La música nunca muere solo se transforma

Por César Ochoa / Fotos de Alonso Molina
Hace dos años Fernando Valcárcel tomó la batuta de la Orquesta Sinfónica Nacional: lejos de ofrecer piezas de Beethoven o Mozart, se ha preocupado por estrenar obras de compositores peruanos del siglo XX, una generación incomprendida que creó sinfonías experimentales, difíciles de entender para la audiencia. Pero no es un excéntrico ni alguien que pretende aburrir al público: es un entusiasta que nos anima a ir más allá de lo clásico para vivir nuevas experiencias sonoras.
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Movimiento I

Un día de finales de ochenta, Fernando Valcárcel se animó a tocar en el piano una canción de Elton John. No recuerda cuál de todas eligió, pero sí lo que sintió segundos después. Sorpresa, vergüenza, frustración. En ese orden. Ni bien empezó, sus dedos no le respondieron como él quiso y sus esfuerzos por leer el pentagrama fueron inútiles. Desde hacía cinco años que no se acercaba a ese instrumento, y aunque lo había aprendido de su abuela a los seis años, quedó demostrado que esa habilidad ya era parte del pasado. Lo de aquel día no había sido un caso de bloqueo temporal, sino una prueba de que la música —como la matemática— se olvida si es que no se practica.

Todo sucedió en una casa que su padre tenía en La Molina, hasta donde había llegado con sus amigos a pasar un fin de semana. El director de la Orquesta Sinfónica Nacional, quien en ese entonces estaba por terminar el colegio y tenía planes de ser arqueólogo, decidió cobrarse esa revancha. «Lo volví a intentar, una y otra vez», dice hoy, apuntando al frente con la batuta, vestido con esmoquin negro y listo para una sesión de fotos.

Si encontrar su verdadera vocación estaba en su destino, en ese momento Fernando se reencontró con la música. Días después, volvió a tocar la canción de Elton John como cuando era niño. A partir de entonces nunca más se detuvo. A los pocos meses ingresó al Conservatorio Nacional de Música, donde se especializó en piano y viola. Su exploración musical lo llevó a graduarse como compositor en el prestigioso Instituto Curtis de Filadelfia y obtener una maestría en dirección orquestal por la Texas Christian University. Cogiendo una batuta, finalmente, había encontrado su camino, pues antes de cumplir los cuarenta años, ya estaba al frente del primer elenco musical del país. Y es que dirigir —para él— es sentir que toda la orquesta es su instrumento.

Pero más allá de su rápido ascenso, lo que llama la atención de este director en constante exploración, es que está al frente de una suerte de cruzada por revalorar la obra académica que se compuso en el Perú el siglo pasado, desde la generación de los años veinte y cincuenta, hasta la época actual. En dos años al frente de la Orquesta Sinfónica Nacional, Fernando Valcárcel ha propiciado el estreno absoluto de 13 obras e incluido 48 piezas de compositores peruanos en sus conciertos. Si se trata de desenterrar piezas valiosas, él ha encontrado su propio tesoro.

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Movimiento II

«Una orquesta que solo tiene repertorio antiguo no me interesa», asegura Valcárcel, en camisa blanca y con el pelo agitado. Acaba de terminar el ensayo final del concierto por el 75 Aniversario de la Orquesta Sinfónica Nacional. Es un mediodía de inicios de diciembre y entre los pasillos del Gran Teatro Nacional, en medio del ajetreo generado por más de setenta músicos, dice que su interés es montar piezas frescas, que lo reten a él y a su orquesta a renovarse. Y es que a diferencia de la música clásica, la contemporánea requiere más músicos por su complejidad, a veces instrumentos exóticos, como el flexatón, una pequeña lámina de percusión de metal. Por la noche, ofrecerá un concierto que es el resumen de su esencia: piezas del peruano Enrique Iturriaga; del finlandés Jean Sibelius y del ruso Igor Stravinsky, todos compositores del siglo XX.

