La vida en dos momentos

Vanessa Saba

Por Rebeca Vaisman / Fotos de Santiago Barco
Empezó como reina de belleza a pesar de su timidez. No se preocupa demasiado por su físico, pero su rostro aparece en campañas publicitarias. Acaba de estrenarse como sicópata en la película EL VIENTRE, pero su vida real persigue el control. Como actriz encarna las pasiones de otras mujeres, y sin embargo es difícil develar lo que ella misma está sintiendo. Vanessa Saba está llena de contradicciones, porque es humana, y por eso es tan buena villana.
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UNO. La búsqueda de la claridad

Al comienzo Vanessa Saba habla suavemente. Tanto, que ella misma está preocupada por la ubicación de la grabadora: sugiere sostenerla cerca de su boca para que ninguna de sus palabras se pierda. «Hablo muy bajito», advierte. Pero no es necesario. «¿Sí? ¿Es potente?», vuelve a preguntar, y apenas acerca un poco el aparato hacia sí. A veces Vanessa no termina las oraciones. ¿Qué la detiene? Parece que quiere estar totalmente segura de lo que responde. Por eso quizás piensa en voz alta, como queriendo encontrar la respuesta más acertada.

Y se corrige. Dice que no es muy conversadora, pero, en esa búsqueda por la precisión, su voz se escucha cada vez mejor.

Unos años antes de que se animase a participar en el concurso de Miss Perú, Vanessa Saba tenía dieciséis y acompañó a una amiga suya a un casting. Cuando estaba allá le propusieron probar frente a la cámara. Algo impensable para una chica tímida como era ella. Y, sin embargo, accedió. No solo eso, sino que también sonrió, bailó, hizo todo lo que la cámara le pidió. Para cuando terminó, no sabía qué le había pasado. Aún hoy muestra cierta perplejidad al hablar sobre aquel impulso desconocido que la convierte en otra mujer, en muchas mujeres; todas diferentes, distintas, también, a ella misma. «De pronto frente a la cámara me sentí liberada», recuerda la actriz. «No sé por qué pasa eso. A lo mejor es puro ego; no lo sé».

Hoy tiene 38 años, y está casada con el director Frank Pérez-Garland. Viven en un departamento de Miraflores, al lado de un parque. En la sala de su casa, la acompañan Charlie y Pinocho, sus dos perros schnauzer que tienen cataratas en los ojos y ya casi no pueden ver. Pinocho se ha echado sobre el sofá para buscar estar lo más cerca posible del cuerpo de su dueña. Ella les llama ‘mis hijitos’.

Vanessa Saba no puede recordar con exactitud cuáles eran sus expectativas antes de empezar a actuar. Sabe que no tenían que ver con los aplausos. Sí buscaba el reconocimiento de sentir que su trabajo era considerado bueno. «No tengo el nivel de popularidad que genera participar en una serie como AL FONDO HAY SITIO, por mencionar un ejemplo», dice. «Soy más o menos conocida, pero si no lo fuera, no sé si sería un deseo. No recuerdo haberlo querido alguna vez».

Tampoco quiere dar importancia a su físico. Sin embargo es uno de los rostros de la gran campaña de belleza y moda de una tienda por departamentos. «Es difícil para mí hablar de eso: yo me siento bien conmigo misma, pero mi físico no es una cosa en la que piense», afirma Vanessa. «Me gusta vestirme cómoda», agrega, y muestra el sencillo polo de algodón que lleva, a manera de prueba. «Que alguien me diga que soy guapa es halagador, pero últimamente me ha tocado hacer personajes cuyas características nada tienen que ver con el físico. Y eso me encanta».

En EL VIENTRE, por ejemplo, interpreta a una mujer madura, viuda y solitaria, obsesionada por ser madre. Para dar vida a esa mujer, tuvo que olvidar que fue reina de belleza, que alguna vez quiso ser cantante, y que sigue considerándose, después de todo, un poco tímida. Tuvo que dejar de lado cualquier anhelo de claridad o de precisión. Porque no hay nada claro en una villana. Y eso Vanessa lo sabe muy bien.

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DOS. El placer del miedo

Le gusta sentirlo. Como cuando recibe un texto nuevo y se pregunta, en silencio: ¿Ahora cómo hago esto? Es emocionante. «Estamos entrenados para manejar los nervios de las primeras funciones. Pero hace unos días, en el preestreno de MENTIRAS [el musical en el que actúa, y que se presenta en el Teatro Peruano Japonés] sentí tantos nervios, que temí salir a escena desbordada. Temí perder el control», admite Saba. «El miedo puede ser un problema, pero generalmente es un motor». Y, sin embargo, alguna vez se ha quedado inmóvil ante el miedo: sucedió en un taller de claun, cuando le pidieron actuar sin la nariz de bola, el disfraz más pequeño del mundo. «Entré en pánico y, ay, no pude volver a la clase», se lamenta Vanessa. Es la única vez que recuerda haberse paralizado. Un personaje también es un escudo.

Entonces, ¿cómo se convierte una chica tímida en una mujer que no tiene miramientos para conseguir lo que quiere? ¿Cómo se sumerge en la oscuridad una actriz que, cuando conversa, precisa de claridad? Para empezar, leyendo a Virgina Woolf. Luego escuchando el soundtrack de la película LAS HORAS, de Phillip Glass. A pedido de su director, Daniel Rodríguez Risco, Vanessa Saba escribió una biografía para Silvia, su personaje en El vientre, llena de imágenes de la vida que debía encarnar: «Silvia es una madre, por más que sea una villana. Es una madre que está defendiendo lo que es suyo con absoluta convicción». Vanessa la entiende porque le inventó un pasado, porque la escuchó pensar.

Y también porque algo comparte con esa mujer desequilibrada. Como la sensación de soledad, que alguna vez ha sentido. Y como el deseo de proteger a quienes le son importantes: «Si un hijo está en peligro y para defenderlo tuvieses que matar, cualquier madre o padre te diría que lo haría», afirma Vanessa. Con una mano acaricia a Pinocho, que respira tranquilo al lado. «Estos dos bebes son como mis hijos. Sé que son perros, no es que esté loca, pero mientras no tenga un hijo suplen ese espacio. Y si alguien les toca un pelo, siento que soy capaz de matar. Lo mismo con mi esposo y con mi familia». Quizás porque lo ha dicho con una voz tan apacible, es difícil imaginarse a Vanessa Saba perdiendo el control a tal punto. A menos, claro, que se la haya visto como Silvia.

«Cuando actúas se supone que eres otra persona, y todo está bajo control. Por eso me he terminado sintiendo muy cómoda, aun estando expuesta», dice Vanessa, y regresa a la primera pregunta de la tarde. Después de pensarlo no ha encontrado una conclusión. Solo una certeza que la ha ayudado a entender a su villana. A entenderse ella misma: «Es difícil hacer un diagnóstico de las personas. La mayoría de las veces te equivocas. Las personas nunca son lo que parecen».