabezas.

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Retrato de familia

«Lo que la fotografía reproduce al infinito únicamente ha tenido lugar una sola vez: la fotografía repite mecánicamente lo que nunca podrá repetirse existencialmente», escribió Roland Barthes en 1979. Si la memoria está hecha de momentos, ¿qué nos enseñan los recuerdos de otro sobre la propia vida? «Se me ocurre que hoy, con el tema del asentamiento del ser mediante las redes sociales, la vida de todos es evidente siempre», reflexiona Carla. «En cambio tener algunas pistas de la historia del otro, sin estatus ni selfies hace que quieras empezar a conocerla más. Además, en este proyecto juego mucho con nuestros prejuicios: vemos a una persona por la calle y determinamos de dónde viene, qué puede estar haciendo, cuáles son sus preocupaciones».
¿Es posible determinar quién era Helga con solo verla?

Su álbum no sigue un orden cronológico. Es más: algunas veces las fotos han sido pegadas torcidas, en el sentido equivocado. «La de Helga no es una historia bonita. Está en un contexto de posguerra; hay mucho de Alemania en Helga», asegura la curadora. Para ella algunos de los artistas que trabajaron el proyecto se habrían enamorado de Helga si la hubieran conocido; otros la habrían protegido, y algunos la habrían odiado.

«¿Por qué tengo este álbum que debió haberse quedado con alguien? ¿Por qué pude comprar en un mercadillo un objeto tan precioso que guarda la historia de una familia?», todo eso se sigue preguntando Carla García, mientras toma un café negro. Aun ahora, que está por confirmar el espacio para la exposición. Aun ahora, que ha conseguido ponerle nombre propio y crear todo un movimiento alrededor de la mujer anónima que recogió en Berlín.

Además de haber ayudado a crear para ella una nueva memoria, Carla García guarda un último deseo: que un familiar de Helga se aparezca en la exposición y le quite el álbum.