La paz es posible

Por César Becerra / Fotos de Augusto Escribens
La madre de Anat Kehati, nacida en Israel, se trata con un médico palestino; Joshua Aleko es palestino, pero lleva un nombre judío en honor al mejor amigo de su abuelo; Adriana Abusada y Maurice Winter forman un matrimonio judío-palestino que se enamoró a sabiendas de sus orígenes… A raíz del conflicto en Gaza, tres historias nos demuestran que, más allá de las diferencias políticas y culturales, se puede anhelar lo mismo: el cese de la violencia.

«No hay diferencia entre la sangre árabe y la palestina», ha dicho la madre de Naftali Frenkel, uno de los tres jóvenes israelíes asesinados supuestamente por Hamás, la organización palestina que gobierna Gaza. Este fue el punto cero que desató la reciente crisis bélica que ha matado a 2.104 palestinos y 72 israelíes, y ha dejado daños materiales por 7.800 millones de dólares.

No es fácil explicar las razones del conflicto, pero hagamos un intento. En 1948 la ONU creó el Estado de Israel en tierras palestinas, lo cual ocasionó la reacción del mundo árabe al día siguiente de la proclamación. Desde entonces han ocurrido diversos conflictos armados, como la Guerra de los Seis Días (1963) o la Guerra de Yom Kipur (1973). Todos estos enfrentamientos dejaron como saldo miles de muertos, el éxodo de palestinos y un dominio territorial más extenso por parte de Israel (la franja de Gaza fue parte de estos dominios anexados).

En el 2005, Israel entregó Gaza a la Autoridad Nacional Palestina. Sin embargo, aún mantiene un dominio sobre la región, pues controla los accesos hacia esta. Como consecuencia, Hamás ha lanzado misiles hacia territorio israelí desde el 2001 e Israel ha respondido con despliegues militares, y son los civiles quienes pagan más caro las consecuencias.

Así que volvamos a lo dicho por la madre de Naftali Frenkel –«no hay diferencia entre la sangre árabe y la sangre palestina»– como antesala a tres historias que nos ayudan a entender que la paz es posible, anhelada y, sobre todo, necesaria.

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La tolerancia como herramienta

Anat Kehati es judía y esposa del educador León Trahtemberg. Nació en Jerusalén (Israel) hace sesenta años y vive en el Perú desde los once, debido a que su padre fue enviado por el gobierno israelí para dirigir el colegio judío León Pinelo. Recuerda que tuvo una infancia austera en Medio Oriente, pero inmersa en un ambiente de optimismo. «Israel era un país emergente y se sentía que hacíamos historia», recuerda. «¡Teníamos nuestro país! Me imagino que debe haber sido un momento similar al de 1821, tras la independencia del Perú».

Si bien se siente peruana desde hace 49 años, Anat mantiene el vínculo con lo que ocurre en Israel. Sus dos hijos mayores, Daniel y Uriel, viven allá y están casados con mujeres israelíes. «Mis hijos y mis nietos corren a los refugios. También los hijos de mis primos, los hijos de mis amigos… La verdad es que desde hace mucho tiempo no duermo bien».

Anat, una mujer firme en sus ideas y directa a la hora de expresarse, cree en la tolerancia. Ejemplo de ello es su trabajo con una congregación de monjas cristianas en Angaraes, Huancavelica. «Hago con ellas una labor social y educativa, a fin de buscar una cultura de paz. Nuestras diferencias ya las conocemos, así que nos enfocamos en lo que tenemos en común».

A la hora de hablar de Gaza mantiene la misma actitud. «¿Sabes quién le pone inyecciones a mi mamá por un problema ocular? Un médico palestino. ¡Que no me vengan con cuentos!: palestinos y judíos queremos vivir en paz. Me encantaría encontrar un buen ‘partner’ del lado palestino para crear una vía de comunicación aquí en el Perú. Ya no hacer reuniones ni manifestaciones por separado, sino juntarnos por un fin común».

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La información como arma

Joshua Aleko tiene cuarenta y un años y es palestino. Nació en Iquitos, pero su familia paterna proviene de Hebrón, Palestina. Su nombre, sin embargo, poco tiene de árabe. «El mejor amigo de mi abuelo era judío, así que me pusieron ese nombre en honor a él», explica.

A raíz de los conflictos bélicos en la región, su padre, que perteneció a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), llegó al Perú y conoció a una limeña, la futura madre de Joshua. «Mi papá se fue cuando yo tenía un año y dos meses. Nos volvimos a ver después de veintisiete años».
Si bien ya era activista de derechos humanos desde el gobierno de Alberto Fujimori, ver a su padre fue un estímulo para Joshua: lo conectó con la identidad palestina. El método que eligió para pelear fue y es pacífico. «Estoy en contra de la ocupación de Gaza, mas no en contra del pueblo judío y los ciudadanos israelíes. De hecho tengo muy buenos amigos judíos. Algunos, incluso, muy nacionalistas. Mi labor consiste en informar lo que pasa con los palestinos allá y, así, buscar la solidaridad».

¿Cree que estará vivo cuando ambos pueblos firmen la paz definitiva? «Sí, lo creo», responde. «Mi padre lo creía, mi abuelo también. Mi sueño es ir a Palestina, bañarme en sus ricas playas y visitar la casa de mi abuelo sin tener un cañón que me apunte. Sé que muchos israelíes desean la paz. ¿A cuántos no les gustaría cruzar tranquilamente la frontera y comprar las mejores frutas en Jenin (Palestina) y regresar felices a casa?».

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El amor como puente

Adriana Abusada y Maurice Winter llevan doce años de matrimonio. Son peruanos y tienen dos hijos. Ella maneja una empresa que elabora cremas de belleza y él se dedica a la agroindustria. Hasta ahí todo normal, pero falta mencionar un detalle: Adriana es palestina y Maurice, judío.

«Para nosotros nunca fue un problema grave», cuenta Adriana, cuya familia proviene de Beit Jala, ciudad palestina. Ambos se conocieron en un bar, hace dieciséis años, y se enamoraron luego, a sabiendas de sus raíces. «El destino te lleva a buscar la felicidad, así que no tenía miedo de estar con Adriana», dice Maurice, descendiente de judíos que llegaron al Perú desde Europa. «El único que me dijo algo fue mi abuelo judío. Me habló de la tradición, pero no compartí su punto de vista».

Adriana recuerda que algunos de sus familiares no entendieron la situación. «Unas tías me preguntaban: “¿estás segura de que quieres casarte?”. Pero la verdad es que nadie me dijo: “no te cases”».

Si para una pareja que proviene de tradiciones homogéneas resulta difícil convivir y tolerarse, ¿cómo es para ellos? «Es más fácil porque hay chispa», dice Maurice, y Adriana ríe como signo de complicidad. «En las diferencias está el sabor de la vida. Qué aburrido sería pensar igual».

Obviamente los dos se sienten cercanos a lo que ocurre en Gaza. «Como ser humano, no estoy de acuerdo con ningún tipo de abuso, conflicto ni matanza», dice Adriana. «Me da pena porque, siendo pueblos que pueden hacer tantas cosas juntos, viven en tensión constante. Estoy seguro de que, salvo varios políticos y fundamentalistas, judíos y palestinos quieren vivir tranquilos».