La fiesta no se acaba

Afrojazz

Por Rodrigo Alomía / Fotos de Alonso Molina
Gabriel Alegría y El Sexteto del Jazz Afroperuano se han presentado en más 600 conciertos por toda Norteamérica, incluyendo los festivales de jazz más importantes, como el de Vancouver 2013. El mes pasado llegaron a Lima a presentar su gira Contigo Perú: arrancaron en San Isidro y cinco días después se despidieron con un concierto en Pamplona Alta. Han regresado a Nueva York, su centro de operaciones, a continuar con lo que mejor saben hacer: deleitar al mundo con la fusión y ritmos de la música peruana.
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La primera vez que Freddy Huevito Lobatón —percusionista de El Sexteto del Jazz Afroperuano— tocó un cajón peruano tenía cuatro o cinco años. Era inicios de los setenta y su familia se había mudado a Pamplona Alta, entonces un arenal al sur de Lima donde la mayoría de viviendas eran precarias. El padre de Huevito, don Mario Lobatón, dirigía el ballet Gente Morena, responsables de la difusión de los ritmos y cultura afroperuana en la época. Un día, mientras su padre ensayaba con su grupo en la sala de su casa, Huevito se escabulló hasta los cajones, se trepó sobre uno y empezó a palmotearlo. «¡Negro! Mira cómo está tocando tu hijo», le dijo doña Lucila a su esposo, impresionada por el ritmo que marcaba Huevito en ese instrumento de percusión.

Manzana K1, lote 15, sector Alfonso Ugarte, altura del paradero El Sapo, Pamplona Alta. La casa de Huevito está aquí y esta tarde de fines de febrero se ha armado un estrado frente a su puerta y colocado más de cincuenta sillas de plástico, en medio de la calle, para que El Sexteto del Jazz Afroperuano cierre su gira Contigo Perú.

Los vecinos aguaitan curiosos desde las puertas de sus casas o azoteas ante lo que sucederá: nunca antes se ha tocado un concierto de jazz afroperuano en esta parte la ciudad.

Han pasado más de cuarenta años desde que Huevito correteaba por estas calles, ahora asfaltadas, que antes no eran más que caminos de polvo y tierra en medio de los cerros que circundan San Juan de Miraflores. Cuarenta años en los que, un día de enero de 2005, Gabriel Alegría —músico, trompetista y amante del jazz— alzó su teléfono en Los Ángeles, marcó el número del baterista Hugo Alcázar en Lima, y le dijo que quería formar un grupo de jazz con él y la saxofonista Laura Andrea Leguía. También le dijo que necesitaba un percusionista, un cajonero virtuoso que enriqueciera con su ritmo al grupo. Hugo contactó a Lobatón.

Gabriel nunca había escuchado hablar de él. Hoy se llaman ‘maestro’ el uno al otro cariñosamente, cada vez que conversan. «Es un orgullo armar un concierto en tu barrio, una emoción muy grande porque aquí crecí. A Gabriel se le ocurrió la idea de cerrar la gira en Pamplona, lo consulté con mis hermanas y aceptaron», dice Huevito, quien en menos de cinco minutos ha cambiado sus sandalias y bermudas por un elegante pantalón de seda y zapatos marrones puntiagudos que no pierden el brillo a pesar de que se mueve de un lado a otro, verificando que todo quede en orden para el concierto.

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Poco menos de tres horas queda para que la gran fiesta inicie, y mientras las hermanas de Lobatón sazonan la carne que freirán para la anticuchada de más tarde, él ha salido de su casa a recibir a Gabriel, Laura Andrea, Mario Cuba —contrabajista del sexteto—, y demás personas a cargo de la producción del evento. Abraza a sus compañeros del grupo como si no los hubiese visto en días, conversa y ríe por unos minutos con ellos, y vuelve a moverse, ahora para acomodar las cajas de cerveza que se servirán.

Una hora y media después, cuando la noche ya ha caído y más de cien personas se arremolinan en la calle, llegarán el guitarrista Yuri Juárez y Hugo Alcázar, y también se abrazarán fuertemente con Huevito y los otros integrantes antes de probar sus instrumentos. Mientras él conversa entusiasmado con sus vecinos, Gabriel acaba de recibir a Alonso Alegría, su padre y reconocido dramaturgo; y, por otro lado, Laura Andrea y Mario conversan con un periodista dentro de la casa de la familia Lobatón.

¿Por qué no ensayan faltando pocas horas para arrancar el concierto? Porque El Sexteto del Jazz Afroperuano es una gran familia que se conoce tan bien al punto de que solo fue necesario un día de ensayo intensivo, una semana atrás, para prepararse ante esta gira. «Cuando compongo —dice Laura Andrea— hay cosas que las pienso y quiero tocar pero no las tendré que escribir, porque sé perfectamente que Huevito, si escucha mi saxofón, responderá de la manera precisa. Igual con Yuri, si tocó en la nota Re él hará una orquestación exactamente como yo la deseo. En estos nueve años nos hemos convertido en una gran familia».

Antes del concierto, Gabriel Alegría presenta a un grupo llamado La nueva generación del criollismo, liderado por un chico que no supera los quince años y se hace llamar El Peruanito. Es un grupo de jóvenes del barrio al que el maestro Lobatón ha invitado porque en ellos reconoce su niñez musical. Comienzan cantando el célebre Y se llama Perú y el público responde con aplausos y vivas, dando inicio a la fiesta.

Cuando Gabriel y su grupo suban al escenario a tocar las composiciones que los han hecho acreedores de doce premios del Latin Jazz Corner de Nueva York, reseñas por famosos periódicos como Los Angeles Times y el Wall Street Journal, y premios como al Mejor Álbum de Latin Jazz por la revista New York City Jazz Record, el público estalla en una jarana interminable. Tal y como lo soñaba Huevito: aquí, en el barrio donde jugaba a tener una orquesta con latas y tapas de ollas, y donde hoy palmotea con energía su cajón, cuyo eco pareciera resonar en toda Pamplona.