Fernando Valcárcel es, sobre todo, un director que busca sonidos nuevos. Para él, los ‘clásicos’ escribieron la mejor música de la historia, pero no podría vivir solo de ellos. Para una orquesta que solía centrarse en Beethoven, Brahms o Mozart, el repertorio de Valcárcel es un constante reto. «La música contemporánea nos quiere decir cosas nuevas», dice en uno de los pasillos detrás del escenario. La diferencia es clara: si una pieza clásica de Beethoven es como el cuadro de un paisaje, una sinfonía contemporanea puede ser un lienzo abstracto, difícil de interpretar a primera vista.

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Movimiento III

Para entender la cruzada que ha empezado este director a contracorriente, hay que remontarse a una generación de compositores peruanos que en el siglo pasado mezcló sonidos de raíces peruanas con los estilos vanguardistas más atrevidos. Entre ellos estuvo su padre Édgar Valcárcel, Theodoro Valcárcel, Armando Guevara Ochoa, Francisco Pulgar Vidal, Celso Garrido Lecca, Enrique Iturriaga, entre otros. El legado que ellos dejaron son piezas experimentales: difíciles de asimilar por el público, complejas de ejecutar y con un gran reportorio aún sin estrenar. Nada mal para un director al que le gustan los retos y que se considera un «hijo» de ese periodo fructífero de los sonidos peruanos.

Es fácil reconocer en Fernando la misma frente amplia y pensativa de su padre, el puneño Édgar Valcárcel, quien fuera uno de los grandes maestros de la composición académica del Perú.

Él, precisamente, en una entrevista con la musicóloga Chalena Vásquez en el 2000, dijo que a pesar de que algunas veces se sintió menospreciado e incomprendido con su música, lo mismo que sus colegas, había sido premiado por la vida. «Mire ahí», dijo el autor de Canto coral a Túpac Amaru No.1, señalando con el dedo el diploma que su hijo Fernando había obtenido en el Curtis Institute of Music de Filadelfia. «Yo no quería que ninguno de mis cuatro hijos se dedicaran a la música. ¿Para qué? No iban a tener plata para sobrevivir. Pero él último se me escapó», dijo Édgar, riendo y refiriéndose a Fernando. No llegaría a ver la empresa musical de su hijo. «Todo esto ha sido para mí ha sido una forma de descubrir la música peruana y dar a conocer lo que se hizo. Aunque ofrezco un repertorio variado, la idea es que se puedan tocar cosas vivas. Como experimento resultó. Ese es mi aporte», sentencia Fernando Valcárcel, antes del concierto de aniversario. «En dos años hice más repertorio nacional que lo que se hizo en una década».

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Fuga

En un intermedio de la sesión de fotos, Fernando Valcárcel reconoce que ofrece piezas que pueden no gustar al inicio y que incluso es un repertorio con el que los músicos no están familiarizados. «Mi objetivo es tener una orquesta peruana que valora lo suyo y que tiene sonidos vivos», dice. En su repertorio también incluye, por supuesto, piezas contemporáneas de todo el mundo. Aunque es consciente de que tiene mucha familiaridad con esos compositores, entre los cuales está su padre y alguno de sus maestros, su interés va más allá.

Si este año ofreció conciertos de música popular con músicos invitados como Jean Pierre Magnet, Lucho Quequezana y Manuelcha Prado, para el próximo está dispuesto a hacer conciertos en la calle, de manera sorpresiva, con tal de acercar al público el trabajo de su elenco, contagiado ya de su espíritu de rescate.

Luis Antonio Mesa es un compositor peruano contemporáneo que gracias a Fernando Valcárcel estrenó Los Andes, poema sinfónico, el 2011. En una entrevista, Mesa dijo que hasta Mozart había cambiado detalles de sus obras luego de escucharlas, pero muchos peruanos ni siquiera tienen ese privilegio, pues sus piezas se quedan en el papel. El soundtrack del destino de esas obras bien podría ser el sonido triste de un adagio, pero con Fernando Valcárcel a la cabeza de la sinfónica hay esperanza de una explosión propia de un allegro.