La libertad no está fuera del cuerpo

Por Pablo Panizo / Fotos de Santiago Barco
Las bailarinas Anaí Mujica y Francesca Sissa comparten una búsqueda: entender cómo el cuerpo refleja lo que pensamos y sentimos a través de la danza. Para ello analizaron aquellas sensaciones que, a decir de ellas, nos impiden ser libres: la ira, el deseo, la envidia, la ignorancia, el orgullo. Mara, la performance que presentarán en la Asociación Mario Testino, es la respuesta a esa pregunta: ¿qué nos hace libres en realidad?
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Desde octubre pasado, Mario Testino expone en la Asociación MATE su colección privada de arte contemporáneo llamada SOMOS LIBRES. Cuando a las bailarinas Anaí Mujica y Francesca Sissa les propusieron presentar una performance en el marco de esta exposición, cuestionaron la afirmación que planteaba ese nombre. ¿Somos realmente libres? ¿Podemos serlo si vivimos en una sociedad donde lo más importante es producir frenéticamente para acumular bienes que, llegada la muerte, nadie llevará consigo? Más aún: ¿cómo pensarlo cuando nadie quiere envejecer y, sobre todo, nadie quiere morir? «Vivimos en una oda al escapismo y a la negación», piensa Anaí. «Libertad es poder mirar frente a frente y sin tapujos todas tus debilidades, y a partir de eso comenzar a trabajar. Sin eso no somos libres. No hay posibilidad de serlo si vives en una ilusión. Estás atrapado en un fantasma».

Pero Anaí y Francesca no son filósofas sino bailarinas, y lo que intentarán en el MATE el 11, 12 y 13 de marzo, cuando presenten la performance MARA, será sugerir este debate interno entre la libertad y la esclavitud espiritual a través del vehículo con el que trabajan: el cuerpo. Han realizado un extenso trabajo que implicó entrevistas a antropólogos, lectura de amplia bibliografía y un análisis de la muestra misma, pero nada de ello serviría si sus cuerpos no tradujeran esta información y la convirtieran en movimiento, en arte. Ese es el reto de la danza contemporánea, y esa es la tarea que Francesca y Anaí han emprendido desde que decidieron vivir esta disciplina. La danza para ellas no es una competencia de virtuosismo sino la expresión corporal de procesos internos. Para trabajar Mara, Francesca y Anaí han prestado atención a aquello que no les permite ejercer su libertad de manera auténtica: la ira, el deseo, la envidia, el orgullo, la ignorancia respecto a sus propios comportamientos.

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El lenguaje del movimiento

Hace algunos días, Anaí se acercó a Francesca y le explicó lo que había sentido horas atrás: un calor corporal cercano al sudor. Era la envidia. Anaí la identificó claramente porque antes había escrito en su agenda sobre cómo su cuerpo reaccionaba ante ese sentimiento. Ambas trabajaban así: después de capturar una idea e identificarla en una imagen, las bailarinas deben lograr que esa imagen se transforme en un movimiento. «Un movimiento que incluso a mí me sorprenda», explica Anaí Mujica. Nacida en un hogar de músicos en que la presencia de bailarines era una costumbre, su relación con la danza ha sido natural e intensa, sobre todo desde hace nueve años. Francesca Sissa, por su parte, lleva casi el mismo tiempo en la danza. Empezó a los veinte años cuando sintió que se abría un mundo frente a ella, un espacio en que entender lo que sucede en nuestra mente se refleja en nuestro exterior. «Tu cuerpo habla de ti», afirma Francesca y sonríe.

Hoy, con una década de intensa relación con la danza, uno de los mayores retos para Francesca y Anaí es seguir sorprendiéndose, no repetirse, hacer de su performance un acto de movimientos nuevos que respondan a nuevas intenciones. Para ello es esencial la motivación, y la propuesta de MATE cumplía con ese requisito. «Trabajamos juntas porque tenemos una búsqueda en común», piensa Francesca. Ambas sienten una contradicción en la promesa de libertad que ofrece la sociedad occidental, y sus búsquedas las llevaron a toparse con EL LIBRO TIBETANO DE LA VIDA Y DE LA MUERTE [Sogyal Rinpoché, 1992]. Francesca iba a casa de Anaí dos veces por semana y lo leían juntas por las mañanas. Quedaron impactadas por algunas de las concepciones budistas, como la búsqueda interior que requiere la libertad. Si el cuerpo es el reflejo de la mente, no hay libertad de movimiento sin libertad de pensamiento. Para bailar hay que ser libres, hay que romper el fantasma en el que el cuerpo se encuentra cautivo.

La aceptación de la vida como un camino hacia la muerte caló hondo en lo que ambas piensan de la danza: no es un mero virtuosismo acrobático que disminuye conforme pasan los años. «Nadie quiere ser vieja. Todo es una negación –critica Francesca Sissa–. La vejez es la vejez, y es la hermosa vejez. Con el tiempo quizá no puedas hacer un medio mortal y tres giros, pero bailar no es solo eso. El peso de una bailarina de cincuenta años que se para en el escenario es mayor que el de una chica de veinte que está empezando y tiene la gracia de la juventud, pero no transmite».

Anaí Mujica asiente. Son claras cuando resaltan que no son budistas; quieren evitar cualquier confusión. En el budismo, sin embargo, han encontrado enseñanzas que les hacen sentido en sus esfuerzos por encontrar en la danza lo que alimente la vida. Ya han encontrado la que es quizá la más sabia de las enseñanzas: el cuerpo, como las personas, se hace más sabio con el tiempo.